Él tuvo presente estas misas misioneras

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Ushetu, Tanzania, 17 de abril de 2017

Terminando el domingo de Pascua. Uno mira para atrás y parece que lo vivido ha sido mucho más de una semana. Gran cantidad de ceremonias, Misas, confesiones, via crucis, procesiones, y un conjunto de sentimientos que se agolpan en cada uno de los misterios que celebramos.

En estos momentos es de noche, llueve, y la brisa trae una aire fresco que a los que estamos acostumbrados al calor, nos parece frío. Pero este estado que vivimos de lluvia y fresco, parece reflejar el estado espiritual, al final de esta semana santa. El Triduo Pascual trae una verdadera lluvia de gracias, y un refresco espiritual en todos.

El Jueves Santo, mientras celebraba la Misa de la Cena del Señor, me dije que tenía que escribirles y tratar de contarles algo de esa hermosa ceremonia. Traté de hacerlo esa misma noche, pero fue imposible. Por un lado por las actividades, porque hay adoración, y confesiones. Pero por otro lado por el cansancio, y creo que todos los sacerdotes en estos días tratamos de aprovechar pequeños momentos para descansar un poco… vamos poniendo en la balanza el cansancio y lo que queda por hacer, y a tratar de dar lo más posible, pero calculando lo que falta. No pude escribir inmediatamente. Muchas veces pasa que si no se escribe de inmediato, muchas ideas pasan, y ya no es lo mismo. Por eso serán pocas líneas, pero trataré de recordar lo que se me vino a la mente en esa Misa.

¡Qué bueno que es Dios!, un pensamiento que repetía mucho el Santo hermano Rafael… se me vino especialmente en el ofertorio, cuando luego de presentar las ofrendas, y poner incienso en el turíbulo, se me presentaba el momento como una bendición de Dios… un regalo en el día del Sacerdocio. Trataré de ser concreto.

Estaba celebrando el día del Sacerdocio Católico, la memoria de la Última Cena, en un contexto tan especial, en mi parroquia en África… aquella noche del cenáculo, donde Cristo nos “amó hasta  el extremo”, hasta  no poder más, yo la podía celebrar ahora en Tanzania. Creo que todos los sacerdotes celebramos esta Misa con mucho sentimiento… recordamos que estábamos en el Corazón de Cristo en aquella ocasión. Recordamos el gran don del sacerdocio.

 

 

La liturgia estaba muy bien preparada por las hermanas. Cada año es mejor. Cuando llegamos a la misión hace algunos años, la gente no estaba acostumbrada a estas ceremonias. Venían muy pocos, sin prepararse, y la liturgia era bastante deslucida… hasta el coro faltaba, los monaguillos eran dos o tres, llegaban tarde, las niñas que bailan no estaban. En cambio ahora puedo decir que la iglesia relucía, los manteles, los ajuares, los ornamentos, todo. Estaba el coro, y habían preparado los cantos para la ocasión. Los monaguillos habían venido temprano. Las niñas también estaban allí, llenando casi tres bancos adelante. Los que representarían a los apóstoles para el lavatorio de los pies, también estaban, y vestidos especialmente de fiesta, con lo mejor.

Comencé la Misa con el recuerdo de mis familiares sacerdotes, de mis compañeros de curso y de ordenación, de todos los sacerdotes de la Congregación, de todos los sacerdotes difuntos del IVE, y de los que fueron tan importantes para mi vida.

Cuando puedo gozar de una Misa así, y pienso que estoy en África, en Tanzania, y en un desconocido poblado de los más lejos de la diócesis… en el gran silencio de la noche africana, no puedo decir otra cosa que ¡Qué bueno es Dios! No sé se podría decir algo distinto. Pensaba que ni en sueños podría haber pensado una escena así: sacerdote, misionero, en Tanzania… rezando una Misa de Jueves Santo tan devota, con una iglesia llena de ojos que no pierden ni un detalle de lo que pasa.

Durante el sermón, cuando les recordaba a los fieles, como lo recomienda la iglesia, las tres cosas importantes que sucedieron en el Cenáculo: el mandamiento del amor, la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio Católico… les conté especialmente a los postulantes que desde el Seminario Menor me alentó el hecho de que algún día iba a celebrar la Misa. Que parece increíble, pero el día llega, el de la primera Misa. Y que realmente se tiembla o se derrite de amor, cuando se dice: “Esto es mi cuerpo”, por primera vez. Y que alguna vez, Dios mediante, les tocará a ellos. Que deben prepararse, y ver que si el camino es largo, cada año es un año más cerca del sacerdocio. Pero esa preparación es de cada día.

Rodeaba el altar incensándolo, y todas estas cosas estaban en mi mente… con el deseo de poder escribirlas. Lástima que no pude hacerlo esa noche. Espero que de alguna manera les sirva, y se entienda. Es difícil expresar lo que pasa por el corazón sacerdotal… y si esto pasa en nosotros, ¡qué habrá pasado en el Corazón Sacerdotal de Cristo en la noche del Jueves Santo! Habrá tenido presente todas estas misas misioneras… habrá latido con nuestros corazones.

Luego de llevar el Santísimo Sacramento al monumento  preparado para la adoración nocturna… me llamó la atención escuchar las cigarras en los árboles que rodean la iglesia… y el silencio de la noche. Una gran cantidad de fieles se quedó rezando. Este es el segundo año que hacemos la adoración toda la noche. Antes sólo se quedaban hasta las doce y luego se trasladaba a la casa de las hermanas. Este año, en el último turno de la mañana, a las 5:00 am, antes del oficio de lecturas, calculé que habían cerca de cien personas, o más.

No hay cosa que pueda superar lo que Cristo hizo ese Jueves Santo. Dios quiera darnos a entender cada año un poco más. Nos conceda perseverar en su caridad.

Un jueves santo en la misión en Tanzania… ¡cuánto para decir!

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.

PD: Mantendré por unos días más la campaña de ayuda con limosnas para la aldea de Kangeme. Les agradezco mucho su ayuda. Recuerden que muchos pocos hacen un mucho. ¡Muchas gracias! http://ivetanzania.org/limosnas-semana-santa-ayudar-la-aldea-kangeme/