En Sole, un día misionero

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Ushetu, Tanzania, 17 de febrero de 2018

¿En qué momentos escribir? Es decir, el trabajo es mucho, y para escribir hace falta tiempo. Y no sólo tiempo, sino tiempo tranquilo. El mejor, en mi caso, es la noche, aunque también he escrito muchas crónicas en otros momentos. Ahora se escuchan los grillos y hay un silencio muy grande que rodea a la misión. Los días pasados han sido muy intensos, con muchas actividades, y de cada una de ellas debería contarles. Lo haré, pero ahora no quiero dejar de contarles las visitas que hice entre ayer y hoy. Cuando escribo el mismo día, las impresiones están más frescas.

Ayer fue un día misionero en todas las de la ley. Por la mañana, luego de la adoración, rosario y Misa, fui a la visita de una aldea, y con el grato oficio de hacer bautismos de catecúmenos, todos ellos niños de más de siete años, muchos adolescentes. Pero al terminar la Misa me dice el catequista Filipo que debíamos ir a ver una enferma en el hospital de Mbika, que habían llamado para que fuéramos a verla. Era una señora mayor, que ya estaba inconsciente. Recogí todo lo necesario para ir a la Misa en la aldea de Sole, así desde el hospital podría seguir viaje directamente.

Este hospital queda a cinco kilómetros de la casa, en la aldea vecina. Cuando llegamos nos enteramos que la señora acababa de fallecer, solo algunos minutos antes. Hice los servicios del caso, e inmediatamente comenzaron, como  sucede siempre, a pedir otras personas que vea a sus enfermos. Muchos de ellos no son cristianos, o no son católicos, pero quieren que haga una bendición o alguna oración. Ahí vamos, y el apostolado se extiende. Unos papás muy jóvenes, ambos católicos pero no casados por iglesia todavía, me piden que vea a su hija. Una nena de unos dos años, que no estaba bautizada, y se veía muy mal por la malaria. Al verla en ese estado, procedí a bautizarla, darle la confirmación, y la unción de los enfermos. Al ungirla tocaba su cuerpito que estaba hirviendo de fiebre. En la misma cama estaban acostadas dos niñas… y así pasaba en varias camas del hospital, con dos enfermos en varias camas. Es siempre muy fuerte llegar allí y ver el sufrimiento de esta gente.

Desde allí me dirigí hacia la aldea de Sole, con un poco de apuro porque ya estaba atrasado más de una hora. Al llegar a la aldea, me encontré con el agradable recibimiento de muchos fieles que estaban congregados, y especialmente de los niños que se iban a bautizar, con sus vestidos blancos… pobres, pero impecables. También habían venido los fieles de la aldea de Isasambulwa, que como no habían podido tener su celebración de bautismos, se sumaron aquí. Es la segunda vez que celebro Misa en la capilla de Sole. Ya tengo cinco años aquí, y esta es sólo la segunda vez que puedo llegar donde esta gente. Como tienen muy pocas misas al año, lo primero que hice fue ponerme a confesar, y confesé a todos los que vinieron. Luego de eso me ofrecieron un té, que tomamos junto a los catequistas, debajo de un árbol frente de la capilla. Mientras tanto la gente esperaba dentro de la iglesia, muy pacientemente. Ya habían rezado el rosario, oraciones de la mañana, y ensayo de cantos. ¡Qué admirable paciencia!

Comencé la Misa a las 11:40 am, y con un calor infernal. Estamos en tiempo de lluvias, pero hace ya dos semanas que no cae ni una gota, y se está transformando todo el paisaje y el clima. En la capilla hacía mucho calor, techo de chapa, ventanas pequeñas, y gran concurrencia. Yo miraba en algún momento hacia afuera, y por las ventanas veía el cielo totalmente limpio de nubes, como en tiempo de sequía. Los campos de maíz ya secos, y mucho polvo. Pero sobre todo, mucho calor, el aire caliente y el sol de África que daba en las chapas a la una de la tarde, sin piedad de los presentes. Siempre me seguí admirando de la gran paciencia de todos, que encima que llegué más de una hora tarde, y confesé otra hora más, y tomé un té… seguían allí adentro, rezando y participando.

Los bautismos transcurrieron con mucho orden, y gran alegría. Los chicos muy bien preparados, y al ver este grupo de quince niños y niñas, siempre anima el pensar en que en el futuro serán nuestros cristianos, mejor preparados, y de más de una generación de cristianos. Al terminar la Misa habían preparado un almuerzo, festivo, pero siempre muy pobre. Para los chicos del bautismo, arroz con porotos, y una soda. Ellos felices, comieron cerca de la mesa del padre. Al terminar, el catequista de Sole se había esforzado en enseñarles cantos y recitados… y allí, fuera de la capilla y debajo de un árbol, los niños brindaron sus cantos. Era difícil que la gente acompañara con palmas, y con alegría. Son gente muy sencilla, capilla chica, y realmente muy apagados. Pero da alegría ver el interés de los catequistas y de los mismos niños. Cada año es mejor, se celebra mejor, y se le va dando importancia al sacramento.

Regresé bajo el calcinante sol de las tres de la tarde, y al llegar a la parroquia me esperaba la adoración Eucarística de los jueves. Suele ser siempre con mucho calor, y bastante penitencial… sin ventiladores ni nada por el estilo. Hubo bastante gente, y se reza hasta las 18:30 pm., entre oración en silencio, rosario de la misericordia, rosario de la Virgen, bendición, y vísperas.

Así, brindar todo el tiempo. Un día misionero en todas las de la ley, comenzando antes de que salga el sol, y terminando los trabajos al caer la tarde.

Llego aquí, veo todo  lo que he escrito, y todo lo que falta contar del día de hoy. Por ser tarde, y por ser una crónica larga… mejor dejo para otro día contarles lo que pude vivir en Chogwa. Otro día cien por ciento misionero.

Dios los bendiga.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.

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