Por quince años de sacerdocio

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Queridos amigos:
Nuevamente en contacto. Ya desde Tanzania. Aquí les envío un artículo que publiqué los otros días por otro medio informativo. Debo primeramente agradecer al P. Fernando Lamas, IVE, monje de nuestro Instituto, quien escribió una hermosa carta a todos los religiosos, y de la cual yo me he servido en gran parte para esto que publico ahora. Pero les aclaro que lo hice con permiso del autor… ¡Gracias Padre Fernando!

IMG_0105Este escrito que ahora publico en este blog fue hecho para despedirme de Infocatólica, donde tuve un blog por casi tres años, y voluntariamente he dejado. Yo estoy agradecido con ellos por este tiempo de trabajo juntos.
He aquí, entonces, mi carta de despedida de ése medio informativo:

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Martes 9 de agosto de 2016.

En este día en que me despido de ustedes, queridos lectores, cumplo 15 años de sacerdote. He celebrado este aniversario, o jubileo sacerdotal con gran alegría y acción de gracias, como dice San Juan Pablo II que hay que celebrar los jubileos. “Considerad hermanos vuestra vocación”, dice San Pablo. Y el recuerdo de la ordenación sacerdotal nos debe hacer meditar en la grandeza de este misterio. Decía el santo Cura de Ars: “¡Qué cosa es el sacerdote! Si él se percatara de ello, moriría… Dios le obedece: dice dos palabras y Nuestro Señor desciende del cielo. ¡No se comprenderá la dicha que hay en decir la misa más que en el cielo!” Y este reconocimiento debe hacerse con gran humildad. Porque todo es don de Dios, como pone Pemán en boca de San Ignacio en su despedida de San Francisco Javier: “Pues de Dios serán las glorias, y tuyos, solos los yerros…”.

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Yo agradezco a Dios estas tres cosas particularmente, ser religioso, sacerdote, y misionero. Tres gracias inmensas, e inmerecidas todas ellas. Pero no puedo dejar de agradecer a quienes colaboraron, como causas segundas, a la obra de Dios. Y hay que agradecerles por varios motivos, pero sobre todo porque colaboraron libremente, es decir, que hay mérito en ellos.
Yo debo agradecer a mi familia en primer lugar, especialmente a mi madre, que generosamente entregó a sus tres hijos a Dios. Ella siempre nos apoyó, con sus oraciones y preocupación, y materialmente. Y debería a agradecer y nombrar a tantos, pero no es este el momento para hacerlo.

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Especialmente debo agradecer a mi Instituto, del Verbo Encarnado. Instituto que yo no construí, sino que lo recibí, ya que a muchos de nosotros Dios nos llamó a entrar cuando ya estaba sobre ruedas y en marcha; Dios nos llamó a formar parte de ella cuando ya estaba extendiendo sus ramas por el mundo, y no sabemos el sacrificio que hicieron los primeros para que sea lo que es; lo heredamos…
En muchas ocasiones hemos tenido la oportunidad de escuchar relatos de cómo fueron los inicios de esta familia religiosa, relatos acompañados con una nota de humor y alegría, pero que tienen de fondo la cruz, raíz de donde brota la verdadera alegría, y que a la vez fecunda cuanto toca; a los que estamos nos toca acrecentar ese fruto, y no permitir que se marchite.

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“Si nosotros hacemos progresos en el bien y la verdad, es porque los hombres han dado pasos anteriores que prepararon esos progresos”1; pasos que costaron sudores y desvelos; que hayamos conocido a santo Tomás, el tomismo no fosilizado ni formalista, es una gracia impagable; que tengamos una liturgia digna, adornada por cantos, con signo vivos; que hayamos aprendido a celebrar la santa Misa con respeto, con delicadeza, con arte; que nos hayan inculcado un verdadero amor a las almas, a la Iglesia y al Papa, etc.
Seguir enumerando la cantidad de gracias recibidas sería imposible; negarlas faltar a la verdad… Pero si esto lo hemos aprendido es porque los primeros lo supieron aprender y trasmitir, supieron hacer escuela.

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Cuántas veces habremos escuchado, sin cansarnos, el relato que hace el padre Buela de cuando recibió la gracia fundacional. Él es uno de los medios que Dios usó para que yo sea lo que soy. Debo reconocer que siempre recibí buenos consejos y ejemplos suyos, de quien fue mi primer director espiritual, cuando entré al seminario menor a los 14 años de edad, cuando el Instituto, mi segunda familia, apenas tenía cuatro años de existencia… familia que yo mismo he visto crecer. Yo no sería misionero en África, si no fuera por mi Congregación, ni sería sacerdote sin todos los trabajos y sudores de mis formadores y superiores, y no habría Congregación sin un fundador. Tiempo de jubileo es tiempo de dar gracias.

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No sabemos el sacrificio que implicó el nacimiento de esta familia religiosa. Todo nacimiento esta acompañado de dolores porque es un alumbramiento… dolores que nuestro padre fundador sigue sufriendo, y parafraseando a san Pablo, “hijos míos, por quienes padezco otra vez dolores de parto, hasta que Cristo esté formado en vosotros” (Gal 4,19). Y como decía la Madre Teresa de Calcuta, que ser superior general “significa que te vas a rodear de falsos amigos y verdaderos enemigos”.
Pido a Dios que seamos fieles herederos de nuestros padres, del Fundador, de Marcelo Javier Morsella, y de tantos otros miembros que ya están en el cielo intercediendo por nosotros. Que no malogremos los sacrificios de los primeros. Sigamos nutriendo con nuestra sangre a esta familia. Seamos fieles trasmisores de este carisma. Sigamos regando con nuestras lágrimas lo que nos legaron, para que no se nos reproche como a la iglesia de Éfeso en el Apocalipsis: “Pero tengo contra ti que has perdido la caridad que tenías al principio” (Ap 2,4).

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Me viene a la cabeza el pasaje de Nabot: «No te daré la heredad de mis padres» (I Re 21,4-16), que murió por no vender la heredad de su padre… nosotros debemos estar dispuestos a todos los sacrificios para no vender el carisma que hemos recibido, a no ser traidores a la gracia primera, a la gracia fundacional; debemos estar dispuestos a echar raíces para no ser zamarreados por el viento de la Iniquidad, debemos echar raíces aunque estas tengan que crecer en la dura tierra del Gólgota… mejor así, por que serán regadas por las sangre redentora de Jesucristo Nuestro Señor. Porque un árbol sin raíces, está muerto.

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Cuántas veces habremos entonado con acento viril, empapado de emociones interiores, el himno de los mártires claretianos de Barbastro, que trocaron su muerte en vida para su Congregación: “… adiós Congregación querida, vamos al cielo a rogar por ti. Adiós, adiós”2.
Yo ahora me despido de ustedes, no estaré más en Infocatólica. Los que deseen seguir leyendo los relatos misioneros, podrán encontrarme en http://ivetanzania.org y en http://facebook.com/misionerotanzania. Mi amor a la Congregación y a mi fundador me piden ahora que obre de esta manera. Nobleza obliga.
Agradezco a Infocatólica estos casi tres años en que me han dado la oportunidad de escribir y publicar mis crónicas misioneras.

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Casi con lágrimas en los ojos me despido de ustedes… ¡Adiós! Y siempre agradecido por sus oraciones. No me olviden en ellas. Yo rogaré por ustedes. Y algún día nos volveremos a encontrar donde “estaremos todos juntos, con Dios y para siempre, ¿Puede haber algo más grande que eso? ¡Todos juntos, con Dios, y para siempre!”3.
Y va mi último ¡Firmes en la brecha!… que Dios nos conceda morir en la brecha. La gracia de las gracias.

P. Diego Cano, IVE
Misionero en Tanzania

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1 – P. Petit de Murat, O.P., El amanecer de los niños.
2 – Carta del Beato Faustino Pérez
3 – Carta de Marcelo Javier Morsella a una tía suya. Marcelo Morsella fue el primer miembro del IVE que partió al cielo, en el año 1986.