Primer procesión de la Virgen en Ndairunde

En Uncategorized

22 de septiembre de 2018

La segunda visita a Ndairunde fue menos dificultosa que la primera. Tal vez algunos recuerden aquella que hicimos a esa aldea con la Madre Provincial, Madre Belén, que fue realmente una aventura. El tiempo de lluvias había sido muy fuerte, los caminos se habían cortado, incluso los puentes, y nos vimos obligados a utilizar pequeños botes para cruzar el río, luego caminar varios kilómetros, andar en moto, cruzar pequeños ríos a pie, y regresar muy cansados al terminar el día. Cuando ya nos faltaba poco para llegar a nuestra casa, la camioneta se enterró en el barro, y así fue que llegamos muy tarde, pero como siempre lo repito, muy contentos. Habíamos llegado por primera vez a esa aldea, y era la primera ocasión en que se celebraba la Misa, por vez primera Cristo en la Eucaristía presente en Ndairunde.

Para esta oportunidad las cosas serían más fáciles, sobre todo el viaje. En el centro de Nyassa, las aldeas que están al sur de la parroquia, atravesando el río, siempre organizan un encuentro para el día de la Virgen, el 15 de agosto. Se reúnen todas las aldeas de ése centro, que son nueve, y esta vez eligieron ir a Ndairunde. Me pareció muy bueno para dar más impulso a esta comunidad que está comenzando, y también para bendecir los trabajos de construcción de la nueva capilla. La anterior se arruinó mucho durante las lluvias, por ser de barro.

Un fruto de aquella aventura misionera, fue que un matrimonio de Italia se ofreció a ayudarles a construir su nueva iglesia. Así con mucho sacrificio de parte de ellos, van colaborando con una buena donación cada mes, y los trabajos siguen adelante. La gente del lugar aporta sobre todo el trabajo de cocinar para los obreros, llevar arena, agua, piedras, y aportar ayudantes del albañil. Como es una de las capillas más lejanas, y que están recién comenzando, es importantísima esta ayuda, para que se entusiasmen mucho más. Aunque en verdad la alegría y el entusiasmo no faltan en absoluto.

Pensé que sería bueno, ya que íbamos para esta fiesta de la Virgen María, llevarles de regalo una imagen de la Madre de Dios, que había traído desde Egipto. Juntamente a ese regalo llevamos una cruz de madera, grande, para presidir las celebraciones y la futura capilla. Fuimos con los seminaristas americanos que estaban de visita, y dos novicios. El viaje se me hizo muy breve, después de toda la odisea de la aquella vez. Pero cuando ya estábamos por llegar, tenía ciertas dudas sobre el camino, porque el paisaje cambia muchísimo del tiempo de lluvias al de sequía. Gracias a Dios encontrábamos en la vía a la gente que iba caminando desde las aldeas vecinas y nos confirmaban que no nos habíamos perdido.

Pasamos por el centro del pequeño pueblo. Realmente me da por pensar en lo lejos que está esta gente de todo centro poblado. Tienen decenas de kilómetros para llegar hasta otro mínimo poblado, y por caminos muy malos. Tres o cuatro negocios donde se venden las cosas más esenciales.

Antes de llegar a la capilla nos comenzaron a acompañar con cantos los niños y adultos, aplaudiendo y nosotros tocando la bocina, otro medio de llamar la atención para que se acerquen todos los curiosos. Nos invitaron a descansar un poco y tomar un té mientras llegaban los fieles de las otras aldeas, y así ellos también podrían reponer fuerzas. Luego se hicieron las oraciones de la mañana, y comenzamos la procesión… ¡La primer procesión en la historia de este poblado perdido en la foresta de Tanzania! Por primera vez lo veían, tanto cristianos como paganos.

Pasamos a propósito por el centro del poblado, a la ida y al regresar. Los fieles se portaron muy bien, cantando y rezando con todas sus fuerzas, contrastando con la indiferencia de los paganos, y las burlas de otros. Pero ciertamente que no pasó desapercibida esta gran cantidad de gente. Tal vez llegaríamos a unos 200, que en estas lejanías, son una multitud valiosa.

Después celebramos la Misa bajo los toldos. Ya comenzaba a hacer un poco de calor, y el cansancio se percibía en las caras, sobre todo de los niños. Pero siempre todos participan con gran devoción. Hubo mucha alegría, y al terminar la Misa hicimos la bendición de la nueva construcción. Es algo hermoso pensar que podamos construir estas capillas en cada población, y tengan donde rezar. Pero sobre todo multiplicar la presencia de la iglesia, que la gente sepa que eso es un templo católico, un lugar de oración, y que hasta allí ha llegado la iglesia.

La construcción, al momento de escribir estas líneas, ya ha llegado a la altura de las ventanas, y tenemos mucha esperanza de que se pueda techar entes de fin de año, antes de que comiencen las lluvias fuertes.

Una cosa admirable es cómo participan los niños en las Misas, a pesar de ser largas, y de que muchos de ellos vienen caminando varios kilómetros. Es un gozo escuchar cómo responden a las preguntas del catecismo, que se aprenden de memoria, y les gusta tanto que se les explique. Durante el sermón, que casi siempre hago de manera catequética en estas aldeas a las que llegamos pocas veces, y que recién están comenzando, los niños responden con voz fuerte y segura, a coro, a las preguntas.

Los seminaristas americanos se sorprendían de esto, y entonces hicimos una prueba, llamando a tres niños durante el momento de la comida, para que respondan preguntas del catecismo delante de los visitantes y demuestren cómo aprenden la doctrina católica. Fue una demostración muy buena, que les mereció las felicitaciones de todos. Los catequistas sonreían y estaban orgullosos de su trabajo. Yo pensaba en lo grandioso del trabajo de estos, de mantener la fe, enseñarla, y difundirla a los paganos.

Nos despedimos de todos, y comenzamos nuestro largo camino de regreso, pero no tan largo como el de muchos de ellos, que volvían caminando otra vez a sus aldeas. Vimos muchos niños durante el camino que nos saludaban con gran alegría, niños de diez, doce años, en medio del monte, caminando por pequeños senderos que son más directos. ¡La fe es algo muy importante para ellos! Así debería serlo también para nosotros.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE