Predicar el Evangelio, sencilla y llanamente.

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Ushetu, Tanzania, 7 de noviembre de 2018.

Pensaba en que no podía desaprovechar la oportunidad, sobre todo de poder contarles algo que es parte de nuestra vida misionera casi cotidiana: que muchas veces vienen a pedirnos que vayamos a celebrar misas de difuntos. Esto se entiende, si pensamos en que tenemos tantas almas a nuestro cargo, como les contaba en la crónica anterior, claro que no será extraño que alguien muera, entre tantas personas que viven en nuestras parroquias. Lamentablemente en muchas ocasiones no podemos ir a celebrar esos funerales, y debemos encargarle a algún catequista que dirija las oraciones y el entierro. Entre las razones por las que no siempre se puede ir, una de las principales es que a veces estamos muy lejos, y vienen a pedirlo casi “sobre la hora”. Es común que vengan a media mañana a pedir una Misa para las tres o cuatro de la tarde. La Misa debe ser en su aldea, y aún más, en la casa del difunto. Como verán, muchas veces ya hay otras actividades o Misas, o los sacerdotes han salido a otras aldeas, etc. Pero siempre que podemos, tratamos de ir, porque es una gran oportunidad de predicar el Evangelio.

Así me pasó antes de ayer, día de Todos los Santos, en que ya habíamos concelebrado la Misa por la mañana, con toda la familia religiosa en Tanzania, y vino un catequista a pedir el funeral por su padre que había fallecido en la noche. En esos momentos estaba atendiendo la gente que venía a la oficina, por la tarde teníamos la adoración con los fieles; y de los otros sacerdotes, algunos habían ido a la ciudad, y otro tenía su ocupación en la casa de formación. Al tratarse sobre todo del padre de un catequista, era importante hacer todo lo posible para ir. Les encargué a las hermanas exponer el Santísimo, y yo haría lo posible por regresar antes de que terminen, para dar la bendición.

Fui a celebrar la Misa a las tres de la tarde. No creí conveniente llevar cámara de fotos para una circunstancia como ésta, así que me esforzaré en describirles lo mejor posible todo. Como se imaginarán, a las tres de la tarde, hacía un calor considerable. Al llegar a la casa del catequista, había una gran multitud de personas acompañando a la familia. Esto también es muy frecuente, porque aquí en Tanzania, y África en general, es un deber de todos asistir a los entierros. Esto ya se los he contado muchas veces, pero es algo que no deja de admirarme. Deben ir todos, familiares, amigos, vecinos, autoridades del gobierno y de las comunidades, y hasta de los diversos credos. En cuanto a los vecinos, si alguien no asiste, y no tiene justificativo, al repetirse la falta en varias ocasiones, se le aplica una multa. Finalmente, si no cambia su actitud de poca solidaridad, la misma sociedad lo separa, y así cuando muere algún ser querido suyo, no va nadie. Esto hace que en estas oportunidades se encuentren paganos, musulmanes, protestantes, católicos, etc.

La gente se sienta a charlar, pero en voz baja, en grupos. Los hombres por un lado, las mujeres por otro. Todos se sientan en el suelo, que también es signo de luto. Las mujeres cubren su cabeza con sus telas (kitambaa), y suelen sentarse muy juntas en grupos, sobre todo cerca de la viuda, o la madre que ha perdido su ser querido. Sin son católicos, muchas veces acompañan con muchas oraciones, y lloran mucho… es algo que impresiona también, cómo se solidarizan y ayudan a aliviar el dolor con su compasión.

Cuando llegué, los catequistas me ayudaron a preparar el altar, en un costado de la casa, donde daba la sombra. Luego fuimos al lugar donde estaba el féretro, y allí se hacen algunas oraciones y se comienza la procesión de la Misa, hacia el altar preparado afuera. Generalmente pedimos que los católicos estén cerca del altar, para participar mejor, y al resto del público se les pide que respeten la celebración, cosa que en la mayoría de los casos cumplen muy bien. Como la casa estaba junto al camino, mucha gente estaba sentada del otro lado, y en algunos momentos pasaban motos, autos y hasta camiones, que dividían a la multitud reunida. Pero ahora viene lo que se me vino a la cabeza que tenía que contarles, el motivo de este escrito.

Al llegar el momento del Evangelio, leí lo más solemnemente que pude, el texto del juicio final, de San Mateo. Luego se sentaron y comenzamos la prédica. Allí pensé… “qué buena ocasión que me da Dios de predicar el Evangelio, sencilla y llanamente, y a todo el mundo, creyentes y no creyentes”. Presentar las palabras de Cristo, casi sin glosa, de que al final de la vida cada uno será juzgado según sus obras; de que hay un destino eterno; de que Cristo nos promete un premio, pero que debemos ganar con nuestros méritos. Pero también se pueden escuchar las palabras justas del Supremo Juez, para los que no guardaron sus mandamientos: “Apartaos de mí malditos, id al fuego eterno”. Porque si no guardamos sus mandamientos, aunque los sepamos, no somos sus amigos. “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Jn 14,15), “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15,14). Prestaban mucha atención a las palabras, aunque es verdad que se distraían un poco cuando pasaba alguna moto entre la gente, o un camión.

Al terminar el entierro es costumbre leer una historia breve del difunto, contando cuándo nació, dónde estudió, cuándo se casó, y cuántos hijos tuvo. ¡Mikaeli (Miguel) tuvo nada menos que ocho hijos, sesenta y un nietos, y treinta y cuatro biznietos! Eso sí que es vivir la vida, dar vida, y dejar tras sí una gran familia, dar fruto. Claro, ahora todos estaban allí. Con sólo los familiares directos ya se superaban las cien personas. Creo que habían más de doscientos cincuenta personas en total. Entre cantos a la Virgen María y misterios del rosario se terminó la celebración. Toda esa gente se queda allí un día más o dos, acompañando a la familia. Se debe dar de comer a todos, pero todos aportan algo de dinero para eso. También siempre hay un gran grupo de cocineras que cumple esa función del servicio, con mucha eficiencia y caridad.

Como les dije al principio, esto es algo muy común en nuestra vida misionera, pero no siempre podemos asistir a los entierros. Sin embargo, cuando podemos… ¡cómo no provechar la oportunidad de predicar la verdad del Evangelio sencilla y llanamente! Pues para eso hemos venido.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.

PD: las fotos que he puesto en el post son simplemente para ilustar, son fotos de años anteriores.