Pensamientos misioneros

En Uncategorized

Ushetu, Tanzania, 2 de diciembre de 2019

Estaba por ponerme a escribir anoche, pero unos instantes antes de sentarme vi entrar por debajo de la puerta un escorpión de los más grandes que he visto desde que estoy aquí en Tanzania. La verdad que he visto muchos ya, pero no me acostumbro, y creo que nunca me voy a acostumbrar. Este medía unos 13 cm, y me entró una especie de desesperación para tomar algo para matarlo… una alpargata fue suficiente. Sin embargo quedé muy impresionado, y ya las ideas no fluían como hubiera deseado para escribir, ni para dormir. Ya es el segundo escorpión de este tipo que mato dentro de mi cuarto en las últimas dos semanas, algo que no me había pasado antes. Siempre fueron muchos más pequeñitos… y no me asustaron tanto. Busqué la forma de conciliar el sueño, sin estar pensando en el espacio debajo de la puerta… metí cartones a presión, y además, lo de siempre: la tela mosquitera bien colocada para que no entre nada, ni un mosquito, ni un escorpión tampoco. Un amigo a quien le mandé la foto, estuvo buscando información y dice que se trata de los escorpiones más grandes que existen, y llegan hasta 20 cm de largo (espero no verlo uno de ese tamaño en vivo). Son especie protegida, me decía este amigo, así que no sé qué dirán algunos de mi “alpargatazo”… y si es una especie protegida, no creo que encuentre mucha protección dentro de mi habitación.

Bueno, luego de esta breve anécdota sin importancia, busco de hilvanar un poco las ideas que quería escribir. Creo que a muchos les gusta que los misioneros escribamos algunas veces de cosas que no hacen referencia a las actividades, viajes, celebraciones, campamentos, etc. sino de lo que pasa por el alma de los misioneros. Es decir, escribir un poco sobre “temas” misioneros… y especialmente pienso en los seminaristas y las hermanas que están en tiempo de formación, y se preparan para la vida en las misiones. Desean saber sobre esto, mucho más que enterarse de la cantidad de bautismos, o kilómetros, o qué se come en las misiones, y cosas por el estilo.

Lo que pasa por nuestra alma, puede ser muy variado, y varía de un misionero a otro, me imagino. No se puede generalizar tan fácilmente. Y a la vez, son miles de cosas, y miles de circunstancias, que se viven en las distintas misiones. Puedo decir que me pasa muchas veces el pensar “esto lo tengo que escribir, esto lo tengo que contar”. Tal vez alguna idea, alguna gracia particular. Pero pasa también que no sé cómo expresarlo, o que se deja pasar el momento, y luego de un tiempo, uno se olvida, o ya no parece tener tanta importancia, y se lo abandona totalmente. Permítanme entonces, escribir unos “pensamientos misioneros”, si se puede decir así… y sepan disculparme, sobre todo tantos misioneros que puedan leer estas líneas, y pudieran expresarlo mejor o no estar de acuerdo.

Leyendo el libro de los Números, sentado ante el Santísimo Sacramento expuesto, en el silencio de la mañana, y en la oscuridad antes de amanecer… en el gran silencio de la iglesia parroquial, con lugar para 300 personas, pero ocupada en ese momento por Cristo en la Eucaristía y yo… precioso momento en nuestro día… me “topé” con estas palabras que me impactaron mucho: “Yo solo no puedo llevar el peso de todo este pueblo, es demasiado para mí” (Num 11,14). Moisés le reclamaba a Dios… y cuántas veces el misionero tiene este pensamiento. No quiero repetir números y estadísticas de nuestra misión, cantidad de aldeas y habitantes, cantidad de kilómetros cuadrados y kilómetros para recorrer.

Creo que todos los misioneros piensan en las almas encomendadas, que no son sólo las que asisten a la iglesia, sino también los que dejaron de rezar, y los que no creen. Aún el misionero que vive en una gran ciudad, o en un pequeño pueblo, mira a todas las almas como almas que salvar. Debe cargar con el peso de todo ese pueblo, debe rezar por ellos, debe sacrificarse por ellos, aún cuando vea que sus esfuerzos son pocos, o que no logrará el éxito que desea, que todos vengan a la iglesia. A veces pienso en esto al ver las iglesias llenas en nuestra misión, mucha gente rezando, pero ¡cuántos que no han venido hoy! Y que queremos que vengan… y son “nuestro pueblo”.

La respuesta de Dios a Moisés no tardó en llegar. Él mismo le dio al pueblo lo que pedía, carne para sus estómagos; pero a Moisés, Dios le pedía que confiara en el poder de Dios: “¿Acaso es mezquina la mano del Señor?” (Num 11,23). Una pregunta con una sola respuesta. Claro que no, Dios les mandó bandadas de codornices con las que pudieron calmar sus lamentos… Dios también les dio el maná, el pan bajado del cielo.

Después de la adoración y la bendición eucarística, tenemos la santa misa, y al elevar la hostia consagrada con mis manos, y tener tan cerca al corazón de Cristo, recordaba las palabras de Dios a Moisés: “¿Acaso es mezquina la mano del Señor?”. El misionero que percibe siempre a las claras que el trabajo lo supera, lo excede por todas partes, y ve tantas almas que no conocen a Cristo, pero a la vez comprende como Moisés, que no está solo, que la mano del Señor es generosísima, y que no le faltará su auxilio para “llevar el peso de todo ese pueblo”. En definitiva es verdad que “solo no puedo”, como el santo patriarca lo percibía a las claras; pero no es verdad que estemos solos. Al comulgar nos podemos preguntar cada día… “¿Acaso es mezquina la mano del Señor?”.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE

1 Comment

Deja un comentario

Your email address will not be published.

*