Nunca es tarde para Dios

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Ushetu, tanzania, 26 de febrero de 2019

Espero que se encuentren muy bien. Aquí les cuento de otro casamiento de abuelos. Ya me estoy haciendo especialista en estos casos. Es hermoso poder vivirlo, y poder compartirlo con ustedes.

El viernes pasado fui para el casamiento de dos abuelos en Ngokolo, donde tenemos la capilla Sagrada Familia. Allí se habían preparado para casarse Andrés y su esposa que era pagana. Ambos se habían casado cuando no estaban bautizados, y por lo tanto con casamiento natural válido. Después de muchos años Andrés pidió el bautismo, e ingresó a la Iglesia Católica, recibiendo todos los sacramentos. Pero su esposa no quería bautizarse, y lo rechazaba totalmente. Sin embargo al pasar el tiempo, y me imagino que al conocer la fe de su esposo, “le llegó su tiempo”, como me dijo uno de los líderes de la aldea. “Cada uno tiene su tiempo”, pensado por Dios, y ahora le llegó a ella. Andrea se había bautizado hace veinte años. Ahora él tiene más de noventa, y ella unos ochenta y siete. La abuela eligió el nombre de Modesta, pero ignoro cuál era su nombre anterior.

Como la abuela casi no podía caminar, les dije que mejor si hacíamos el casamiento en la casa de ellos. Esta vez habían preparado para que el casamiento fuera “con todo”. Estaba el coro de la capilla, habían traído bancas de la iglesia, pusieron más de seis toldos, y participó mucha gente, sobre todo los familiares y amigos cristianos. Los “novios” estaban vestidos con traje y vestido de novia para el caso.

Cuando comenzamos la misa, el coro inicia el canto de entrada, y un grupo de señoras acompaña a la novia y la madrina para que entren hasta el lugar preparado para la misa. Modesta venía caminando con su vestido de novia, con velo frente a su rostro, y acompañada de la madrina que era su nieta, a quien yo había casado hace unos tres años atrás. Modesta caminaba muy despacio, y ayudada por un palo a manera de bastón. La gente muy contenta de verla salir vestida así, aplaudían y cantaban.

Cuando llega al “altar”, el catequista le dice al dice al “novio”, “mzee (anciano) Andrea”, que quite el velo del rostro de la novia, y así reconozca que es ella y no otra. Todos se rieron por estas palabras, pero explotaron todos de risa cuando luego de hacerlo, Andrea miraba al público con una gran sonrisa, asintiendo con la cabeza y haciendo con el dedo pulgar hacia arriba el gesto de “OK”. Nadie podía contener la risa.

La misa siguió con mucho respeto, y le administré a Modesta el bautismo, la confirmación, y luego ambos abuelos recibieron la comunión eucarística. Fue también gracioso que cuando le derramaba el agua sobre la cabeza en el momento del bautismo, el agua caía de color negro en la fuente… le habían pintado el pelo no sé con qué, cuestión que con el agua del bautismo se salía. ¡No tenía ni una sola cana la abuela! Traté de no ser muy efusivo en el asunto de la cantidad de agua.

Durante el casamiento tuvimos nuestros momentos “alegres”, cuando al pedir el consentimiento a Andrés: “quieres recibir a Modesta por esposa, y prometes, etc. etc.”, respondió con voz fuerte “¡Amén!”. Luego Modesta al ser interrogada, no me entendía el swahili, y la madrina, su nieta, en vez de traducirle le decía con voz fuerte en el oído: “¡Diga que sí! ¡Diga “sí quiero”!” Y Modesta totalmente dócil repitió “Si, si, si quiero”. Nuevas risas de todos. Los abuelos también se reían de sí mismos.

No crean que por esto la celebración careció del respeto debido, sino que al contrario, la gente se la veía realmente contenta por ver a estos abuelos recibiendo los sacramentos, y rodeados de sus hijos, nietos y biznietos. Allí mismo nos quedamos para el almuerzo, porque la casita era muy pequeña, y muy calurosa en ese momento del día. Comimos junto a los “novios”, padrinos, líderes de la capilla, y el catequista. En el almuerzo Modesta me dijo que quería ver las fotos que yo le había sacado, porque no sabía cómo se veía. Se puso feliz de verse en la cámara de fotos, con su vestido de novia.

Nos alegramos de saber que así, de a poco, y con perseverancia, el evangelio sigue entrando en esta cultura. Que Dios tiene sus tiempos para cada uno, y espera. Nosotros sólo debemos seguir trabajando, sin cansarnos, sin abandonar la obra. Vemos lo grandioso que Dios puede hacer en estas almas, en sus familias, en su sociedad.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE