Nueva comunidad en Namba Moja

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La Finca de Ushetu, Tanzania, 5 de junio de 2019.

Cuando salimos esa tarde, algunas tormentas aisladas se veían por diversas partes. Pensamos que, como era un día del todo particular, tal vez llovería, ya que para la gente eso es signo de bendición, mucho más cuando ya estamos entrando en el tiempo de sequía. Digo que era un día especial porque por primera vez íbamos a celebrar misa en Namba Moja. Salimos con el P. Gabriel Romanelli, nuestro provincial que estaba de visita, y tres novicios.

Era la primera vez, incluso para mí, porque se trata de una nueva aldea. Es decir, que allí había un poblado hace tiempo, pero no tenían una capilla. Esta comunidad de cristianos iban a rezar al poblado vecino, Namba Nane, que les queda a unos cuatro kilómetros. Si bien para estas zonas esa distancia no es mucho, sin embargo es suficiente para que muchos nos vayan a rezar con la debida frecuencia, y sobre todo los ancianos y los niños. Como este poblado es bastante grande, con escuela primaria y muy poblado, nos parecía una gran falta no tener una capilla allí.

Hace tiempo que veníamos pensado en tener una nueva comunidad, pero siempre es necesario, sobre todo, tener un catequista. Es lo fundamental para que se puedan juntar y tener la celebración de la palabra los domingos. Gracias a Dios lo encontramos, Cristofer, que vive en una aldea a casi nueve kilómetros, y se ofreció para atender esta comunidad. Luego les insistí en que traten de encontrar quien les done un poco de terreno para construir. Al poco tiempo ya lo tenían, y todo iba mostrando la gran voluntad y deseo de ellos, pero sobre todo que era la Voluntad de Dios.

Por eso ése día, llovió, y mucho. Nos alegró a todos. Cuando llegamos al pueblo, luego de preguntar y de que una persona se subió al auto y nos pudo guiar, encontramos un gran grupo de gente en el terreno de la capilla. Salieron a nuestro encuentro cantando con un coro, y muchos niños. Yo nos les había podido avisar antes, y en dos días solamente habían limpiado el terreno y organizaron la misa. Rezamos debajo de unos toldos. Luego de llegar, y para que no se nos haga muy tarde, les dije que rezáramos el rosario mientras yo confesaba a los que pudiera. Cuando comencé a confesar al primer penitente, se largó un aguacero que me obligó a refugiarme debajo de los toldos donde estaban todos, y nos íbamos acomodando para evitar “la ducha”, que se producía en los distintos agujeros, y muy abundantes, de los plásticos. Antes de terminar el rosario la lluvia había pasado.

Durante la misa se veía una gran alegría en todos, y al final de la misma el líder de la capilla presentó a la persona que donó el terreno, a quien todos agradecimos, y por quien comprometemos nuestras oraciones. Sobre todo agradecieron que por vez primera se celebrara la misa en ése lugar, y que por eso se trataba de un día histórico. Luego de la misa hicimos una procesión, y el P. Romanelli bendijo el terreno. Después se repartieron regalos para todos, estampas y caramelos.

Esta aldea lleva el nombre de San Antonio de Padua, y esperamos que por la intercesión de tan gran santo pronto puedan comenzar con la construcción de una iglesia… que seguro que se dará, dado que se trata de gente tan dispuesta al trabajo, y que estan tan felices de poder contar en su mismo pueblo con una capilla, signo de la “presencia de Dios”, “casa de Dios y puerta del cielo”, como les dijo el P. Gabriel en la misa.

Otra vez regresamos de noche, luego de compartir el “almuerzo-cena” en la casa de uno de ellos. Y a pesar de estar a tan sólo diez kilómetros, pudimos corroborar que ése día, en nuestra casa, no había caído ni una gota de agua. Es verdad, que en Namba Moja, hubo una verdadera bendición.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.