Nuestros pobres

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El Cairo, 8 de febrero de 2017.

Este sábado pasado me llamó varias veces un catequista, y cuando pudimos comunicarnos me dijo que había un enfermo que pedía los sacramentos. Yo ése día no me sentía bien de salud, venía con muchos dolores de estómago. Otra vez la naturaleza que se revela… “podría ser más cerca, siempre es en las aldeas más lejos”, pensaba. Pero cierto que era un pensamiento inútil, porque así es como debía ser y son los planes de Dios. Era en Ilomelo, y para eso hay que recorrer casi treinta kilómetros. Le dije a Stanislaws que cuando llegara el vehículo a la casa, saldría para allá. El P. Víctor había ido a celebrar Misa y hacer algunos bautismos en la aldea de Nsunga.

Luego de tomar los óleos, misal, estola y poner el Santísimo Sacramento en una teca, y ésta dentro del bolsillo interior de mi sotana, salí hacia la aldea de Namba Sita, Ilomelo. Cuando había recorrido unos cinco kilómetros, encuentro en el camino cinco personas caminando, mayores y niños, algunos pequeños eran llevados en las espaldas. Reconozco que las señoras vestían el uniforme de la Legión de María, y me detengo para acercarlos a donde iban. Como era primer sábado de mes, los legionarios hacen un día de retiro, y vienen los miembros desde las aldeas donde hay presídiums. Le pregunté a la señora si habían venido caminando a la mañana, y me dijo que sí. Ahora también regresaban caminando, con los niños, algunos cargándolos en la espalda. La aldea a la que iban era Kangeme, que queda a veinte kilómetros. Impresionante, caminar en un día cuarenta kilómetros para ir a un día de retiro de la Legión de María. Eso es verdadero amor a la Virgen. Yo le dije muy sorprendido, “fueron y vuelven caminando… ¡muy bien! ¡Admirable!” A lo que ella me respondió que “porque no tenga dinero para viajar en transporte, no voy a dejar de venir”.

Llegados a Kangeme se bajaron muy agradecidos y me encomendé a sus oraciones por el dolor de estómago que se hacía más intenso. Unos kilómetros más adelante veo a Stanislaws que esperaba junto al camino y me hace señas, ya había llegado. Me explica que se trata de un anciano que hace
mucho tiempo había sido catequista.

Entramos a la casa y nuevamente me impresioné. No dejo de sorprenderme de la pobreza en que vive esta gente, y cómo sufren los enfermos. Entramos en la casa que era de ladrillos de barro crudo, sin revocar. En esa primer habitación nos frenamos, porque me indican una puerta de madera toda rota y destartalada, y me dicen “es aquí”.

Adentro reinaba una gran oscuridad, como si se entrara en un sótano. Les pedí que al menos traigan una linterna para poder leer. Abrieron una ventana muy chica, que estaba atrás de la cabecera del enfermo y permitió que se iluminara un poco, pero muy poco, la ventana no tenía más de 40 cm.

Me agacho para entrar y no golpearme con el marco de la puerta y encuentro a Charles, anciano de unos ochenta, consumido totalmente, y en su cama que tenía colchón y sábanas… pero había un tremendo olor, casi insoportable. Me dio muchísima pena. De todos modos hay otros enfermos que los hemos visto directamente recostados en el piso, y algunos sin colchón. Creo que ya no me afecta tanto el hedor, porque uno ya sabe que generalmente es así. Las primeras veces era más difícil. La habitación estaba llena de cosas, apenas pudimos poner unos banquitos pequeños junto a la cama. Pidió confesarse, y luego invitamos a todos a entrar para que recemos juntos. Le administré los óleos, y luego la Sagrada Comunión. Rezó con mucha devoción, y agradeció muchísimo. Le pedí que rece por nosotros, y particularmente por mi salud.

No me detuve mucho más porque mi estado no me lo permitía, y quería volver manejando despacio hacia la casa, porque cada salto que daba el vehículo me hacía ver estrellas. No quería llegar de noche.

Pienso ahora en contarles todo esto con tanto detalle simplemente porque al considerar mi dolor de estómago en comparación con los sufrimientos de esta gente que padece en lugares tan humildes, sin atención médica muchas veces, sin medicinas, sin un paliativo a su dolor, me ayuda mucho a llevar con más paciencia mis dificultades. Pienso que lo mismo les pasará a ustedes después de leer esto. Darán gracias a Dios, por todo lo que nos ha dado. Tener la oportunidad de que cada vez que nos enfermamos, podamos ir al médico, hacer consulta, tener medicinas, tratamientos, una habitación, y algunas comodidades… hay que dar gracias a Dios. Aún en medio de las dificultades. Son tantos los que no tienen lo que nosotros tenemos.

Dios los bendiga.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.