Novena de Navidad – Emanuel y Meresiana

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Ushetu, Tanzania, 11 de enero de 2018.

Hemos comenzado hace unos tres o cuatro años la costumbre de la Novena de Navidad. Esto se nos ocurrió por varios motivos, además de ser una tradición de la iglesia el celebrar novenas de preparación para las grandes fiestas litúrgicas. Por un lado, que varios de nosotros hemos estado misionando en países donde esta novena era una costumbre muy fuerte, y que producía tan buenos frutos, como en Ecuador, Perú, etc. Además en una ocasión, estuve para esos días en la parroquia de los padres y hermanas mejicanos, en Mwanangi, y hacían esta novena, con sus Posadas y cantos. Pude ver que les agradaba mucho a la gente de aquí, aunque no demuestren la misma devoción que en nuestras tierras. Finalmente recuerdo que una religiosa italiana que misionaba en la parroquia vecina a la nuestra, me envió unas fotos de una caminata que hacía con los niños llevando la imagen del Niño Jesús a los enfermos, y visitando varias casas.

Reuniendo todas estas costumbres vimos que podía ser muy bueno comenzar la novena de Navidad en nuestra misión, y a la vez ir tomando experiencia. Comenzamos invitando a todos, y tratando de hacer recorridos que no fueran tan extensos, porque las distancias son muy largas, se hace de noche muy pronto, y no es bueno regresar de noche por el camino, con tanta gente y sobre todo niños. Se nos ocurrió ir en procesión, cantando y rezando, y al llegar a la casa en que se recibiría al Niño se hicieran oraciones y alguna pequeña meditación. Luego, que la gente de la casa brindara un té a los presentes, mientras se cantaban algunos villancicos.

En un principio tuvimos que ayudarlos con todos los elementos para el té, desde el azúcar, la harina para los mandasi, las tazas, las ollas, platos, lonas para poner en el piso para que se sienten… en fin, casi todo. Fue así porque la gente de nuestra zona, que es muy pobre, sinceramente no podía recibir tantos visitantes aunque sólo fuera para un té. Sin embargo cuando les dábamos todas las cosas, aceptaban gustosos, con gran alegría.

Este año debimos dejar de lado el té y los mandasi, y limitarnos a llevar galletas y caramelos para todos, sobre todo porque el 85% de los asistentes eran niños. Pero nos parecía que la finalidad de la Novena se seguía cumpliendo muy bien, sobre todo esta: la de anunciar la proximidad de la Navidad, y “hacer un poco de lío”. Hacer que la gente sepa que la gran fiesta está cerca, y que es necesario prepararse. Desear que se comience a vivir un clima navideño, al andar cantando por todos lados los villancicos tan conocidos y que siempre emocionan.

Normalmente desde el inicio, cada día, están los niños. Infaltables. Ellos son “el alma” de esta novena. Salíamos cantando villancicos, tocando campanas, y con un gran parlante con baterías llevado en hombros de algún postulante o un joven voluntario que se ofrecía a este sacrificio. Hacíamos un recorrido, a veces cantando como si fuera un “santo lío”, pero en dos ordenadas filas.

Al llegar a la casa de turno ese día se rezaba la novena, que este año fue mucho mejor preparada ya que el P. Víctor hizo una traducción al swahili de la que usan en Ecuador. Luego de esto, mientras se repartían las galletas y los caramelos, cada grupo presente cantaba algo al Niño Jesús: monaguillos, Watoto wa Yesu, Jóvenes, Grupo de adolescentes “María Goretti”, coro, etc. Allí el dueño de casa recibía la imagen que se quedaría en esa “posada” hasta el día siguiente, derramando sus bendiciones sobre esa familia. La imagen era recibida con miles de “Asante, asante sana!”, y una gran sonrisa. Finalmente la “tropa” se retiraba en controlado desorden… muchas veces cantando muy alegremente, y en perfecto “santo lío” hasta la iglesia, donde se quedaban jugando un rato, o preparando el pesebre viviente.

La verdad que no son muchos los adultos que participan, pero sigue siendo una buena “propaganda”, sobre todo, buen “anuncio” de que la Navidad está cerca. “Pone clima navideño”, lo cual es importante, porque no se da como en nuestras tierras. Muchas veces en la ciudad, en los días previos a la Navidad, si uno dice: “¡Feliz Navidad!”, no saben qué responder… aún los cristianos.

De esta Novena y Octava, tengo dos anécdotas destacables, entre otras tantas: Emanuel, protagonista de la primera; y Meresiana, de la segunda.

No recuerdo bien si era el 22 de diciembre o el 23, por la mañana, que desde la ventana de la casa, mientras tomaba el desayuno junto con Filipo, veo una señora que estaba en cuclillas, en medio del camino en frente de la iglesia. Me llamó mucho la atención, me quedé mirando, a ver si se levantaba o qué hacía. Como no se movía de allí, le dije a Filipo que fuera a ver si necesitaba algo, y que le dijera que no se quedara allí en medio del camino. Veo desde la ventana que habla con ella, y viene hacia la casa con una gran sonrisa. ¿Qué pasó? Me dijo que la señora venía de una aldea que queda a unos ocho kilómetros, Mkwangulwa. Venía para dar a luz en el dispensario de las hermanas, la traía su esposo en bicicleta. Pero a mitad del camino, le llegó la hora, y eso no puede esperar… ¡así que dio a luz en el camino! Y con gran alegría le decía a Filipo que se había detenido para amamantarlo, mientras su esposo se adelantó al dispensario para dar la noticia a las hermanas. Regalo de Navidad para esa familia, lo van a llamar Emanuel.

El 26 de diciembre, en la Octava de Navidad, fui a celebrar la misa en la aldea de Mbika, aquí cerca. Ellos tienen por patrono a san Esteban, así que decidimos ese día hubiera una fiesta y de paso hacer los bautismos de los catecúmenos y niños pequeños. Hubieron unos veintidós bautismos, de jóvenes, adolescentes y bebés. Después compartimos todos la comida, sencilla, un pequeña fiesta, sobre todo pensando en los chicos que recibieron el sacramento, para que tengan su pequeño festejo. Muchos de ellos cuando regresan a sus casas, no tienen nada para festejar. Me pidieron que al terminar todo pasara por la casa de uno de los feligreses, porque una nietita estaba un poco mal de salud, para que le diera una bendición. Cuando llegamos, la mamá estaba dándole de comer, y de cuando en cuando la niña, Meresiana, lloraba de dolor. Estaba muy flaquita, y por la experiencia que tenemos de estos lados, las enfermedades, la mala atención, falta de medios y medicinas, les pregunté si estaba bautizada. Me dijeron que no, así que vi conveniente bautizarla, de esa manera le podía dar la unción de los enfermos, y no dejar esto para más adelante, corriendo mayores riesgos. Allí, en la sencillez de ese patio de tierra bauticé a Meresiana, le di la confirmación y la unción de los enfermos. Gracias a Dios, he tenido la noticia en estos días de que ella está bien, que mejoró de salud.

Estas pequeñas historias, de dos pequeños, tan cerca de la Navidad, me hacen pensar en los apuros y angustias de la Sagrada Familia, y de ese Niño Dios, el Verbo Encarnado, hecho tan pequeño por nuestra redención, sometido a los dolores y la pobreza, a la humildad de nacer en un pesebre, y ser pobre de verdad… por nuestra redención, por amor a nuestras almas. Si Él se dignó tomar para sí todas estas dificultades por la salvación de las almas… ¿qué debe ser para nosotros los misioneros?

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE