Nos esperaron nueve años

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Ushetu, Tanzania, 6 de septiembre de 2016

La semana pasada comencé hablando de la cantidad de trabajo que tenemos en este tiempo, sobre todo por el trabajo atrasado debido a mi ausencia, y por ser tiempo de sequía. No quiero repetirles la historia. Bastaría que les cuente que desde que llegué hasta hoy, en doce días, junto con el P. Víctor hemos visitado veintiún aldeas. Mediando entre estas visitas dos días de descanso, un viaje a la ciudad y reunión en la diócesis, una reunión del consejo parroquial en pleno, y los domingos de oratorio. Por lo tanto realmente no sé por dónde comenzar, y a la vez tendré que dejar muchas cosas de lado. Me concentraré en las historias que sé que más les interesan a ustedes, esas que pintan mejor lo que hacemos y la belleza del trabajo misionero.

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Ahora les voy a contar lo que viví el domingo pasado, las huellas que ha dejado en mi alma, y lo que en esos momentos iba pensando que tenía que escribir. Antes de ayer fui con la Hermana Inmaculada, más tres monaguillos para celebrar la misa dominical en la aldea de Ilomelo, y luego a Bughela. En Ilomelo hubo una linda fiesta, porque el 20 de agosto había sido el patrono de la aldea, San Bernardo y les propuse que lo festejáramos ese día. El motivo fue que ellos ya habían decidido no hacer fiesta, porque no podían, debido a los gastos que implicaba la misma, y a las actividades que habían tenido en esos días, lo que les ha significado más gastos. Pero como el año pasado hicieron un muy lindo festejo, muy familiar, y poco común en otras aldeas, les propuse que de todos modos lo hagamos, aunque de una manera muy simple, juntándonos para tomar el desayuno luego de la misa, y que los niños hagan algunos cantos y bailes.

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La idea les gustó, y como lo pensábamos, estuvo muy bueno todo. La iglesia estaba repleta, y eso que es bastante grande. En esta aldea la iglesia ya les queda pequeña casi todos los domingos. Una de las cosas más pintorescas fue que a los grupos de las niñas que bailan (Watoto wa Yesu – Infancia de Jesús), les habían hecho sus vestidos nuevos, pero a cada grupo de familias les habían hecho uno diverso… Y realmente era llamativo y alegraba. Van a ver en las fotos qué bien que se ve esto que les cuento.

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Además agrego que gracias al buen trabajo de los líderes y catequistas reina allí muy buen espíritu, y los frutos son visibles: hubieron 220 niños en los campamentos (siendo el campamento más numeroso de los ocho que tuvimos en la parroquia), hay más de treinta niñas que bailan, y me presentaron cerca de veinticuatro monaguillos. Un lujo.

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Luego del desayuno en familia, muy alegre, y participado por los niños sobre todo, comenzamos nuestro viaje a Bughela. A esta aldea era la primera vez que yo iba. Por eso necesité que me acompañe el catequista de Ilomelo, que es al mismo tiempo quien atiende esta otra aldea más pequeña. Yo ya les he hablado de Stanislaws en otras crónicas, un catequista de los mejores que tenemos. Él mismo se ofreció a ir a este lugar, lo hace por sus propios medios, y no recibe nada material a cambio. Hace la celebración de la palabra cada domingo en Ilomelo, y de allí sale hacia Bughela para hacer lo mismo, sumando también la enseñanza de los catecúmenos.

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Pero ahora debo contarles un poquito de porqué la visita a Bughela fue tan especial. Para esto debo remontarlos un poco en el tiempo. Esta aldea podemos decir que siempre fue difícil, porque es muy pequeña, y hay muy pocos feligreses. En el lugar son casi todos paganos. Intenté varias veces enviar catequistas, pero por un motivo u otro, no perseveraban, y algunos ni siquiera comenzaban, renunciaban antes de ir una sola vez. Los sacerdotes anteriores han intentado también muchas veces levantar espiritualmente esa capilla, pero también siempre les resultó difícil. Ya estábamos a punto de cerrarla definitivamente. Una de las causas de que no anduvieran ninguno de los proyectos, era la falta de catequista idóneo. El que estaba allí hace unos años, un muchacho joven, se juntó con una mujer y comenzó a vivir en concubinato, teniendo que dejar de ser catequista por este motivo. Pero Dios nos mandó a Stanislaws, y no se olvidó de esas almas tan necesitadas. Yo atribuyo esto a las oraciones de ustedes.

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En fin, que invitamos a uno de los grupos de Watoto wa Yesu de Ilomelo a que nos acompañen a visitar Bughela, para que sea mayor fiesta. También sumamos tres monaguillos, y el catequista. Nos apretamos en el vehículo, porque total íbamos a ir muy despacio, y el camino no permite andar a más de 20 km por hora. Les habíamos dicho que la Misa sería a las 11:00 am, y por los festejos de San Bernardo nos atrasamos y llegamos a la 1:00 pm. ¡Dos horas de atraso! El camino era una huella que por momentos se perdía. En época de lluvias será imposible recorrerlo.

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Llegamos a la capilla, dos horas tarde, y bajo el sol fulminante del mediodía… y allí estaban esperando. Salieron a saludar, y se veía una alegría inmensa en sus rostros. Comenzamos a cantar, y saludarnos, como si nos conociéramos desde mucho tiempo. Yo les decía: “¡Yo soy el párroco!” Y causaba gracia, realmente… Era la primera vez que iba a ese lugar. Allí el catequista me dijo que “hace nueve años que no tienen Misa aquí”. No saben la impresión que me causó oír esto. No sólo nos demoramos dos horas, sino nueve años… no nos estaban esperando desde hace un par horas, sino desde hace nueve años que esperan que Cristo en la Eucaristía se haga presente en su aldea. Se imaginan entonces el clima de alegría que rodeó toda esta visita desde el inicio hasta el final. Todo lo que yo decía, explicando los ornamentos antes de la Misa, y cada gesto de la Misa, y cada palabra del sermón… era seguido por una gran cantidad de ojos muy abiertos y atentos, caras sonrientes, y gestos de asentimiento.

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Ya saben que me cuesta poco emocionarme, así que un momento como éste fue detonante… cuando me incliné a besar el altar de barro… tengo esa imagen muy grabada, como en cámara lenta. En la diminuta capilla de barro, con bancos hechos de barro, y altar del mismo material, no estaba un alfiler más. Había gente sentada hasta en el pasillo y en la puerta. Besar ese altar en medio de los cantos a capela, me emocionó, porque pensé en la cantidad de tiempo que ese altar esperó la “nueva encarnación del Verbo” en la Eucaristía. El Santo Sacrificio otra vez ofrecido allí. ¿Quién habrá sido el último sacerdote en celebrarlo? Ya nadie lo recuerda.

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Pensaba en cuántas oraciones habrán hecho ellos por los misioneros, sabiéndolo o sin saberlo. Han rezado, tal vez no por esta intención específicamente, pero ciertamente que Dios les ha dado lo que más necesitaban, lo que pedían sus corazones sedientos. Dios comprende nuestra sed, cansancio y agobio. Yo pensaba en que hay personas rezando por las almas de Ushetu, de nuestra misión. Sé que mi madre y mi hermana rezan por ellos, sé que hay hermanas contemplativas que rezan por ellos… y allí yo veía el fruto de esas oraciones. Otra nueva ola de emoción… No dejé de pensar tampoco en la gran necesidad de sacerdotes que tenemos, para poder multiplicar el Santo Sacrificio en estos pobres altares abandonados.

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Al final de la Misa el catequista me presentó la gran cantidad de niños y adultos que están preparándose para el bautismo. Hay cerca de veinte niños y jóvenes, y unos siete u ocho adultos. Todos son catecúmenos. No hubieron confesiones antes de la Misa, ni comuniones, sino solamente de los que vinieron conmigo.

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Como coronación de todo esto, salimos de la capilla y caminamos veinte metros, para ir a bendecir la nueva que están levantando, porque ya no entran en esta antigua y pequeñita. La levantan ellos mismos. Son ladrillos de barro sin cocinar… muy sencilla, hecha con sacrificio. Por ahora han llegado hasta la altura del dintel de las ventanas. Me pidieron ayuda económica, y les dije que si algunos de los que escuchan mis relatos se mueve a ayudarles con algo, aunque sea un poquito, les haría saber. Pero que ellos rezaran por esta intención. Yo pensaba en ponerle un nombre a la capilla, proponiéndoles alguno de estos dos: San José Gabriel Brochero (que será canonizado el próximo mes), o la Beata Antula (beatificada recientemente), ambos argentinos. Creo que si le ponemos Santo Cura Brochero, será la primer capilla de todo el continente africano dedicada a este santo… Al menos no tengo noticia de ninguna otra hasta ahora. ¡Qué honor! Y bueno, es un privilegio misionero…

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Yo los dejo con estas impresiones… pienso que al igual que a mí, les llevará un tiempo comprenderlas en toda su profundidad, yo no creo haberlo logrado perfectamente.

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Recen por Stanislaws, a quien le debemos gran parte de todo esto. Gran apóstol laico.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.