Mucho trabajo por delante

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Ushetu, Tanzania, 14 de marzo de 2018

Ya llevo tres años de párroco y todavía no llego a conocer toda la extensión de mi parroquia, ni mucho menos conozco a todos los feligreses. Hace un par de semanas pude llegar a una de las aldeas que me faltaban visitar al menos una vez, la aldea de Chogwa. Se trata de una aldea que comenzó el año pasado, y éste fue uno de los motivos por los que no había podido ir todavía.

En la Misa se bautizarían cuatro niñas de entre 11 y 13 años, que habían hecho el catecumenado el año pasado. Lamentablemente no habíamos podido ir a hacer el bautismo, por las tantas actividades en la parroquia y en la diócesis, así que tuvimos que hacer los bautismos en tiempo de cuaresma. Pero la inmensidad de nuestra tierra de misión, nos impide darnos el lujo de hacer los bautismos antes de terminar el año 2017. Tenemos cincuenta y tres aldeas, muy dispersas. Esta de Chogwa no está tan lejos, pero seguro que llegan a ser unos veinte kilómetros. No cuenta con muchos feligreses, son apenas un par de familias, pero están gran distancia de otras aldeas, y no pueden ir tan lejos a rezar. Me pidieron permiso el año pasado para comenzar una nueva aldea, o capilla, y les dije que íbamos a probar como andaban, si se reunían o no, si tenían catequista, etc. Se esforzaron muchísimo, y un catequista de otra aldea va hasta allí para enseñarles, recorriendo unos diez kilómetros en bicicleta cada semana.

Salimos hacia el lugar imaginando que sería un lugar pequeño y con poca gente. Pero igualmente preparamos las cosas para estas ocasiones, como los juegos para los chicos para el momento en que me siento a confesar. Fuimos con las hermanas, con dos voluntarias argentinas, un monaguillo, y el catequista, que lo recogimos cuando pasamos por su aldea, Shiki. De pasada visitamos la capilla de la aldea de Mughe, donde ya nos encontramos con el típico paisaje de estas pequeñas y pobres aldeas, con muchos paganos, y mucha gente que nos saluda pero sin saber que somos misioneros.

En Mughe se subió la catequista de ese lugar, una de las dos catequistas mujeres que tenemos en la parroquia, de un total de cuarenta y tres. En el auto íbamos súper apiñados, y el camino después de Mughe comenzó a ser muy complicado.

Se trataba de una simple huella, que por momentos era de bicicletas. Raspaban las ramas por los costados del auto, y en algún momento las rocas y tierra tocaba en la parte de abajo. Estuvimos en algunos planos inclinados, tan inclinados que el auto se deslizó de costado, pero sin consecuencias mayores. En otras partes debí bajarme para ver bien las zanjas que estaban ocultas en el pasto alto del tiempo de lluvias. Pude pasar por sobre algunas de ellas bien profundas, pisando con las ruedas los costados, como cuando se mete el auto en una fosa de mecánico.

Finalmente llegamos a Chogwa, mi primera vez. Si bien nos habíamos imaginado una aldea muy pequeña, creo que la realidad superó todo lo que podríamos llegar a esperar. Se trataba de una mínima capilla, con paredes de palos y techo de pajas y hojas de palmera. Una pobreza insigne. Me emocioné mucho de llegar y ver salir la gente desde la capillita con gran alegría, aplaudiendo y cantando. Tal cual, no eran más de siete adultos y unos diez niños. Después llegaron algunos más, pero no muchos, tal vez otros siete u ocho. Me emociono mucho al llegar a lugares tan humildes y apartados y ver la gente que se reúne para rezar, para rezar y vivir su fe católica. Están en los perímetros más alejados de la misión, son muy pobres, pero tienen esa fe que los hace estar unidos con todos los católicos del mundo. ¡Tienen la misma fe que nosotros! ¡Y estamos en medio de la nada!

Me dio gran alegría de ver a las niñas que se iban a bautizar. Se las veía muy bien preparadas, pero materialmente muy pobres. No se habían podido hacer un vestido, como en otras aldeas, y se compraron una remera azul para estar todas iguales. Mientras se hacían los preparativos de la Misa, les dije a las hermanas y voluntarias que se pusieran a jugar con los niños. Los varones, que eran unos tres, no sabían cómo jugar al fútbol. Mientras, confesé… creo que a dos personas.

La mayoría no pueden recibir los sacramentos, o porque todavía no están bautizados, o se han casado con paganos. Luego rezaron el rosario, y comenzamos la Misa. Es muy emocionante rezar en lugares como éste, y a mí particularmente me atrae, no sé porqué, tal vez por esa sencillez y humildad. Había mucho silencio, éramos unos pocos, estábamos en medio del campo, a la una de la tarde, bajo el sol del mediodía… en ésa “capilla”, o enramada, nada menos que celebrando la Santa Misa, el Santo Sacrificio del Altar, y a punto de hacer cristianas a estas cuatro niñas.

Al terminar la Misa les di de regalo para la capilla un cuadro del Inmaculado Corazón de María para que tengan alguna imagen ante la cual rezar. También les di algunos regalitos a las nuevas cristianas, y por último les regalamos rosarios a todos, ya que eran tan pocos, iban a ser suficientes.

Fuera de la iglesia nos sacamos una foto todos juntos. Después nos invitaron a descansar mientras traían la comida. Los que hacían el servicio eran las niñas del bautismo, que hasta hicieron todas juntas las oración de bendición de la comida de rodillas.

La pasamos muy bien allí, mientras comíamos y los líderes nos preguntaban cosas de nuestra cultura. La verdad que en esos lugares tan apacibles dan ganas de quedarse, y quedarse charlando y dando catecismo. El lugar es lo más adecuado, y la gente es de lo más dispuesta. Imagínense que es todo un honor que venga el padre a celebrarles Misa, y mucho más si vamos solamente una vez o dos al año. Ruegan que nos quedemos para charlar y enseñarles.

Antes de comenzar el regreso, fuimos a ver los cimientos de la capilla que quieren construir. El lugar es hermoso, en una montaña, con una vista preciosa de una especie de valle o bajo, con algunas montañas de rocas a la distancia. Debimos dejar el auto y seguir caminando unos cuatrocientos metros. Los cimentos estaban hechos de piedra pero con barro. Les dije que les vamos a ayudar con cemento, pero que sería bueno que peguen las piedras con cemento para que dure más el edificio, aunque no sea definitivo. Comenzamos el regreso en el auto con mucho cuidado, otra vez, para no quedarnos a pie.

¡Cuánto falta todavía para la evangelización de estos pueblos! Y hay que llegar hasta allí, y predicarles y celebrar la Misa, aunque sean sólo unos pocos cristianos. Que la fe siga echando raíces, aunque falten muchas generaciones todavía, pero ése día en Chogwa se bautizaron cuatro catecúmenos, y otras personas participaron de la Misa, y se alegran de pensar que tendrán una iglesia, y que la comunidad seguirá creciendo.

Al mirar la lista de aldeas que tenemos en la misión, veo con admiración que hay dos a las que todavía no he ido a celebrar Misa. Espero ir en Pascua. Veo con un poco de rubor y vergüenza que hay otras a las que he ido tan sólo una vez. Es verdad que los otros padres han ido en otras ocasiones, pero ciertamente que nos indica todo el trabajo que nos queda por hacer.

Contamos con vuestras oraciones.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.