“Mil gracias derramando pasó”

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Estimados amigos de la misión:
Hace un par de semanas nos visitó en Ushetu el padre provincial, P. Gabriel Romanelli, IVE., y ahora nos envió un escrito sobre sus días en la misión. Le agradecemos mucho su presencia entre nosotros, y el testimonio, que siempre nos viene bien a los misioneros, de quien ve las cosas “desde afuera”, por decir de alguna manera.
Que lo disfruten.
¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE.
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“Mil gracias derramando pasó”
Ushetu, Tanzania, 13 de junio de 2018

Pude una vez más venir a nuestra misión de Tanzania. Es un lugar increíble. El título de esta crónica es lo que, me parece, resume de manera perfecta aquello que experimenta quien visita estas benditas tierras.

“Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura, con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura”, así expresa de manera magnífica san Juan de la Cruz cómo queda el alma al paso del Señor. Y así es aquello que uno experimenta en Tanzania. Y, más aún, uno experimenta el paso “reciente” del Señor. Esa frescura de todo lo de aquí nos habla de Él, de su poder creador, de su obra redentora, de su santificación.
Sabemos que, al inicio, Dios creó los cielos y la tierra y que en esta puso innumerables seres hasta que creó al hombre y a la mujer, Adán y Eva. Sabemos que por un acto de libre voluntad ellos dos expulsaron a Dios de sus almas y, como consecuencia, el mundo quedó en tinieblas. En las tinieblas del pecado y de todo lo que eso conllevó: la ignorancia, el desorden de las pasiones, la enemistad humana, la esterilidad del suelo, el sufrimiento, la enfermedad, la muerte… Con el pecado original del hombre y la mujer, y en ellos de toda la Humanidad que vendría de sus entrañas, se perdió el estado de justicia original y se perdió el paraíso terrenal.

Sabemos, así y todo, que Dios prometió un Redentor y que cumplió su palabra. Al punto tal que el estado de Redención, de nueva Creación, superó y supera, por los méritos de Cristo, el estado original.

Pues bien, así como en algunos lados se verifica con mayor evidencia la realidad del pecado y sus consecuencias –y para corroborar esto es suficiente leer los principales titulares de los diarios-, en otros se ve más el poder de la gracia de Cristo cuando la docilidad humana la recibe con amor y fidelidad. Esto es lo que en gran parte hace de Tanzania un “paraíso”. Y, además, casi para manifestar esa bondad de Dios que “hace nueva todas las cosas” quiso el Señor que en estos lugares la naturaleza misma se mantuviese de tal manera que la Mano del Creador se hace patente de modo tan claro que uno no puede dejar de conmoverse y alabar al Señor por toda la Creación.
Aquí se puede, de manera más fácil que en otros lugares, reconocer a Dios en la Creación. Como enseña san Pablo: lo invisible de Dios se hace patente en sus creaturas (Cfr. Rm 1, 20). ¡Qué Hermoso que es Dios si su obra es tan bella! Y san Ignacio enseña (Cfr. Contemplación para alcanzar amor), que hay que descubrir a Dios en el accionar de su obra, Quien hace que todo contribuya a nuestro sustento y, sobre todo, a la manifestación de Su Gloria. ¡Qué Bueno, Providente, Sabio y Poderoso es Dios que obra en todo ser, en la multiplicidad de sus naturalezas, de modo tan armónico, constante, ordenado!

Esto es un “paraíso”, pues, por distintos motivos. Eso no quiere decir que no haya muerte y signos de muerte. ¡Todos los habitantes de aquí también descienden de Adán y Eva después del pecado original! Pero es un lugar privilegiado y para que se entienda mejor lo que intento decir nombraré algunas de las realidades que uno experimenta aquí.
En el orden de la gracia, uno sabe que la inocencia y rectitud, la docilidad, la verdadera alegría, la humildad, la fidelidad a la palabra dada, entre otras cosas, son signos inequívocos de la acción de Dios. Pues bien, hay que ver la inocencia de vida y la pureza que llevan adelante quienes han abrazado el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Los católicos no son la mayoría, pero crecen en toda Tanzania a pasos agigantados y la nueva vida en Cristo los transforma. La docilidad que muchos paganos, animistas la mayor parte, y algunos protestantes y musulmanes muestran delante a la fe católica, sencillamente conmueve. Piden recibir a Cristo. Y quienes se convierten, lo hacen con tal fervor que contagian a muchos otros.
¡Es edificante ver como entre aldeas hasta llegan a discutir para ver quién puede tener su capilla y quién, una de las gracias que más cuesta, puede tener su santa Misa, al menos, una vez al mes… o al año!
La humildad del pueblo tanzanés fiel a Cristo ante el Misterio de Dios, la alegría de la fe, la fortaleza en perseverar en medio de un mundo mayoritariamente no creyente en Dios y en Su Cristo, son cosas que hablan del “paso” de Dios por aquí.
El mundo de la Gracia de Dios, infinitamente más hermoso y mejor que el mundo físico, en estas tierras está lleno de buenos frutos.
¿Qué es lo que uno ve? ¿Qué hace de esta misión que sea tan especial? Desde hace un par de años que veo y pienso en qué pueda estar esta nota de distinción y, en definitiva, no encuentro otra respuesta que el “mundo” espiritual, la atmosfera de fe que se respira en esta misión hace que en cada ángulo pueda descubrirse a Dios, si uno quiere verlo.
Signos verdaderos de la presencia de Dios en este “paraíso” espiritual se pueden comprobar en el aprendizaje, conservación y transmisión de la Fe; en la digna celebración de los sagrados Misterios; en la propagación con celo verdadero de la Fe; en el número de conversiones y de vocaciones; en la devoción verdadera a María Santísima; en el espíritu de constante adoración y alabanza; en el amor a la familia y en la fidelidad y fecundidad matrimonial (se defiende toda vida humana: la del anciano –¡a quien No se lo abandona!-; la del niñito o niñita por nacer –¡a quienes No se los mata por ningún motivo!-; la de los enfermos -¡a quienes se los recibe y acompaña sea cual fuere la gravedad de la situación!-); en el espíritu de sacrificio como oblación grata a Dios; etc.

Uno podrá pensar que exagero, pero les puedo asegurar que todo ello se comprueba fácilmente aquí. Nuestra misión aquí es enorme. Tiene una superficie de unos 2.400 kilómetros cuadrados (¡doce veces más grande que la ciudad de Buenos Aires!). Viven aquí unas 80.000 personas. La mitad de las cuales son católicas. En la parroquia hay 53 aldeas/pueblos y cada aldea, a su vez, tiene alguna que otra comunidad a cargo. Suman más de 120 comunidades.
Los inscriptos de este año, y eso que aún no está la lista definitiva, para la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana son 3.800. ¡Sí 3.800!
A ello se suman los grupos que están en varias aldeas y comunidades: Monaguillos, niñas de María; grupo del Sagrado Corazón de Jesús; Legión de María; Catequistas – ¡verdaderos pilares en la Evangelización! -; los coros; los campamentos; etc. etc. son miles de almas que participan en las actividades. Y así como les cuesta a los misioneros llegar a algunas aldeas, así también les cuesta a las almas llegar a sus centros: a veces, ¡horas caminando, para llegar a la Adoración al Santísimo o a la reunión de jóvenes!
Todo esto lo llevan adelante con gran sacrificio y entusiasmo los miembros de nuestra Familia Religiosa del Verbo Encarnado: 4 sacerdotes, 4 religiosas y los postulantes de ambos Institutos. ¡Es una labor ingente!

Y, en esto mismo, se ve la frescura del paso del Señor. Hay mucho entusiasmo pastoral y religioso. Pero no un entusiasmo sensible, ¡que termina el primer día de la misión popular! Sino un entusiasmo que hace que recen bien. Se levantan a las 5 AM y desde las 5.30 hasta las 6.30 AM hacen la Adoración al Santísimo Sacramento, luego, el Santo Rosario con los fieles, quienes no pocas veces llenan la Iglesia ¡Ya a esa hora! Luego la Santa Misa. Y luego, Laudes. Un pequeño desayuno y… ¡a laburar! Se para, si se puede, un poco al mediodía, para almorzar en comunidad y hacer un pequeño descanso. Se sigue a la tarde con el trabajo y, al caer el sol, vuelven a ir a la Capilla de la Casa, mientras se disponen a la cena y a una merecida eutrapelia (recreación comunitaria).

A todos nuestros misioneros se los ve muy bien. Les agradezco a ellos en esta crónica el recibimiento y el buen ejemplo que dan a los nuestros por su modo de llevar con gran gozo y fidelidad la locura de la Cruz de Cristo por medio de los pueblos.

En toda la Parroquia NO hay un solo metro de asfalto, no hay agua corriente, ni una línea de electricidad. Todo se hace a pulmón. Y, no solamente los nuestros tienen que pensar en su sustento, sino que están llevando adelante obras para su gente y para todos los habitantes del lugar: el dispensario –hospital- de las hermanas, la escuela primaria, la atención a los pobres, la excavación costosísima de pozos de agua, la construcción de escuelas; de casas de formación; de centros misioneros; etc. etc. están a la orden del día.
Llegar de una aldea a otra te puede llevar más de una hora. Algunas están a unos 40 kilómetros por caminos que… de caminos… tienen solo el nombre. ¡Las costillas te llegan en su lugar gracias a que Dios la unió muy bien a la columna!
Donde llegan, si hay capilla se reúnen allí, si no hay, debajo de un árbol. Y, si no hay ni un árbol, se reúnen allí donde llegó el misionero. Y, más aún, si no va el misionero… ¡se reúnen igual!

Algunos pensarán, porque lo hemos escuchado, que la gente es así porque no tiene nada. ¡Qué ignorancia y, por ahí, qué maldad de quien piensa y dice eso! ¡Son pobres, gracias a Dios, pero no les falta nada!
Muchos tienen su parcela de tierra, su pequeño ganado, sus sembrados, viven en el mejor hotel del mundo –¡mejor que aquellos que están en reservas naturales! -, en donde la naturaleza es muy hermosa, y están llenos de alegría y de ganas de vivir. ¡Bienaventurados pobres, entonces, que, con sus ojos de humildad, inocencia y realismo, nos enseñan a descubrir lo esencial: el paso del Señor! Son ellos, la gente de aquí, renacida a la Gracia, y sus buenos misioneros, quienes nos enseñan a ver la Presencia de Dios en todo, a considerar que siempre el bien es más que el mal, a no dejarse vencer por el desánimo y la tristeza de este mundo tan necio y malo, a trabajar al mismo tiempo que por el Reino de Cristo, por el sano desarrollo de los pueblos y, sobre todo, a gozar y a saltar de alegría delante del Señor.


¡Mil gracias derramando pasó y pasa el Señor por estos sotos con presura y los sigue llenando de Su Hermosura!
¡Viva Dios! ¡Viva María! ¡Vivan las almas enamoradas de Cristo!
¡Gracias Tanzania y sus misioneros! Ustedes son una perla preciosa en la corona de la Iglesia católica y de nuestra pequeña Familia Religiosa del Verbo Encarnado

P. Gabriel Romanelli, IVE