Los rostros de nuestras oraciones

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Ushetu, Tanzania, 19 de marzo de 2019

Solemnidad de San José

Hace tiempo que quiero escribirles un poco sobre la atención de los enfermos en nuestra misión. La verdad que no es para nada fácil, sobre todo por las grandes distancias que nos separan de las distintas aldeas. En la mayoría de los casos, vamos a visitar a los enfermos aprovechando que llegamos a sus aldeas para la Santa Misa. Pero hay lugares a los que sólo llegamos una vez al año, y cuando vamos hay que confesar, hacer bautismos, y al terminar todo, pasar a ver a los enfermos. Generalmente estas aldeas a las que llegamos en tan pocas oportunidades, son las más lejanas, o de difícil acceso. Es decir que cuando llegamos a esos lugares, y nos piden ir a ver algunos enfermos, suele ser después de una jornada larga, y esto hace que todo se haga mucho más largo todavía.

En otras ocasiones nos llaman para pedirnos que vayamos a verlos, porque lo necesitan y no se puede esperar a que les toque el turno de la misa en su pueblo. En ésos casos debemos averiguar bien si se trata de un caso de emergencia, y si es así, salir lo antes posible. Pero si se trata de enfermos que están estables, o que simplemente no pueden ir a la iglesia y pasan muchos meses sin poder recibir la Comunión, programamos para hacer una visita cuando alguno de los sacerdotes puede hacer un lugar en la semana.

Así me he encontrado en este tiempo con varias visitas a los enfermos de nuestras parroquias. A veces se hace largo y sacrificado, pero cuando llegamos hasta esas casas pobres, junto al lecho del enfermo que sufre, en verdad que todo sacrificio y cansancio desaparece. Y desaparece sobre todo porque cuando lo comparamos, vemos que lo que nosotros sufrimos no es nada.

En el inicio de este mes, luego de la misa del Sagrado Corazón en la aldea de Kangeme, le propuse al catequista ir a visitar a los enfermos, ya que generalmente allí vamos los días domingos, y siempre tenemos más de una misa para celebrar y dejamos la visita para otros días. Salimos en el auto, y así como si nada, llegamos a la casa de cinco enfermos. Pero nada de que sea “ahí no más”. Estuvimos casi tres horas andando. No saqué fotos en todas las casas, porque a veces es un poco incómodo hacerlo, y uno no quiere molestarlos. Pero de manera especial me alegró mucho llegar a la casa de una enferma, que no sabía que íbamos a verla, y cuando nos vio llegar, sentada en el suelo, aplaudía y nos sonreía, dándonos mil saludos de bienvenida. Luego de confesarla y darle la sagrada comunión, le regalé un rosario y ella agradecida lo besaba y abrazaba, y decía “¡Dios es bueno! ¡Cómo pensó darme este regalo hoy!”

En otra casa, hicimos la celebración debajo de un árbol y se acercaron todos los que allí estaban. Habían muchos niños, y estuvieron muy atentos a lo que yo hacía. Me causó mucha gracia cuando abrí la teca con la Sagrada Comunión, puesta sobre el corporal, que una niña de unos tres años se acercó a la mesa y se “asomó” sobre la teca para ver qué había. Aquí sí tomé una foto frente a la mesa y los niños protagonistas de esta anécdota. Pero más allá de lo cómico, me gusta destacar que en las casas de los cristianos llaman a todos para que participen de las oraciones, y así los niños van aprendiendo a ver la visita del “padre msungu (blanco)” sin asustarse.

Cuando hace un par de semanas escribí la crónica sobre el casamiento de los abuelos, Andrés y Modesta, recibí muchos mensajes, pero uno de ellos me gustó por su brevedad y profundidad. Me decía una lectora de las crónicas: “gracias por ponerle rostro a nuestras oraciones”. Me hizo caer en la cuenta de la verdad de que ustedes rezan por los misioneros, pero no como algo puramente abstracto. Y por eso ayuda tanto “ponerle nombre y rostro a las oraciones”.

Recordé mucho estas palabras, y tuve muy presente a tantos que rezan por nosotros, cuando el domingo pasado, luego de terminar la segunda misa del día, en la aldea de Uyogo, me llevaron a ver a dos señoras enfermas. Una de ellas era una abuelita que aseguraban que tenía más de cien años, pero que nadie puede saber a ciencia cierta cuántos años. Había que darle todos los sacramentos, empezando por el bautismo. Me alegró muchísimo esto, y así llegamos a la casa cerca de las dos de la tarde, con todo el calor de la siesta de Tanzania. En la casa había un buen grupo de personas que vinieron para estar presentes en este acontecimiento. Pero la gran sorpresa fue verla a la abuelita que venía vestida de blanco impecable, ayudada por quien sería su madrina de bautismo. ¡Se había preparado con todo!

Allí debajo de un árbol hicimos la ceremonia de bautismo, confirmación, comunión, y unción de los enfermos. Eligió el nombre de Teresa. Cuando al final dije unas palabras sobre la devoción a la Virgen, noté que nadie respondía, dando a entender que no tenían ni idea de lo que estaba diciendo. Al terminar todo, nos invitan a compartir un almuerzo, todos juntos, para festejar. Sorprende la generosidad de esta gente, que vive en lugares tan pobres, pero quieren destacar el hecho de recibir los sacramentos como algo tan importante. Allí, en ese ambiente tan sencillo y familiar, comienzo a preguntarles por la fe en la familia. Me dicen que todos son paganos, y que la abuela era la única cristiana ahora. La madrina era una vecina. La historia es que sus padres habían sido cristianos, pero ella quedó sin ser bautizada por algún motivo, tal vez, el simple hecho de que aquellos dejaron de rezar. Sin embargo el recuerdo, la semilla de la fe, había quedado en ella, para que ahora pidiera el bautismo.

Hace dos días fui a visitar tres enfermos más. Esta vez fuimos en moto, porque no quedaba muy lejos, y mejor así podemos llegar hasta las casas de los enfermos. Además había gente esperándome en la oficina parroquial, venidos de aldeas muy lejanas, y entonces podría hacer todo más rápido para poder regresar. No siempre se da como uno lo planifica. Comenzamos a seguir en la moto al catequista de Senai, y así llegamos a atravesar toda una montaña, pasando por plantaciones de tabaco y maíz, y encontrando mucha gente sorprendida de ver a un blanco, sin saber que es “el padre”, y no atinaban ni a responder el saludo. Visitamos dos enfermos, pasando por muchos campos, atravesando por los patios de las casas para poder seguir viaje.

Desde allí fuimos a Lughela, y otra vez, una abuela con hemiplejia que quería ser bautizada. Perdimos la huella del camino, nos metimos en campos arados, y hasta Filipo tuvo que preguntar por dónde seguir viaje. En otras partes tuve que bajarme de la moto para que siguiera Filipo sólo por lugares donde no había caminos. Llegamos a una casa sumamente pobre. Allí habían preparado una estera para sentarse todos en el piso, y una silla de palos para mí. La alegría de la abuelita era increíble. Todos se sonreían al verla tratar de expresar su alegría con mucha dificultad para hablar. Allí vinieron todos: nietos, yernos, nueras, y participaron con gran respeto. Habían católicos y paganos. Algunos de estos últimos dijeron que también ellos se prepararían para ser bautizados. La abuela recibió el nombre de Cecilia, y tiene más de setenta años.

Este es nuestro trabajo de visita a los enfermos. A veces es difícil darles a entender a ustedes las condiciones en las que se encuentran. Gracias a Dios, a muchos de ellos la familia los trae hasta el dispensario de las hermanas, y siempre lo cuentan con mucho agradecimiento. Pero hay que ver esas casas, de barro, con pisos de tierra, casi sin ventanas, muchas veces sin colchones, otras veces con colchones rotos y malolientes. Habitaciones oscuras y sin ventanas. Ocupadas con bolsas de maíz, u otros cultivos, como maní, etc. Animales domésticos entrando y saliendo con total libertad, como en la casa de María, en Senai, que junto a la puerta de su habitación una gallina empollaba cuatro huevos. En el patio, y muchas veces asomándose a la puerta, hasta algún ternero curioso.

También están los casos, muy ejemplares por cierto, de poder ver en casas muy pobres, cómo atienden a los enfermos con gran caridad… con ropa muy limpia, sábanas, todo lo necesario. Hasta podrán ver en las fotos a Margareth, que estaba sin poder hablar, y sin conocimiento… vestida con su vestido celeste de la Legión de Maria. ¡Así la habían preparado sus hijas cuando sabían que venía el padre para darle la unción de los enfermos!

Pero debemos decir que en todas las casas, absolutamente en todas, estaba siempre reinando el agradecimiento, a Dios en primer lugar, y después con nosotros por visitarlos y llevarles los sacramentos. Absolutamente en todas, la sencillez, y la fe iluminando sus dificultades. En todas, los enfermos, y los familiares, nos prometieron rezar por nosotros, con sus valiosas oraciones.

Aquí les dejo estos “rostros” y estos “nombres”. Y también ustedes tienen los nombres de tantos lugares y aldeas, de tantos padres y hermanas, de catequistas, de capillas… y por todos ellos, tienen que rezar.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.