Todo lo vence el trabajo, el trabajo con el sudor del rostro

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Kahama, Tanzania, 9 de mayo de 2018.

Todo lo vence el trabajo, el trabajo con el sudor del rostro. Labor vincit omnia, labor improbus. Hoy recibí un escrito muy bueno y profundo de Teodoro Haecker (1879-1945), sobre el trabajo del campo ( https://blogdeciamosayer.blogspot.com.ar ). Lo disfruté realmente, ya que habla de la importancia del trabajo del labriego, del que trabaja en la tierra, pero como una obra que coopera con la obra creadora de Dios, llevando a una perfección mayor la misma naturaleza.

Y pensé que era bueno para nosotros, misioneros, recordar el gran valor del trabajo, nosotros obreros del campo de Dios, sembradores de la Palabra, jornaleros de su viña. Por supuesto que somos agricultores en sentido figurado, pero no por eso menos “trabajadores”. Cristo nos llamó “obreros de su mies”. Por lo tanto leer esta sentencia latina: Todo lo vence el trabajo, el trabajo con el sudor del rostro; me hace pensar en el trabajo misionero.

Dice este pensador que “el labor improbus del hombre, es indispensable, imprescindible, intermediario, el que abre camino”. ¡Cómo no aplicarlo a los misioneros! Aplicándolo al plano sobrenatural, Dios nos da los elementos: la gracia, la salvación, los sacramentos, la Virgen, los santos, etc… pero quiere necesitar de nuestra cooperación, de los sacerdotes que prediquemos, que administremos los sacramentos, que difundamos la devoción a la Madre de Dios, a  los Santos, etc. Con nuestra “industria”, lograr la “cosecha”, y el “producto”, sano, bueno, bello y perfecto. Nuestro trabajo llega a ser como “indispensable, imprescindible, intermediario, el que abre camino”. “Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?” (Rm 10,14)

Así como el labriego que trabaja su viña, rotura el campo, suda y se preocupa para que dé frutos… frutos buenos; y luego se alegra con un gozo que no sabe explicar, cuando mira el color de su vino, a la luz del sol que atraviesa una copa de vidrio. Y tal vez lo que brotaría en él será sólo una expresión de gozo y alegría, tal vez sea sólo una sonrisa y hasta una carcajada que nace de muy adentro. Pienso que si fueran dos o tres hermanos los que trabajaron, naturalmente se daría el abrazo fraterno, alegre, expresión de lo que no se puede decir con palabras.

Creo que todo esto lo hemos vivido los misioneros. Todo lo vence el trabajo, el trabajo con el sudor del rostro… que obtiene un fruto muy sazonado en las almas. Un gozo que no se sabe explicar al ver crecer la gracia en las almas, al ver nacer vocaciones, al ver familias buenas, al ver la devoción a la Virgen y a la Eucaristía que crece en las almas, la devoción al Sagrado Corazón y el sentido del pecado, etc.

Cuando compartimos esta alegría entre los misioneros, surge nueva alegría, del trabajo hecho entre hermanos. No nos decimos nada, sino que simplemente nos alegramos, ya hasta reírnos a carcajadas. Ésa alma es fruto de la gracia de Dios, del sacrificio de Cristo, pero también es fruto de nuestro trabajo, de nuestro labor improbus, el trabajo con el sudor del rostro. Trabajo con sudor, sin metáforas, en medio de los calores y soles africanos.

Al que haya llegado a leer hasta aquí, le cuento que pensé en todo esto al ver la fiesta de la Virgen de Luján el día de ayer. Vemos un grupo de gente que viene a celebrar a la Virgen, un día de semana, un día “cualquiera”. Un día que no es feriado, y que no está en los calendarios. Una imagen y una devoción que han traído los misioneros. Y sin embargo aquí estaban, sobre todo aprendiendo porqué la Virgen es Nuestra Madre. Y manifestaron su devoción caminando en procesión con la imagen, ante la mirada perpleja de quienes estaban barriendo el patio de tierra, o cocinando al fuego. Tuvimos una hermosa fiesta de nuestra Madre de Luján, o como se dice aquí en swahili: “Bikira Maria Mama wa Luhani”. Luego de la Santa Misa estuvimos compartiendo un té con toda la gente que participó de esta fiesta.

También pienso en la gran verdad del labor improbus, el trabajo con el sudor de la frente, cuando recuerdo el hecho histórico vivido ayer después del almuerzo y fogón en el noviciado “Francisco Javier” de Tanzania. Nos reunimos con todas las hermanas y las postulantes de las Servidoras para compartir el almuerzo y festejos.

Después los invitamos a todos a que hiciéramos la bendición del terreno donde edificaremos la capilla de esta casa de formación. Sólo estaba el terreno limpio, sin árboles, las piedras, y las marcas con hilos donde se excavarían los cimientos. El terreno “limpio”, sin árboles, no es poca cosa. Ha sido un trabajo ímprobo, con sudor, de los mismos novicios y formadores.

No pude dejar de emocionarme cuando al final les decía que poníamos bajo la protección y patrocinio de la Virgen de Luján ésta capilla, la primera de nuestras casas de formación en África. Que le hacíamos un voto a la Virgen, que de estos jóvenes que estaban allí presentes, vengan a celebrar su primera Misa en el altar de esta iglesia… signo de agradecimiento con nuestra “Finca africana”.

Y sabemos que vendrá también un trabajo ímprobo, no sólo espiritual en la formación de estos candidatos, sino también material. Haciendo ladrillo por ladrillo y bloque por bloque, los mismos novicios. Ayudando a los albañiles, trayendo arena y agua, cocinando, cargando materiales… ladrillo por ladrillo hasta tener la iglesia; ladrillo por ladrillo, la formación de cada día, hasta llegar a ser sacerdotes y misioneros.

Nos espera un gran trabajo hacia adelante… pero todo lo vence el trabajo, el trabajo con el sudor del rostro. Sobre todo contando que tenemos la ayuda de Dios y la protección de la Virgen.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.