Lo que vinimos a hacer

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Ushetu, Tanzania, 23 de enero de 2019

Estamos en la época de las lluvias, y al mismo tiempo estamos realizando los bautismos de los catecúmenos que se han venido preparando por dos años algunos de ellos, y otros por un año. En medio de tanta agua, y por medio del agua, Dios derrama su gracia en tantas almas. Hace casi una semana estuve haciendo bautismos en Mitonga, donde recibieron este sacramento veintitrés personas en total, ocho de los cuales eran bebés, y el resto niños, jóvenes y adultos que habían recibido catecismo. Los adultos también recibieron la confirmación y la primera comunión, mientras los niños con edades de entre siete y dieciséis años siguen su camino de formación catequética.

Había llovido durante toda la noche, y hasta esa mañana, cuando estábamos por salir a las aldeas, seguía lloviendo. El P. Víctor iba a la aldea de Mliza, un lugar a casi el doble de distancia que donde iba a ir yo, y por caminos muy malos. Cuando estaba cerrando la puerta de la casa, y nos despedíamos con el padre para salir cada uno a su misión de ése día, se me vino a la mente lo mucho que me costaba cuando era chico ir al colegio cuando estaba lloviendo… y sobre todo en invierno. Y aquí estábamos, saliendo debajo de la lluvia, sin que ni se nos cruce por la cabeza dejar de ir a donde debíamos. Agradezco que desde chico me hayan inculcado en casa el gran valor del cumplimiento del deber.

Yo llegué muy bien a Mitonga, porque el camino hasta Mitonga está bastante bien, pero tuve que esperar un poco para que llegara la gente, atrasada justamente por la lluvia. Mientras esperábamos rezaron el rosario, cantaron, y yo confesaba. Cuando ya estaba por revestirme para la misa, recibo la llamada del P. Víctor, que se había quedado empantanado en el camino a Mliza. Habían estado haciendo arreglos en el camino, y la tierra suelta se transformó en un jabón con la cantidad de agua que había caído durante la noche. Aún con la camioneta con tracción en las cuatro ruedas, debió trabajar mucho para sacarla del barro. Gracias a la ayuda de algunos hombres que estaban por ahí en sus campos, y gracias a la tenacidad de no dejarse vencer, entre intentos e intentos, salió del apuro y pudo llegar a Mliza, desde donde me avisó también que “ya estaba a salvo”.

Luego de la misa de bautismos hicimos un pequeño festejo con los bautizados, y sus familiares. Es muy linda esta tradición que estamos comenzando a inculcar, ya que muchos en su casas no tienen la posibilidad de festejar, y en cambio en la capilla además de tener la fiesta, disfrutan de estar todos juntos, como una familia. Son festejos muy simples, pero se ve la alegría, y en varias aldeas me han repetido lo mismo, que se alegran tanto de poder estar todos “como una sola familia”. En algunas el festejo ha consistido en un plato de arroz con porotos, y nada más. Y sin embargo, brillaba la alegría de estar bautizados, y festejando.

Dos días después estuve en Nsunga, donde se bautizaron once personas, y a dos señoras más grandes también les administré la confirmación y recibieron a Cristo en la Eucaristía por primera vez. Una capilla muy pequeña, con paredes de barro. Gran parte de la gente participa desde afuera, mirando por las ventanas. De hecho a los niños les han comprado un plástico que extienden debajo de un árbol que está frente a la entrada, y desde allí participan de la misa.

Lo mismo sucedió aquí con respecto al festejo, como en las otras aldeas. Un pequeño grupo, y todos sentados debajo del pequeño árbol de mangos junto a la capilla. Me levanté en un momento a tomar algunas fotos, porque en verdad que era una imagen muy agradable, ver a todos estos cristianos, en medio de un pueblo de mayoría paganos, festejando los bautismos con tanta simpleza, y con tanta dignidad a la vez.

Después de despedirnos fuimos a llevar la comunión a dos abuelas, y una de ellas, sentada en el piso, nos recibió con una gran sonrisa y aplaudiendo de alegría. Nos sorprendimos todos por esta actitud, de esperar con tanta ansia poder recibir al sacerdote y poder comulgar.

Al día siguiente, el sábado, estuve en Kalama para lo mismo, celebrar misa y administrar el bautismo a los catecúmenos, y algunos bebés. Esta aldea está bastante lejos, y sobre todo tiene una parte del camino en muy mal estado, dado que es el cauce de un río. Asoman grandes rocas, y en verdad que no parece que se pudiera pasar. En algunos momentos hay que bajarse para ver dónde puede pisar el vehículo y observar con cuidado la altura de las rocas.

La capilla que tienen actualmente ya no puede más, tiene una pared lateral muy inclinada, son paredes de barro. Por estas cosas que les cuento, el estado del camino y el estado de la capilla, los fieles de Kalama juntaron dinero y compraron un terreno del otro lado del cauce río, y allí han comenzado a construir los cimientos de una nueva iglesia, pero esta vez con cemento, con la idea de que sea un edificio que pueda perdurar.

En esta aldea bauticé catorce personas entre catecúmenos y algunos bebés. El festejo fue debajo de los árboles de la escuela primaria. Nosotros aportamos un poco de música con un parlantito de baterías, lo cual hace que se alegren y se pongan a bailar todos. Bailan cantos de iglesia, algo que es muy común, a la vez muy alegre y decente. Esto aporta un gran clima de fiesta, y en cada aldea nos han agradecido este detalle. Llevamos también regalos para los bautizados, medallas, rosarios, estampas y caramelos. Todos los reciben con gran agradecimiento.

En fin, lo que les cuento es casi lo mismo entre una y otra aldea. Y así se nos pasan casi dos meses de este tiempo, bautizando por acá y por allá. Pero de manera especial quería compartir con ustedes una gran alegría de los bautismos de estos días. Cuando estaba por hacer los bautismos de Nsunga, me saluda mi mamá con un mensaje grabado, mis hermanos, y algunas otras personas conocidas, por “otro año más de mi partida hacia la misión de Tanzania”. Ya son seis, podríamos decir que no es mucho, pero a su vez no es poco. Lo que importa es que al día siguiente, en Kalama, recordé que era entonces otro aniversario de mi llegada a Tanzania. En ambos días estuve haciendo bautismos, y bautismos de muchos catecúmenos y gente adulta. Bautismos, confirmaciones y primeras comuniones. En aldeas perdidas de Tanzania.

Cuando los misioneros salimos de misión, ciertamente que nos despedimos con gran sacrificio de tantas personas queridas, familiares y amigos. Dejamos la tierra, la lengua, la cultura… pero en todo nos alienta lo que hemos venido meditando y pensando en los años de formación: el deseo de ser misioneros. Las palabras de Cristo a los discípulos siguen teniendo el mismo valor para nosotros: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» (Mt 28,19-20) 

Agradezco a Dios, que pude celebrar otro año más en la misión, “haciendo lo que vinimos a hacer”. Las palabras de Cristo, después de casi dos mil años, siguen resonando con la misma fuerza con la que fueron pronunciadas por vez primera.

¡Gracias a Dios! ¡Gracias por la gracia de la perseverancia! Gracias a ustedes por sus oraciones. No dejen de rezar para que sigamos siempre ¡firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE

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