Diary of a Missionary in Tanzania

Lo que me pasó ayer

En Tanzania

No sabés lo que me pasó ayer. Se me llenó la casa de gente.

Nuevamente me tocó comer solo en la misión. No es muy raro esto, dado que por los trabajos apostólicos, por las visitas a las comunidades que quedan tan lejos, o por reuniones en la diócesis, que queda a dos horas de viaje de Ushetu, frecuentemente el P. Johntin tiene que salir… y yo quedo en casa, porque por el momento no tengo con quien hablar, hacer apostolado directo.

Me dispuse a almorzar, y como nos ha enseñado el gran P. Llorente, para no estar sólo en ese momento, y siguiendo lo que enseña San Ignacio en los EE, busqué de leer algo, para no comer tan apresuradamente, pensando sólo en la comida. “Tal vez puedo ir bajando el correo electrónico, pensé, a ver si hay alguna crónica de nuestros misioneros para leer”. En eso, ¡gran sorpresa! “Crónica de Groenlandia”… Y fue como si el P. Fabio se me sentara a la mesa… y me empezara a contar de su llegada a las heladas tierras del Polo Norte… creo que al sentarse a mi mesa entró en calor… y nos divertimos mucho con las anécdotas, los saludos en el aeropuerto, las primeras impresiones.

Estábamos en lo más entretenido de las historias Groenlandesas… Cuando de repente, golpean la puerta, otro gran amigo… el P. Ariel. ¡Adelante! ¡Qué bueno! Ya se aumenta la comunidad… y el P. Ariel está acostumbrado a estos calores… aunque no tanto a este silencio. Me alegró mucho con los recuerdos de las aventuras juntos en la misión por las tierras ecuatorianas.

No alcanzaba a sentarse a la mesa, cuando se presentan unas hermanas, vienen de Rusia. Nos decían que algunas de ellas tuvieron que viajar más de 8.000 km para encontrarse con las otras religiosas de la misma provincia. A estas también me las imaginaba con el repentino “golpe de calor y sol” de África.

A todo esto, entre las amenas y variadas conversaciones, fue muy edificante el relato de los padres y las hermanas en Siria, que también aparecieron ahí… no me dí cuenta cuándo entraron… Hubo como un tono de seriedad en la conversación, pero no de tristeza, ya que nos contaban que en medio de lo que están viviendo, es impresionante ver cómo Dios bendice. Nos contaron, por ejemplo de la alegría de Rami, el joven secuestrado y que salvó la vida de milagro… nos mostraron una foto del él en el hospital, sufriendo y sonriendo.

En ese momento llegaron las hermanas de Islandia… Mas gente del Polo Norte… parece que le gusta venir a descansar del frío por estos lados, y ver un poco de verde. Yo pensaba que ya no entrábamos en la mesa.

Pero todavía faltaban llegar más… llegaron de Colombia. ¿De Colombia? Preguntamos todos. Si, que no tenemos misioneros allí, pero se ordenó un padre colombiano… Y brindamos por eso.

Al brindis se sumó tarde el P. Andrés, desde Canadá, pero todavía quedaba comida… en mi plato, la comida se había enfriado, tan entretenido que estaba escuchando las historias de todos ellos. Me estaba dando una panzada de crónicas.

Ya casi de sobremesa escuchamos las noticias de los monjes, que todos los misioneros agradecemos mucho… saber que tenemos a los que trabajan preparando las municiones, como dice el P. Llorente. Y el P. Marcone nos hizo un relato detallado de la fundación del noviciado en Argentina, porque se cumplen las bodas de plata de nuestro primer noviciado. Nos trajo muy gratos recuerdos. Allí tuvimos que hacer un alto y explicarle a algunos que no han estado en Argentina algunas cosas… que ellos escuchan con avidez, ya que siempre les interesa mucho conocer de los orígenes de nuestra familia religiosa, de los tiempos de fundación. Este aniversario fue ocasión de otro brindis…

Bueno, al ver esa mesa llena de gente, se me ocurrió pensar en que tendría que mandar a hacer una mesa más grande que la de la familia Prado. Y ni qué decir de la Iglesia… porque cuando voy a hacer adoración, me imagino que la iglesia está llena de los sacerdotes y hermanas que están misionando en tantos lados… y que  cada día se arrodillan ante el Santísimo suplicando la bendición para los trabajos apostólicos de todos.

Me lleno de alegría al ver en mis misas solitarias, que no entramos en el presbiterio, somos mas de 300 sacerdotes. Y en los bancos de la iglesia… apiñados, con tantos menores, aspirantes, novicios, novicias, seminaristas y hermanas… y tantos amigos y conocidos de la Tercera Orden… una multitud.

¿Qué tamaño tendrá que tener la iglesia para que entremos todos? No sé, pero debe ser gigante… Pienso que ya la están construyendo allá, donde vamos a estar “todos juntos, con Dios y para siempre”, como decía el primero de los nuestros que fundó en el Cielo.

Es verdad… le falta estilo.

Y se ve que tengo tiempo, ¿no? “Estoy lejos para que me cuelguen”, como dice el P. Fabio.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego.

Ultimo de Tanzania

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