Lo extraordinario de lo cotidiano

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Ushetu, Tanzania, 6 de enero de 2019.

Primer viernes de mes en la nueva parroquia, y luego oficina parroquial, para los que necesiten. Los miembros del Sagrado Corazón que llegaron ese día eran más de treinta. Muchos llegaron bien temprano, para poder confesarse, y comulgar, y cuando expuse el Santísimo Sacramento a las 6:00 am había un nutrido grupo de personas.

Cuando comienzo la atención de los fieles en la oficina, un catequista de la nueva parroquia me dice que traía el nombre de un anciano a quien había bautizado en peligro de muerte unos días antes. Le pregunté si ya había fallecido, y me dijo que no, que luego del bautismo tuvo una leve mejoría. Entonces le dije que aprovechemos la mañana para poder completar el bautismo y darle los demás sacramentos. Fuimos acompañados de la esposa del enfermo, que es católica y algunos de sus nietos que habían ido para participar de la Misa esa mañana.

El camino para mí era desconocido en parte, porque se trataba de la zona nueva de la parroquia. En este tiempo de lluvias el paisaje es muy bello, se ven los campos verdes, y mucha gente trabajando en las parcelas. Siempre se trabaja a mano, y no se utilizan herramientas mecánicas. Todos saludan al pasar el vehículo y ya algunos comienzan a saludarnos como “¡Padre!”, a lo que respondemos con saludo efusivo y bocinazos, que los hace sonreír. Los campos de arroz son especialmente lindos en este tiempo, llenos de agua, con los brotes verdes, y mucha gente trabajando en ellos.

En el camino que nos llevaba hacia Mapamba, nos desviamos por un sendero de motos. No había lugar para que pisaran las dos ruedas del auto. Sin embargo se podía pasar con cuidado. La admiración de la gente de ver un auto por esos caminos era comprensible, ya que no hay caminos y por lo tanto no se deben ver muy frecuentemente. El pequeño poblado, si así se lo puede denominar, se llama Windele. En realidad, el poblado no deben imaginárselo con calles y casas a la orilla de ambos lados, ya que simplemente es como una región, y las casas están muy distantes unas de otras.

Llegamos a la casa donde se encontraba el enfermo, quien había elegido el nombre de Ibrahimu (Abraam), o no sé si se lo habían el elegido sus familiares el día en que lo bautizaron de emergencia. Todos los presentes, algunos adultos y varios niños, no sabían cómo se saluda a un mzungu, pero se alegran y relajan al ver que saludamos y respondemos en swahili. El hombre de la casa, un muchacho de unos cuarenta años, muy robusto, hombre de campo, nos recibe y nos lleva a la habitación donde estaba el abuelo.

La casa es como están acostumbrados a escuchar en mis relatos: muy humilde, con paredes de ladrillos de barro sin revocar, piso de tierra desparejo, el lugar para una cama con tientos de cuero y colchón, una ventana muy pequeña de unos 40 por 40 cm, y casi ningún espacio más. Algunas especie de banquetas caseras, muy bajitas, de una sola pieza, es decir un pequeño tronco tallado.

El abuelo estaba sentado, y le hice algunas preguntas a las que no pudo contestar. Le tradujeron a la lengua sukuma, y tampoco. Estaba muy débil y parece que sus más de 80 años de una vida tan dura, han dejado sus secuelas. Ibrahimu había sido pagano toda su vida, tenía dos esposas, muchos hijos. Hace un par de años murió una de ellas, y ya el obstáculo para ser bautizado había desaparecido. En su familia su esposa Ester es católica, y la que por su perseverancia en la oración ahora lograba estos frutos en su casa.

Le administré a Ibrahimu la unción con el Santo Crisma, luego le di la confirmación y la unción de los enfermos. Mientras hacíamos la celebración, el abuelo escupía en el suelo de tierra, cosa que me impresionaba un poco, pero debía hacer como que ni med aba cuenta. Su hijo, quien se había quedado para participar de las oraciones, lo vi que pudo hacerse la señal de la cruz con algo de dificultad. Y también al llegar me había respondido al saludo de “¡Alabado sea Jesucristo!”, con una media respuesta. Le pregunté si era cristiano, y me dijo que no, que tenía dos esposas, que es pagano. Pero que quiere rezar. A veces lo dicen por compromiso, pero otras no. Le dije que piense en el ejemplo de su padre, que había vivido como él, en poligamia, sin ir a la iglesia, pero que al momento de terminar nuestra vida todos nos preguntamos por lo que vendrá después. Y que queremos prepararnos. Dios ha sido misericordioso con su padre, esperándolo, pero él tiene que provechar el tiempo que ahora tiene. Me dijo que se llamaba “Tano”, que quiere decir “Cinco”. Es decir es el quinto hijo, y así le ponen, “Cinco”. Cuando le pregunté cuántos hermanos eran, me dijo que diez… luego se rió y dijo, bueno, sin contar a las mujeres, es decir somos diez varones. La charla fue breve y amena, y “Tano” dijo que lo iba a pensar. Sé que esto no es fácil para mucho de ellos, dejar el paganismo, pero me alegro de haber podido llegar hasta su casa, sentarme unos minutos, y haberle podido al menos hablar de Cristo, hacerlo reflexionar sobre el destino eterno, e invitarlo a que algún día se acerque a la iglesia.

Nos tomamos una foto de recuerdo, que en verdad las tomé pensando en ustedes, para que tengan una idea más acabada de lo que les cuento. Salidos del minúsculo cuarto, Ester me esperaba con un regalo de agradecimiento, un gallina para que me lleve a casa. Es un regalo muy generoso, pensando en que ellos no comen carne sino en días especiales. Una gallina cuesta casi siete dólares, y un ayudante de trabajo, por una jornada completa de ocho horas puede recibir 2,50 dólares al día.

Cuando regresábamos hacia la parroquia nos íbamos encontrando con grupos de fieles que regresaban desde la iglesia, que habían ido por ser primer viernes de mes. Me esperaba Joyce, una gran fiel del Sagrado Corazón, de quien ya les he contado en otras oportunidades. Ella es ciega, y viene desde una de las aldeas más alejadas de la nueva parroquia, unos 25 km de viaje. ¿Cómo hace para venir? Otra gran persona, la esposa del catequista de Nsunga, que es donde viven ambas, la trae en bicicleta. Es decir, que recorre 50 km en un día, llevando en su bicicleta a Joyce, y a una hija pequeña de esta última, Anastasia, de seis años, quien le ayuda a su madre como lazarillo. Me pidieron que las acerque hasta Uyogo, así ahorraban al menos diez kilómetros, porque allí se separan los caminos que llevan a Nsunga y el que nos trae a Ibelansuha, nuestra casa. Ya en el auto, les dije que las llevaba hasta su casa, recibiendo miles de gracias, sonrisas, y promesas de sus oraciones por nosotros, con los que me veo recompensado el ciento por uno. Tampoco pude dejar de premiarlas con esa gallina que me habían regalado, pensando que ella sola, cieguita, mantiene a sus cuatro hijos, y por lo tanto deben pasar necesidades, me imagino.

Como verán, esto que cuento es muy simple y cotidiano. Nosotros los misioneros nos acostumbramos mucho a verlo y vivirlo. Tal vez por eso muchas veces pienso que mis relatos de lo que hacemos en la misión los cansan, ya que ¿qué hay de nuevo o admirable en unos hechos como los que viví el viernes pasado? Nuestra vida es de misioneros, y no de aventureros, aunque a veces las aventuras no faltan. Las aventuras vienen sin que las procuremos.

Pero hoy en la Misa en casa me puse a pensar en esto, mientras también me preparaba para escribirles lo que escribo ahora. Al mirar al Niño Jesús que tenemos en el altar de nuestra capillita privada, pensaba que justamente en Él no vemos nada extraño o llamativo externamente. Se trata de un niño, común y corriente, externamente. Pero no lo es, sino que se trata del Hijo de Dios, aunque no se vea. Y así Dios quiso darnos su enseñanza, de que cada cosa, por común o cotidiana que sea externamente, en realidad no lo es. Puede ser extraordinaria, dependiendo de cómo la hagamos. Pienso que una mente superficial podría pensar que todos los días son iguales, los amaneceres y los atardeceres… ¡pero no lo son! Cada día es único, y no se repite, no regresa. Y si pensamos en cosas más altas, hasta la misma Navidad cada año es igual, perecería lo mismo: un Niño, el pesebre, los cantos, la cena, los festejos, los regalos, los familiares, etc. Sin embargo cada Navidad es diferente, y debería ser diferente. Pero especialmente en nuestras almas, vivida cada vez mejor, con más intensidad, con más profundidad. Y aprovechando las gracias que cada Navidad trae, gracias especiales y particulares.

A los pastores les anunciaron que por señal del nacimiento del Salvador esperado verían “a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre”. ¡Qué señales más comunes! Y cuando llegaron, ¡qué vieron? “Amaría, a José, y al Niño acostado en un pesebre”. Y basta. La señal más simple, el hecho más simple. Y le adoraron, como también lo hicieron los Reyes Magos.

La Navidad pasa por dentro. Es como la Misa, que puede parecer siempre igual externamente, y sin embargo ninguna Misa es igual a otra. Depende de cómo la vivimos, y de que Dios tiene dispuestas gracias especiales para cada una. Y así con cada cosa. Así pienso mi misión aquí en Tanzania, así pienso lo que nos sucede cada día… aunque son cosas cotidianas y simples, pero son únicas. Para eso me trajo Cristo aquí. Y por eso se los cuento, aunque se repiten, nunca son iguales…

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE