Llegada a Ushetu de un nuevo misionero…

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Ushetu, Tanzania, 16 de octubre de 2017

Quería contarles con gran alegría que hace una semana contamos con otro sacerdote en la misión de Ushetu, Tanzania. Es un regalo inmenso de la Divina Providencia, y algo que debemos agradecer por medio de nuestros superiores, quienes han hecho el gran esfuerzo de enviarnos otro misionero, con la gran necesidad que hay en tantísimos lugares. El P. Orazio será el maestro de novicios, pero en este primer tiempo deberá dedicarse a estudiar el swahili, primera obligacion de todo misionero que pisa estas tierras. Aquí quiero compartirles la crónica, en la que nos cuenta de sus primeras impresiones, y de lo que lo ha “colpito” estos días (conmovido)… y que a nosotros también nos conmueve.

Comparto con ustedes esta inmensa alegría, y los dejo con el P. Orazio…

¡Firmes en la brecha!

P. Diego.

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Ushetu, Tanzania, 15 de octubre de 2017

Llegado a Ushetu (Kahama –Tanzania) el 5 de octubre, hace una semana, si bien conozco muy poco de esta tierra, vale la pena describir un poco lo que me más me ha conmovido de la gente de estos lugares. Ushetu es una pequeña aldea de 4.000 habitantes (en realidad la aldea donde vivimos se llama Ibelansuha, y Ushetu comprende todo el extenso terreno de la parroquia). Al centro de la aldea se encuentra la iglesia y la comunidad de los misioneros (IVE, cuatro sacerdotes), y a poca distancia la comunidad de las hermanas Servidoras del Señor la Virgen de Matará (SSVM, que son cinco en total). Además de estas 4.000 personas de nuestra aldea, podemos sumar otras 80.000 almas que viven en el vastísimo territorio de la parroquia (2.400 km2). Aproximadamente la mitad de estas personas son cristianas, y el resto, la mayoría paganas, y algunos musulmanes.

Las personas son tímidas y discretas, no acostumbradas al trato con los extranjeros (prácticamente sólo con los misioneros y los voluntarios): frecuentemente saludando al nuevo misionero, después de un enérgico apretón de manos y una alegre sonrisa, bajan tímidamente la mirada.
Se sustentan con lo que ellos mismos alcanzan a producir en su propio pedacito de terreno, en el cual se encuentra la casa, generalmente construída de barro y techo de paja.

Cada vez que los misioneros recorren los caminos, y por tanto también la vez en que yo llegué a Ushetu, se escuchan fuertes gritos de los niños: “Padriii, pipiii!!!” (Padre, caramelos!!!); que los misioneros les conceden prontamente. De esta manera, recorriendo aquellos caminos, se acercan aquellos niños que reciben sonrientes y contentísimos los caramelos, y sobre todo se ve cómo visten ropas muy pobres, y cómo algunos llevan en la cabeza o en el rostro alguna llaga, o inflamación, u hongos que su madre no logra curar con los pobres medios a disposición.
Hace tres días un niño de Ushetu murió en la pequeña enfermería de las hermanas (que en realidad está obligada a funcionar como un gran hospital) como consecuencia de una anemia aguda. Y la semana anterior otro niño murió a causa de una grave fiebre de malaria. En esta enfermería las hermanas reciben enfermos día y noche, cumpliendo aquello que el Beato Clemente Vismara llamaba “la misma obra de los apóstoles, que predicaban el evangelio y curaban las enfermedades; pero con la diferencia de que ellos curaban con milagros y nosotros con medicinas”.


También las hermanas se ocupan de la educación de los niños, atendiendo una escuela frecuentada por unos setenta pequeños.


Con respecto a la falta de los bienes de primera necesidad, puedo contarles que visitando algunas aldeas de las más pobres hemos encontrado tres mujeres sentadas por más de seis horas debajo de un árbol, esperando que de un hueco en el suelo profundo (cerca de dos metros) surgiera el agua. Sin embargo se puede obtener agua si se filtra el barro y la hierba con la que la extraen, y aún así seguiría sucia. De todos modos es la única que pueden obtener y debe servir para toda la familia. Por esto nuestros sacerdotes ya han hecho excavar un pozo de agua en Ushetu y han pedido ayuda a una asociación a fin de poder excavar otros para dar, al menos a algunas personas, un poco de agua pura.


Claramente el misionero, debiéndose dedicar a la actividad de ayuda material de la gente, eleva esta actividad para darle un valor sobrenatural y eterno. Cada ayuda a estas personas es una ocasión de predicar el Evangelio, y hacer conocer a Jesucristo, para mostrar que la Iglesia Católica, que envía a los misioneros, es aquella que Jesús ha fundado y de la cual ha dicho: “Amaos los unos a los otros. En esto reconocerán que sois mis discípulos” (Jn 13,34-35).


A estas actividades se suman todas las actividades normales de una parroquia: misas, bautismos, primeras comuniones, oratorio, etc… directamente orientadas a alimentar y acrecentar la fe.
Esta fe de Ushetu es una fe joven, que ha llegado hace ochenta años, gracias a la predicación de los misioneros y luego de padres diocesanos, y de ella se ven inmeditamente las obras, apenas se arriba a la aldea.


Basta pensar que apenas se enteraron los fieles que el nuevo misionero estaba por llegar, se han reunido y me han recibido con cantos y bailes. A estos festejos se han seguido otros más solemnes, los del domingo en la iglesia. Al finalizar la Santa Misa me sentaron adelante y todos, por turno, se acercaron a estrechar la mano del nuevo misionero, agradeciéndole por haber venido y asegurándole las oraciones, demostrando así que saben bien lo que significa la presencia de un nuevo sacerdote. Junto a mí pusieron un recipiente en el cual los fieles depositaban sus ofrendas destinadas al misionero, como regalo de bienvenida. Viendo a esa pobre gente que generosamente ofrecía lo poco que tenía, sentía un poco de vergüenza, que me instaba a decirles que no lo hicieran, que no era necesario dar esa ofrenda. Pero no se podía… podría ser tomado como una ingratitud de parte mía. Pero después de algunos minutos me consoló el pensar que ese pequeño aporte de dinero se podría usar para el bien de la misma gente.


Tanto el domingo como el jueves hay oratorio, en el que participan cerca de una centena de niños. Para iniciar se reza el Rosario en la iglesia, y mientras rezábamos, junto a mí se puso un niño de unos diez años. Cuando llegó se arrodilló y luego, si bien podía sentarse, se mantuvo así por la media hora que duraba el rosario, apoyándo a veces solamente la punta de los dedos en el banco de adelante, para mantener el equilibrio y aliviar, si bien un poco, el peso en las pequeñas rodillas. Y así, mirando alrededor mío, vi que no era el único niño que rezaba en esta posición, para hacer un mejor acto de reverencia a la Virgen.


También me ha conmovido el ejemplo de las Watoto wa Yesu, las niñas que con sus bailes litúrgicos animan la Santa Misa. En una misa solemne con el obispo, que duró cinco horas, las he visto bailar bajo el calor africano, enjugándose cada tanto el sudor de la frente, pero bailando siempre y cantando con fuerza para alabar a Dios.

Postulantes del IVE Tanzania – 2017

Pero entre las obras que demuestran la fe de este pueblo, la más grande, es aquella destinada a producir muchos otros frutos, es la de los jóvenes que consagran la propia vida a Dios. En Ushetu he podido conocer varios, que gracias a la ayuda y la dirección espiritual de los sacerdotes se encuentran aquí entregando su vida a Dios, siguiendo la propia vocación, ya sea en nuestro Instituto o en otros institutos religiosos.


Así, ya llevo una semana en esta tierra a la que el P. Diego Cano llama “el sueño de todo misionero”, y he visto cosas entusiasmantes, que me hacen comprender porqué Jesús dijo a sus apóstoles: “Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16).


¿Y las dificultades? Respecto a las dificultades, no se puede eludir que no estarán, ya que toda misión incluye sus desafíos. Pero junto a esta certeza, está aquella de que todas las dificultades de la misión jamás podrán ser tan grandes que ahoguen la palabra de Cristo que promete darnos el céntuplo de lo que hemos dejado por Él, junto a la vida eterna.

P. Orazio Cangialosi, IVE.
Misionero en Tanzania.