Les cuento de Magereza

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Ushetu, Tanzania, 15 de mayo de 2017

Les cuento de “Magereza”. Es un “kigango” nuevo. “Magereza”, es el nombre de la aldea, Y “kigango” significa “aldea”, pero en realidad cuando nosotros decimos “kigango”, nos referimos a una “capilla” o “comunidad católica”. Entonces, espero que me entiendan, al decir que “Magereza es un kigango nuevo”, me refiero a que en ese lugar vive gente desde hace mucho, pero ahora comenzaron a ser una nueva comunidad cristiana, una nueva capilla.

Pero al decir que es “una nueva capilla”, debo aclarar otra cosa mas, y es que no me refiero a que tienen un edificio nuevo, sino simplemente que comenzaron a funcionar como una nueva comunidad. Antes dependían de una capilla que queda a cuatro kilómetros. Desde hace un año y dos meses ya son una “nueva capilla”, o mejor dicho “nueva comunidad cristiana”, aunque sin capilla.

Se reúnen a rezar en la escuela del lugar. Y el sábado pasado recé Misa por primera vez en esa nueva aldea. Ya había celebrado Misa allí, cuando eran parte de la aldea vecina, fui a rezar Misa en la casa de una familia y realizamos matrimonios y bautismos. Era la primera vez que iba, desde que habían sido erigidos como “aldea o capilla”. Y no casualmente, como sabemos, estuve este sábado, que era 13 de mayo, día de Nuestra Señora de Fátima, y jubileo de los 100 años de las apariciones de la Virgen en Cova de Iría.

Llegué un poco tarde, y me estaban esperando. La gente estaba en la escuelita, y salió a recibirnos con cantos y ramas de árboles en las manos. Confesé un poco de gente, no mucha, mientras se rezaba el rosario en un aula que les prestan. En otra aula estaban los pentecostales cantando y haciendo su celebración, pero terminaron antes que nosotros comenzáramos. Las confesiones fueron pocas, porque hay mucho trabajo todavía por hacer, es decir, las personas que pueden acceder a los sacramentos no son tantos. Sin embargo hay siempre mucha alegría, y mucho deseo de progresar. Hay coro, hay niñas que bailan, hay algunos miembros del grupo del Sagrado Corazón, y también de la Legión de María.

El catequista es muy bueno, es un hombre grande, soltero, y se llama Petro Mateleka. Sin conocerlo daría miedo encontrárselo. Es gigante, tiene unas manos que son el triple de las mías… alto y corpulento. Un hombre de trabajo. Y adentro guarda un corazón muy bueno y bondadoso. Por demás generoso también, ya que atiende esta aldea con mucho empeño, la gente lo quiere, y se dedica realmente, hasta esforzarse a ir a enseñar a la escuela secundaria y a la primaria también, cada semana.

Gracias al buen trabajo de Petro, y de los líderes, la comunidad va adelante. Y han comprado un terreno, con mucho esfuerzo. Quieren comenzar a construir en breve. Así que en esta Misa tuvimos un bautismo de un bebé, después fuimos a llevar la comunión a una anciana que vive cerca de la escuela, y de allí a bendecir el nuevo terreno. Es lamentable el estado de los edificios de las escuelas públicas, completamente destruidos. Durante la Misa tuve que adelantar la silla, porque desde la pared, en pleno día, la silla del sacerdote se llenaba de las suciedades de los murciélagos.

Al nuevo terreno fuimos caminando, porque queda muy cerca de la escuela. Era el mediodía y el sol pegaba fuerte. La gente se había adelantado mientras nosotros le llevábamos la comunión a la abuelita. Una vez en el lugar, me mostraron los límites del terreno, lo habían limpiado los mismos fieles, y querían saber dónde comenzar a construir. Miramos el lugar y les aconsejé sobre esto. Rezamos, bendije el campo, y le cantamos a la Virgen. Como es una aldea nueva, no tenían patrono, así que por lo providencial de la fecha, les dije que se iba a llamar “Virgen de Fátima de Magereza”… un lujo poder comenzar una aldea en el día del jubileo de los 100 años de las apariciones.

Al terminar los cantos y bendiciones, como no tenía muchos caramelos, me propuse comenzar a preguntar a los niños quién sabía la señal de la cruz, y darles uno de premio. Mi gran sorpresa fue al ver que todos los niños pequeños, sin excepción, no sabían hacer la señal de la cruz. Los que ya iban al catecismo, por supuesto que lo sabían. Pero los demás, nada. Me llamó la atención, y me dejó un sabor agridulce. Es decir, ver que esos niños, hijos de personas que van a rezar, no ven a sus padres rezando, no rezan en la casa, y los papás no les enseñan a rezar. Aproveché a insistirles un poco a los adultos, que son los papás los primeros maestros de oración. Que no deben esperar a que el catequista les enseñe, sino que la fe se debe aprender en la casa. Se debe “mamar” la fe.

Cuando caminábamos de regreso íbamos hablando sobre la construcción de la futura capilla, y otras cosas. Pero yo iba un poco distraído, medio atónito por esto último que les contaba de los niños que no sabían hacerse la señal de la cruz, y a la vez pensando en la gran gracia de que mi madre, desde que tengo uso de razón, me enseñó a rezar. Eso nosotros lo vemos como algo muy común, quienes venimos de países con raíces cristinas, pero en verdad que es una gracia muy grande que hay que agradecer y valorar. En un lugar como el que me toca misionar, uno se da cuenta que es una gracia muy grande. Una familia cristiana, que enseña la fe desde la cuna… Y a nosotros ¡cuánto trabajo nos queda por hacer! Pasarán generaciones tal vez, pero debemos lograr eso, una cultura cristiana, edificada sobre familias católicas.

Claro que uno ve el trabajo que queda adelante, de edificar una iglesia allí, en Magerza. Pero edificar la iglesia de piedras vivas, la verdadera iglesia, ¡cuánto trabajo Señor! ¡Danos fuerzas, y envíanos trabajadores a tu mies!

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.