Que la Purísima los cuide

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Ushetu, Tanzania, 16 de marzo de 2018.

Escribo hoy, día del santo Cura Brochero, sobre la visita a la aldea de Bughela, que lo tiene como patrono. Según mi parecer, es la primer capilla dedicada al Cura Brochero en África. Y me animo a decirlo porque bautizamos la capilla con ése nombre el mismo día de la canonización del sacerdote argentino. Así que creo que tenemos ése gratísimo honor.


Volver a esta capilla siempre me trae alegría y un poquito de tristeza. Si bien siempre es algo alegre poder ir a visitar una aldea, celebrar la Misa, confesar, y como en este caso, administrar el bautismo a un grupo de niños catecúmenos, por otro lado esta aldea tiene muy vivo y presente el recuerdo de nuestro querido catequista Stanislawsi, que falleció hace apenas siete meses.
Puedo recordar perfectamente cuando en una crónica les conté que llegamos a este lugar, luego de que pasaron nueve años sin celebrar la Misa allí. Por el esfuerzo y la gran vocación de Stanislawsi, se volvió a reunir la gente. Él mismo fue a sus casas a buscarlos. Allí llegamos, y celebramos en la antigua capilla, muy pequeña, toda de barro y en pésimo estado. Ese mismo día luego de la Misa fuimos a bendecir la nueva construcción. Se trataba de una capilla un poquito mas grande, pero con ladrillos de barro crudo. Pocos meses después se inauguraba con techo de chapas, y tuvimos una hermosa fiesta, con bautismos incluido. El catequista estaba feliz, y también tengo las imágenes de aquél día en mi memoria.


Luego de que Stanislawsi partiera de entre nosotros, todo el apostolado en aquella zona de Ilomelo ha sido más difícil. Pero de todos modos, se sigue adelante. El catequista Rafael ha tomado el apostolado de Stanislawsi, ¡y se esfuerza en atender tres aldeas! Anda solamente bicicleta y es una persona mayor. Lo mejor es que tiene muy buen espíritu, siempre secunda las sugerencias y acata órdenes, mostrando mucha devoción y respeto por las cosas sagradas, manifestando ser un catequista de vocación. Lo ayudan en su apostolado algunos jóvenes, turnándose para ir a las aldeas más lejanas.


Hacia esa aldea de Bughela me dirigí hace algunos días. Fui solo porque era un día de semana y no tenía monaguillos ni novicios, y las hermanas tenían muchas ocupaciones con la escuela y el dispensario. Siempre es un problema para mí poder llegar, ya que al dejar el camino principal, a unos 25 km de aquí, se interna uno en miles de senderos que no son de autos ni de carretas. Muy destruido, pero sobre todo en este tiempo de lluvias. Y muy cambiado, ya que es totalmente diferente ir en tiempo de sequía o lluvias. Ahora las plantaciones están en su auge, y los campos de maíz impiden ver más allá del camino. Por momentos se veían grandes campos de tabaco, un paisaje bellísimo. Sin embargo más de tres veces tuve que parar el auto para caminar entre el pasto, donde habían grandes zanjas producidas por la lluvia torrencial, y que no se veían. Tuve que hacer varias maniobras para esquivarlas, y un par de veces paré a preguntar a la gente que estaba en el campo si iba bien para la capilla.


Finalmente llegué, y demasiado temprano, para asombro de los que estaban preparando las cosas, porque les faltaba mucho. Los tranquilicé cuando les dije que a propósito vine antes, para aprovechar la tranquilidad y rezar un poco antes de que lleguen todos. Fue muy bueno esto, de verdad, porque pude sentarme tranquilo en la sombra, y saludar a todos los que llegaban. Llegaron muchos niños, muy tímidos, pero lo bueno que algunos de los que se iban a bautizar se sentaron a esperar en la misma sombra que el padre, e intercambiamos algunas palabras.

Cuando me avisan que el té ya estaba listo, vamos hacia la casa del vecino que es católico, y quien donó el terreno para la capilla. Pasamos por la antigua capillita, y me sorprendí al verla totalmente destruida, aunque todavía en pie con techo y todo, pero destruida porque habían tremendos hormigueros de termitas que habían comido el altar, los bancos y paredes, horadando todo, y dejando grandes torres de barro. Pensé que en ése altar celebré la Misa… en ése altar reposó Cristo Eucaristía. Siempre me admiro al pensar en la gran humildad de Nuestro Señor, que se digna bajar donde un sacerdote celebra la Misa, sea donde sea, aún en los lugares más humildes.


La Misa fue muy linda, donde bauticé a los siete niños que habían hecho el catecismo el año pasado. Cuatro niñas y tres varones, a quienes les pude sacar alguna sonrisa antes de la foto. Tan tímidos que era casi imposible esta tarea. La foto la debimos tomar como siete veces, y ni aún así lo logramos perfectamente.

Tengo la certeza de que estaban felices, porque se habían bautizado, y luego almorzamos junto con ellos debajo de un árbol de mangos. Los de la fiesta éramos el padre y los líderes, y ellos seis. Les di los regalos que llevaba preparados: el rosario, una medalla, una estampa y un chupetín.

Agradecieron mucho. Pregunté a los líderes si había alguna soda para ellos, y me dijeron que no había alcanzado el dinero. Les di del dinero de la ofrenda para que compraran al menos unas diez gaseosas pequeñas. Me habían dado la colecta que se había juntado de varios meses, y pude ver cuando me mostraron el cuaderno donde la anotan, que por domingo se junta entre 30 y 50 centavos de dólar. Creo que esto les puede dar la idea de lo que significa edificar una capillita en estos lugares remotos.
La alegría de la gente era muy notoria. Yo también me alegro al verlos. Ruego a Dios que sigan adelante y perseveren. Al final de la Misa les exhorté a que no se olviden de los sacrificios de Stanislawsi por llevar adelante esta capilla. Que ahora sean buenos con Rafael, que tanto se esfuerza. Finalmente les conté que una tía mía, Alicia, cuando estuve de vacaciones en Argentina, compró la imagen del patrono de la capilla, la hicimos tomar gracias de las reliquias allí mismo en Villa Cura Brochero, y en tiempo de Pascua la traeríamos a la aldea… palabras que fueron recibidas con un espontáneo aplauso y alegría.
Nos despedimos, y espero poder volver a verlos, y espero que sigan firmes. Esta obra no se puede dudar que es de Dios, que es Él quien los cuida y lleva adelante, es el Espíritu Santo quien los ilumina y enseña a rezar, y hace que crean… que tengan fe.
Cuando manejo el auto y dejo atrás estas aldeas, sólo puedo encomendarlos a Dios, pedirle a la Purísima (usando la expresión del Cura Brochero) que no los deje, y ponerlos en sus maternas manos.
Y seguir adelante… ¡Firmes en la brecha!
P. Diego.