La misión en tiempo de lluvias

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Ushetu, Tanzania, 30 de abirl de 2018

Si les digo que los caminos están destruidos, no hago más que repetir lo que ya han leído tantas veces en las últimas crónicas, pero es la realidad de estos días de nuestra misión. La parroquia nos ha quedado partida en tres, cuatro, o más partes. Hay varios ríos que han crecido hasta tal punto que es difícil cruzar con motocicleta, y hasta caminando.


Estamos en la última etapa de la época de lluvias, y parece que se han atrasado mucho. Tuvimos un mes, en febrero, en donde las cosechas se comenzaron a secar. Sin embargo la lluvia llegó, un poco atrasada, y en estos días han caído tormentas muy grandes. El camino que nos comunica con la ciudad está en muy mal estado.

Hace una semana, cuando regresábamos de un viaje, tuvimos que pasar por varias lagunas y ríos, que en muchas partes nos asustamos porque no sabíamos si el auto se quedaba allí en medio del agua. En una de esas partes más difíciles, dos muchachos fueron corriendo delante del auto para mostrarnos el lugar menos profundo, porque no se podía distinguir el camino. En otras partes había corriente de agua y el auto se corría un poco de costado.


En la crónica pasada les conté de la aventura para llegar a una de las últimas aldeas hacia el sur, Ndairunde. El camino que a su vez es el alternativo, un gran rodeo de 55 km, estaba cortado y el agua pasaba un metro por sobre el puente. Un minibús se había caído al agua, y los colectivos no habían podido pasar. Nuestro viaje en bote por el río, y los trabajos para sacar nuestro vehículo que se empantanó hacia el final de la tarde… todo motivo de los últimos relatos.


Hace tres días tuve que ir a una de las aldeas más extremas hacia el oeste, Salawe, y también estaba cortado el camino por un río muy crecido, que se había llevado gran parte del mismo. De ése viaje quiero contarles en esta crónica.


Pero antes de comenzar, les cuento que el día sábado iniciamos el viaje hacia la ciudad de Kahama, porque debíamos participar de una reunión en la diócesis, pero al llegar a la aldea de Senai, muy cerca de aquí, se habían atascado un camión cargado de bolsas de maíz, y un colectivo que estaba tratando de pasar por un atajo. Nos dijeron que más adelante estaba peor y en la parte del río había mucha agua sobre el camino, más de medio metro. Tuvimos que volvernos para no correr riesgos, ya que había que regresar por la tarde, y el mal tiempo seguía amenazando. En la noche había caído un gran aguacero.
El día de ayer, domingo, el P. Orazio fue a celebrar Misa a un centro donde vamos todos los domingos, hacia el este, y el viaje fue muy dificultoso. En el camino encontró dos camiones enterrados, y algunos esperando para pasar. Algunos de ellos durmieron allí mismo anoche, para esperar poder pasar al día siguiente. La segunda Misa que debía celebrar el padre en la aldea de Mliza se suspendió porque no había cómo llegar a causa de otro corte para esa zona. En fin, como les digo, la parroquia está partida y es muy difícil estos días poder llegar a todos lados.
El jueves por la mañana me llamaron para pedirme que vea una enferma que estaba muy mal. ¿Dónde? En la aldea de Salawe, a 40 km de aquí, y más allá de un río que sabíamos estaba muy crecido. Ése día no teníamos ninguno de los vehículos, estaban dos en el taller, justamente por el maltrato de los caminos en estos días, y el de las hermanas estaba de viaje. Gracias a Dios las hermanas regresaron antes de que cayera la tormenta de la noche del viernes que arruinó mucho más el camino a la ciudad. Debido a que era imposible salir hacia Salawe, en un viaje tan largo, sin tener vehículos disponibles, le dije al catequista que le diera el bautismo en peligro de muerte, y yo iría lo antes posible a verla, pero no había que correr riesgos de que no pudiera llegar.
Así fue que el viernes luego de la Misa salí hacia Salawe, sabiendo que me esperaba otra aventura, tal vez menos costosa que la de la semana anterior hacia el sur. Esta vez era para asistir a una enferma, algo que no se puede dejar ni postergar. Las Misas en esas zonas alejadas las hemos suspendido hasta que mejoren las condiciones del clima, pero esto era un caso distinto. Viajé en auto hasta el río, que queda a unos 25 km de aquí, por un camino muy malo, muy inundado en varias partes, tanto que había que pensar bien por qué parte cruzar las lagunas que estaban en el camino.
Al llegar al río, dejo el vehículo y me acerco a ver cómo podía hacer para cruzar. El agua había bajado bastante y sólo llegaba hasta las rodillas. Pero el camino estaba destrozado, habían puesto piedras para rellenar y se habían hecho zanjas por el paso del agua. El suelo era de un barro muy blando. Un buen samaritano me ayudó a cargar la pequeña mochila y me indicó el mejor lugar para cruzar. Al llegar a la otra orilla se me acerca un muchacho a decirme que lo habían enviado a buscarme. Me alegró saberlo, así se acortaba el viaje, y no tendría que caminar como nos sucedió los otros días con la Madre Belén, que debimos ir hasta la aldea de Itumbo, cinco kilómetros a pie. El chofer demostraba su experiencia de manejar en estos caminos, pasando varias veces por verdaderas lagunas, y con mucho barro. Pero en un momento comenzó a fallar la moto… nos quedamos sin combustible. Así que la caminata no la pudimos evitar. Debimos caminar hasta Itobora, que gracias a Dios estaba muy cerca, creo que sólo un kilómetro. Allí cargó combustible que se vende botellas, y que para esos días estaban escaseando debido a que los vehículos no cruzaban el río.

Fue muy gracioso para mí llegar al pueblo caminando, ya que siempre llegamos en vehículo, y además la moto se me había adelantado mientras yo caminaba más tranquilo. Algunos niños vinieron corriendo a saludar, “¡padre, padre!” Y causaba admiración en esos lugares donde casi somos desconocidos. Me encontré con varios católicos que se alegraron de verme llegar así, “misionando”. Me desearon buen viaje a Salawe, sabiendo que iba a ver a una enferma de gravedad.
Seguimos la marcha en moto, y debíamos pasar por Mazirayo, otra de las aldeas más lejanas, y donde estamos construyendo una casa para hacer un centro misional. Es un lugar donde los cristianos son muy pocos, y abundan los paganos. Llegamos muy pocas veces al año allí, y menos en este tiempo de lluvias. No se esperaban verme, estando el camino cortado. Me alegró mucho que los niños que veían pasar la moto, saludaban con gran alegría. En un momento veo una señora que iba caminando junto al camino, y cuando pasamos al lado de ella, llevaba el rosario en sus manos, ¡e iba rezando! Brotó un espontáneo y alegre “¡Alabado sea Jesucristo!” Respondido igualmente por esta señora. Unos doscientos metros más adelante, pasamos por la puerta de la pequeña capilla y estaba un buen número de fieles reunidos. Me sorprendió, y se sorprendieron al verme pasar, y de esta manera. Otro espontáneo y alegre “¡Alabado sea Jesucristo!”, respondido por todos en coro. Claro, era viernes, y se reunían a rezar los fieles del Sagrado Corazón de Jesús. Me llenó de satisfacción ver esto. Pero no me detuve, porque había que llegar a Salawe, faltaba una buena parte, y como siempre, es bueno tener tiempo para regresar temprano, por las dudas, por si suceden contratiempos como el de los otros días.
Llegamos a Salawe y fuimos derecho a la casa de la enferma. Allí esperaban el catequista y los líderes de la capilla. Me encontré con Naomi, una mujer de unos cuarenta y algo, enferma del hígado que la habían desahuciado en uno de los hospitales más grandes de Tanzania. Le dicen que debe viajar a la India para poder tener una operación, me imagino que sería un trasplante. Imposible pensar en eso para esta gente, así que simplemente les queda regresar a su casa, a un lugar tan apartado, y tan escaso de todo tipo de atención médica. Realmente a uno se le parte el alma y se le hace un nudo en la garganta al verlos. Se piensa, cuando uno llega y los ve en ése estado, que todo lo que haya que viajar para poder atenderlos, no es absolutamente ningún sacrificio.
Pude cerciorarme de que había tenido un catecumenado, porque a pesar de su mal estado, respondía a las preguntas, y sobre todo reconocía que en la Eucaristía estaba Jesús. Completé el bautismo que ella había recibido el día anterior, luego le di la confirmación, la comunión, y la unción de los enfermos. También recibió la indulgencia plenaria en caso de muerte. Una medalla de San José, patrono de la buena muerte, y ya estaba todo completo. Nos quedamos charlando un momento, pero la enferma estaba muy mal, y entonces salimos todos para dejarla descansar. Comimos en la habitación de al lado, desde donde la veíamos en su cama. Luego de una simple comida de arroz y porotos comencé los preparativos de regreso. Pasé a saludarla, y me pidieron que de alguna manera los ayude para que pueda ir a un hospital… “Sufro mucho”, me dijo, tomándome de la mano con mucha debilidad. Les prometí una ayuda de la parroquia para que puedan hacer el viaje, que concretamos el día de ayer. Ojalá que ya estén en eso.
Comencé el regreso haciendo nuevamente los 15 kilómetros de motocicleta, por un camino que es un sendero, pasando por Mazirayo (seguían rezando dentro de la iglesia), luego en Itobora pasamos a ver la Iglesia que ya estaba techada. No sé si algunos recordarán, pero es la iglesia que vimos con el P. Carlos Ferrero cuando estuvo de visita, y que se les había caído una de las paredes a causa de las lluvias. Gracias a la colaboración de algunas personas que leyeron aquella crónica pudimos ayudarles a que levanten lo que se había caído y pongan el techo.


Llegamos al río, y esta vez pude cruzar sin ayuda, como quien conoce. Y muchos que esa mañana me veían y se sonreían al ver al “blanco” en esas condiciones de viaje, esta vez me saludaban y me preguntaban por la enferma. Se mostraban admirados y algo agradecidos de que vaya a verla, aunque muchos de ellos ni siquiera son cristianos, pero entienden que el misionero va para “rezar”, “pedir por ella”, y darle la ayuda espiritual. Creo que eso es un buen ejemplo y apostolado con ellos.
Gracias a Dios, el viaje de regreso en vehículo no tuvo contratiempos, sino más bien la dificultad de que había llovido esa misma tarde en algunos lugares, y me encontré con mucho barro y grandes lagunas. Pero sin mayores problemas, llegué a casa, temprano. Dando gracias a Dios por poder hacer este servicio, de poder hacer algo propiamente misionero y sacerdotal. Y pidiendo mucho por Naomi, que pueda aliviar sus sufrimientos. Me dio mucho consuelo pedirle que rece por los misioneros, y saber que lo hace, porque está tan cerca de Cristo en la Cruz, como decía la Madre Teresa.
Dios nos siga concediendo la gracia de cumplir con nuestro deber misionero, y con alegría siempre.
¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE