La cadena de oro

En Uncategorized

Ushetu, Tanzania, 6 de febrero de 2019

Anoche tuvimos una tormenta muy grande, y me imaginaba que los caminos hacia Mkondogwa estarían muy arruinados. Creo que tomamos una buena decisión con el P. Víctor, de llevarme la camioneta más grande. Si bien el camino en algunas partes estaba bien, en otras se forman grandes charcos, que estaban bastante profundos.

Me dirigía hacia esta aldea para realizar los bautismos de los catecúmenos que se estuvieron preparando durante el año pasado. Yo iba entusiasmado, porque hacía mucho que no iba a ese lugar, y no creo equivocarme si digo que fue hace unos cuatro años por lo menos. No es que durante todo ese tiempo no hayan tenido misas, porque han ido los otros sacerdotes que están en la misión. Si no que no me había tocado a mí volver allí. Recuerdo a la perfección cuando estuve, que fue para un casamiento en que la novia salió durante la misa, después del sermón, para ponerse el vestido; como también el episodio de que teníamos un solo anillo, así que se lo “prestaron” uno al otro entre los novios.

En el intermedio de mi ida a esa aldea, sucedió que el catequista anterior dejó de ser catequista, al realizar un casamiento pagano en su casa, y casar así a una de sus hijas. A partir de allí mucha gente se desanimó, y muchos dejaron de rezar por el mal ejemplo dado por quien guiaba la capilla. También fue difícil encontrar otro catequista rápidamente, y así fue difícil seguir con el catecismo de los niños, las listas se perdieron, los nombres, en fin… una pérdida por donde se lo mire.

Sin embargo, como Dios escribe derecho en renglones torcidos, y de los males sabe sacar mayores bienes, se obtuvo finalmente una solución, y hoy pude ver los gratísimos resultados, los bienes que Dios produjo desde aquella pérdida. El catequista de la aldea más cercana, Makunga, se ofreció para ir a esta aldea también. Muy sacrificado, Joseph Mashaka, ya que dirige la liturgia de la palabra en su aldea, temprano, y de allí en bicicleta va hasta Mkondogwa, para comenzar cerca de las once de la mañana, con mucho calor. Y hace un par de semanas aceptó dirigir una tercer aldea, la de Bughela, que no termina nunca de “arrancar”, luego de que falleciera el catequista Stanislaws. A esta aldea Joseph llega los domingos a las dos de la tarde, para comenzar con su tercera liturgia de la palabra. Hay que rezar por él, para que siga con esas ganas y ese espíritu apostólico.

Pero dejo de lado el relato sobre la historia de esta aldea, para contarles lo que Dios tenía preparado en este viaje. Cuando salgo esta mañana, algunas cosas terminan retrasando la partida: o que los obreros me piden una llave, o el catequista necesita otra cosa, o un llamado, etc. Les explico que tengo que salir, que voy lejos, y ya no me puedo demorar más. Voy rezando el rosario en la camioneta, para aprovechar el tiempo del viaje, y el silencio. El aire fresco luego de la lluvia de anoche, el cielo gratamente nublado, y el paisaje muy verde, lleno de vida de este tiempo de lluvias, invitan a disfrutar del viaje.

Cuando voy pasando por la aldea de Shiki, justo cruza el camino un catequista que había dejado de serlo hace unos cuatro meses. Se había enojado por algunas circunstancias, no quería corregirse en algunas cosas del apostolado, etc. etc. Cosas comunes, si consideramos que todos tenemos defectos, y en algo fallamos siempre. Pero él se había apartado, y ni siquiera venía a la oficina para charlar, y arreglar el asunto. Pero hoy Dios dispuso otro camino. Cuando lo vi, paré el auto y lo saludé. Fue muy gentil, se alegró, y esto me dio oportunidad de conversar un poco con él. Inmediatamente me preguntó si podía venir conmigo a esa aldea, y a mí me pareció muy bueno por varios motivos: poder charlar, no ir sólo, que alguien dirija el rosario en el viaje, que él vea cómo es la vida en otras capillas; todos pro y ningún contra. Tuvimos un viaje muy ameno, entre el rosario y las conversaciones.

Al llegar a Makunga, nos encontramos con el catequista Joseph que estaba esperando para guiarme a Mkondogwa, ya que como hacía tanto tiempo que no iba, no recordaba el camino. Fuimos casi los primeros en llegar. No había mas que dos señoras  limpiando y adornando la iglesia. Pero era comprensible, ya que cada domingo el catequista se demora un poco. Fue llegando la gente, los niños y las niñas del bautismo estaban muy bien preparados. Me alegró ver a tres de las niñas que venían corriendo a la iglesia con sus vestidos blancos.

Luego de la misa y los bautismos, como ya es tradición, tuvimos el almuerzo todos juntos, como una sola familia, fuera de la capilla. Yo había llevado un pequeño parlante con baterías, que nos viene muy bien para poner el clima de fiesta, con música muy alegre. Ellos inmediatamente se ponen a bailar, y ayuda a crear un clima más festivo, donde dejan la seriedad, y dan lugar a grandes sonrisas, bromas, y amistad. En aldeas pequeñas, y bien del campo, esto es muy importante, ya que son muy tímidos, y quedan todos callados sin saber qué decir ni hacer.

Luego de los regalos y las fotos, comencé el regreso. Me alegré mucho de ver los progresos de esa aldea luego de cuatro años. Me alegré mucho por el catequista Joseph, que lleva tan bien sus aldeas, con tanto fervor y tanta gente. Me alegré mucho por los bautizados, tan bien preparados, y tan alegres que quedaron. Me alegré por ver a las personas que casé hace cuatro años, en la iglesia, y participando activamente en la vida de la aldea. Me alegré por el catequista a quien me encontré en el camino, que quiere venir mañana a hablar en la oficina, pedir disculpas y continuar con su trabajo.

Me alegro inmensísimamente por la Providencia Divina, que guía todo con número, peso y medida. Que sabe sacar mayores bienes de los males. Que del pantano de nuestras miserias hace florecer los lirios de las buenas obras, por su gracia.

He leído con mucho provecho estas reflexiones del P. Nieto, nuestro Superior General, con motivo de la acción de gracias de fin de año, y lo he recordado especialmente en estos días, y en el día de hoy en particular: “Llamamos a Dios Padre todos los días al rezar el Padrenuestro ¿y no creemos que Él quiere lo mejor para sus hijos? Cuidémonos de pensar siempre que podríamos hacer más bien por las almas si no estuviésemos enfermos, si tuviésemos otra posición, si tuviésemos las oportunidades, si tuviésemos los dones que tiene el otro, o si no nos sucediese lo que nos sucede o si no hablasen mal de nosotros… Lo que importa en la vida no es dónde estamos, si no si estamos haciendo la voluntad de Dios. El santo abandono del que hablan los santos y los místicos.”

“(…) mirando hacia atrás todo lo sucedido en nuestras vidas, en la vida del Instituto, en la Iglesia, vemos cómo, si procuramos tener una visión real de las cosas, todos los eventos de la historia y particularmente los que suceden en nuestras vidas, se entrelazan uno al otro como formando una cadena de oro que siempre nos lleva de una manera indefectible hacia Dios, de quien procede todo bien (Cf. Stgo 1,17).”

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE