Has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes

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Ushetu, Tanzania, 13 de noviembre de 2018.

Predicar sencilla y llanamente el Evangelio, necesita una buena tierra donde caer la semilla. Lamentablemente en muchos lugares nuestros misioneros se encuentran con que esos corazones son duros, como las piedras. A veces hay un poquito de tierra entre las piedras, y brota, pero no puede durar. Tal vez estos son pensamientos que me daban vuelta en la cabeza después de regresar del viaje que hice para realizar mis Ejercicios Espirituales de Mes. Parecería que aquí en Tanzania encontramos un gran campo donde sembrar, a diestra y siniestra, al voleo, la semilla del Evangelio. Sobre todo porque encontramos corazones sencillos, y esas palabras de Cristo, que ya he recordado en muchas ocasiones en otras crónicas, se nos hacen presentes cotidianamente: “”Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.” (Lc 10,21) “Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él.” (Mc 10,15) Para la fe, hace falta la humildad. Pero finalmente, la fe da la sabiduría de Dios, hace a los humildes los verdaderos sabios e inteligentes, con la sabiduría divina.

Tal vez una introducción muy larga para lo que quiero contarles, pero de verdad que estos pensamientos bullen en mí cuando veo esas iglesias llenas de gente, llenas de niños, y llenas de alegría y fervor. Una alegría y sabiduría que no pueden ni imaginar “los sabios y prudentes de este mundo”. Me ha dolido en días anteriores encontrarme con personas con el corazón como un glaciar, pagados de sí mismos, y con indiferencia y hasta desprecio de los humildes.

Hace algunos días, un cantor entonó la antífona antes del evangelio, ése tan bello “Te bendigo Padre… porque has revelado estas cosas a los pequeños”, justamente en la iglesia de Kisuke, repleta de gente. Era la Misa de “Todos los fieles difuntos”, pero también aprovecharon a juntarse las cuatro aldeas que pertenecen a ese centro, para la bendición de las semillas para sembrar. Para mí era la primera vez que celebraba en ésta aldea, una de las que pasaron a pertenecer a la nueva parroquia, y por eso no había estado allí antes. Simplemente pasábamos por allí cada dos por tres, porque queda junto al camino que nos lleva a la ciudad. Pero ahora era distinto. Ya no era saludar a un extraño, sino que para ellos los misioneros de Ushetu ya somos “sus padres”.

En la iglesia había un gran grupo de niños de la escuela primaria estatal, que les habían dado permiso para ir a Misa. Esto es algo muy común por estos lados. Creo que los niños eran más de ciento cincuenta. Estaba el coro, los catequistas de las cuatro aldeas del centro de Kisuke, y muchos fieles más, que llenaban la iglesia, que es bastante grande. Creo que una de las cosas que me favorecía era el estar allí por primera vez, y entonces veía que nadie me sacaba los ojos de encima, a ver qué hacía, cómo hablaba, etc. Confesé bastante durante el rosario y las oraciones de la mañana. Acto seguido, comenzamos la Misa, sin terminar de leer la gran lista de difuntos que habían traído, y que colocamos en el altar para rezar por ellos.

En la homilía les hablé de la realidad del Purgatorio, mostrándoles el Catecismo de la Iglesia Católica, “un libro así de grande y gordo”, con tantas enseñanzas, y que muy pocos de nosotros ha leído completo. Todos asentían, y escuchaban muy atentos. Tienen que ver lo bien que se comportan los niños… pensar que esa multitud de ciento cincuenta niños, o más, estaban calladísimos, con los ojos bien abiertos, observando todos mis movimientos, y respondiendo a todas las preguntas que les hacía. Yo creo que es un “lujo” para un misionero. En la iglesia habían más de trescientas personas, y todos escuchaban y respondían, y se daba esa “interacción” espiritual con el público, de manera increíble. Al sentarme, resonaba en mi corazón la alabanza de Cristo: “te bendigo Padre… porque has revelado estas cosas a los pequeños”.

Al finalizar la Misa hicimos la bendición de las semillas, y luego algunas palabras de saludos y presentaciones, que se requerían, en el caso de mi primera visita al lugar. Podía ver sus sonrisas, tal vez por mi modo de hablar, que les resulta extraño. Pero había tan buen espíritu, que hasta la entrada de un perro que buscaba a su dueño me permitió hacer una broma que arrancó una carcajada del público presente. De la iglesia fuimos a bendecir el cementerio que está en el terreno de la capilla. Y luego el almuerzo debajo de los árboles.

Pero no todo termina allí, aunque yo ya estaba cansado con mi segunda Misa del día, y eran cerca de las tres de la tarde. Comenzamos a visitar algunos enfermos, algunos que con frecuencia les llevan la comunión, y otros que se presentaron al caso. Fueron seis en total. A los primeros fuimos caminando, y después comenzamos la gira en auto. Íbamos con los catequistas, que me ayudaban, y tenían muy bien preparadas a las personas. Como siempre, este oficio que es sacrificado, es muy gratificante espiritualmente. Sobre todo al ver el sufrimiento, la pobreza, pero en medio de una gran fe, y de corazones tan agradecidos y en paz. El ejemplo de estos enfermos, a los misioneros nos alienta a llevar nuestras cruces, que en comparación con lo que ellos sufren, no son nada. Y nos alienta a llevarlas como ellos, con gran fe, y con paz, con mucha confianza en la Providencia, y sobre todo, en el premio futuro.

Me impresionó mucho una señora, María, con todas las piernas hinchadas. El esposo, parado junto a su silla, se afirmaba porque es ciego. Ambos rezaron con gran devoción. Al final la señora me dice: “Padre, tengo un problema, porque cuando empiezo a rezar: Padre nuestro, que estás en los cielos,… ¡me olvido lo que sigue!” Yo por dentro pensaba, que esta mujer debe rezar mejor que todos nosotros juntos, con el gran deseo que tiene de hacerlo, y por estar tan unida a Cristo en la cruz. Mientras le explicaba, se le dibujaba una sonrisa, al decirle que “si se olvida, debe hablar con sus palabras. Hablarle a Dios como a un padre, como a un amigo, con el corazón. Dios ve el corazón, y nos entiende. Hablarle como nosotros estamos hablando ahora”. Mil gracias brotaban de sus labios, por una cosa tan simple y sencilla, y a la vez tan profunda.

Seguimos el recorrido en auto para ver a los otros enfermos, llevarles la comunión y dar algunas unciones. En el auto comentamos con los catequistas: “Nosotros, ¿de qué nos quejamos? Realmente de nada, esta gente sí sufre de verdad”. Terminamos la vuelta casi a las seis de la tarde, y comencé el viaje de regreso a la misión. Fue mi primer visita a Kisuke… “Te bendigo Padre… porque has revelado estas cosas a los pequeños”, y a mí me concedes la gracia de ser testigo de todo esto.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.