Muy gustosamente me gastaré y me desgastaré

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Ushetu, Tanzania, 14 de diciembre de 2016.

Hablar del cansancio misionero resulta un poco difícil. Resulta difícil porque puede quedar como una queja por un lado, o como una ostentación por otro, pero es necesario hablar del cansancio misionero. Y asumo el desafío con el fin de mostrarlo con su aspecto más positivo. Espero que los que lean esto me entiendan bien. Creo que es bueno que les escriba sobre este asunto porque es una realidad que acompaña al trabajo apostólico. Lo digo apoyado en el evangelio, y eso me anima también a escribir estas líneas.

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Dice el evangelio que una vez estando en la barca el grupo apostólico con Jesús, se desató una tormenta grande, que me imagino que sería bien grande dado que los pescadores experimentados del mar de Galilea estaban muy asustados, y las olas se subían a la barca, “pero él dormía” (Mat 8,24). Más grande que las olas era el sueño de Cristo. En otra ocasión, luego de un largo recorrido apostólico, llegan Cristo y los apóstoles junto al pozo de Jacob, y “Jesús, fatigado del viaje”, se había sentado en el pozo. (Jn 4,6). Ellos vieron al Maestro cansado, fatigado. Y otras veces Cristo los vio fatigados a ellos, y los invitó: “Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer.” (Mc 6,36).

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Si Cristo, el Verbo Encarnado, se cansó… quedó fatigado, no está para nada mal sentir cansancio y fatiga. Además que por algo quiso que quedara escrito en los evangelios. Para nosotros, los cristianos todos, pero para los misioneros especialmente. Para los que deseen seguir al Verbo Encarnado de cerca, que nos animemos, y que no tengamos temor de decir “me siento cansado”, ni de cansarnos. Es mas, hay una gran alegría de poder agotar las fuerzas en el servicio de Cristo. Así lo dice San Pablo: “muy gustosamente me gastaré y me desgastaré por vuestras almas.” (II Co 12,15) Así que lo hace “muy gustosamente”, de mil amores, placenteramente, agradablemente. No como una obligación, no como un peso, sino con gusto.

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Me animo a decir que es un honor poder acabar la jornada cansado, por haber servido en el trabajo apostólico. El cansancio santifica al misionero. Es un motivo de alegría, si luego de haber recorrido muchos kilómetros por caminos malos, con calor y polvo, si luego de haber estado confesando por horas, se siente que se llega al límite de las fuerzas. Es un motivo de gozo si luego de celebrar la Misa con mucho calor, tanto que el vino de la Misa está caliente como un té, si se han podido bautizar cuarenta y cinco catecúmenos o más, o se han dado noventa primeras comuniones, y se llega a la casa y la gente sigue llamando en busca del misionero… al llegar la noche los ojos se cierran solos, y al reposar en la cama, se puede exclamar “estoy cansado, y muy contento”.

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Recuerdo que el día de mi ordenación diaconal, mi hermana, que es religiosa, me deseó esto luego de pedirme la bendición: “Que te gastes y desgastes”. En el momento, en medio de la algarabía de la ordenación y rodeado de conocidos que saludan, no capté la profundidad de esas palabras. Ahora, ya han pasado dieciocho años, y estando en África en una parroquia inmensa, que te reclama y pide hayan más de cinco sacerdotes… esas palabras de San Pablo cobran mucho sentido, y por eso las recuerdo.

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Releo con fruición un sermón del P. Buela: “Gastarse, en el Apóstol, es la disposición de querer consumirse por el bien de los demás; y desgastarse es el querer perseverar en el consumirse poco a poco por los demás hasta el fin. Es gastar su tiempo, sus bienes, sus fuerzas, en una palabra, su vida. (…) Y debe llegar a la noche rendido de su trabajo sacerdotal de todo el día, agotado por los empeños pastorales y ansioso por el necesario descanso reparador. (…) Estoy convencido, que la felicidad sacerdotal -y la felicidad del seminarista- está en ese «gastarse y desgastarse». Esa es la mística del trabajo sacerdotal. Y, ¿cuál es la medida del «gastarse y desgastarse»? Estimo que es la regla que señala San Ignacio para la penitencia: «cuanto más y más, mayor y mejor, sólo que no se corrompa el subiecto, ni se siga enfermedad notable».”

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Los otros días, luego de una visita a algunas aldeas, como de costumbre, pero con mucho trabajo, me senté a descansar y se me vino a la mente el recuerdo del tiempo del seminario. Los días en que habían Jornadas de Jóvenes, de las Familias, campamentos de jóvenes y niños… viajes, etc., eran los días de mayor alegría. Los sacerdotes, seminaristas y hermanas terminaban rendidos. Pero siempre quedaba el resto para festejar y decir: ¡qué bueno que estuvo!

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Al terminar una semana o diez días de Misión Popular, por ejemplo, en algún caluroso diciembre de Santiago del Estero o donde sea, caminando, y jugando con los chicos con la sotana totalmente traspirada… Con muchas incomodidades, durmiendo en el piso, con mosquitos, y sin el suficiente descanso… han dejado recuerdos felices e imborrables en nuestras almas. Recuerdo especialmente las misiones con los chicos del bachillerato humanista, en lugares donde no teníamos ni luz ni agua, ni señal de celular… ¡Qué buenas misiones que fueron esas!

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Cuando era seminarista pensaba que la vida del misionero era como una misión popular continuada… y veo que no me he equivocado. Al menos aquí en Tanzania es como vivir de misión popular. Pensaba que uno de los mayores gozos del misionero sería poder llegar a la noche tan cansado, como nosotros llegábamos al final del día de la misión.

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Y no puedo dejar de agradecer al bendito seminario, la querida “Finca”, de San Rafael… que nos enseñó a lavar platos y estar de servicio, nos enseñó a cocinar y comer lo que sea, nos enseñó a lavar baños y arreglar nuestras propias cosas… nos enseñó a pasar frío y calor, en medio de una inmensa alegría.

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Bendita sea “la Finca”, y el Seminario Menor, que nos enseñaron a “gastarnos y desgastarnos”, y ya desde chicos prepararnos a ser misioneros. Y hacerlo todo “muy gustosamente”, de mil amores, placenteramente, agradablemente.

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Como dice nuestro fundador: “María nos enseñe siempre a gastarnos y a desgastarnos por la salvación de los hermanos y hermanas, y que lleguemos a entender que, pastoralmente, no hay nada más eficaz que la muerte total al propio yo.”

Gracias por poder compartir el cansancio con Cristo Misionero.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.