Finalmente… conocí mi parroquia

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Ushetu, Tanzania, 23 de abril de 2018

Creo que todos nos disputaríamos el honor de contar lo que pudimos vivir el sábado pasado. Fuimos para poder celebrar por primera vez la Misa en la aldea de Ndairunde. Yo tenía un gran deseo de llegar allí, entre muchas razones, la más fuerte era que se trataba de la única aldea que me faltaba conocer de nuestra misión. Es decir, que de las 53 ya había podido visitar al menos una vez 52 de ellas, y faltaba ésta. Y la verdad que se hizo rogar, y costó llegar. Se ve que Dios quería que se diera con sacrificio, para que más lo valoremos.

Durante las últimas semanas ha llovido mucho, causando el corte de muchos caminos, y zonas que quedan casi aisladas de la atención pastoral, por la crecida de algunos ríos que en la época de sequía se reducen a nada absolutamente. Pero ahora parece que desarrollan toda su fuerza acumulada. La aldea de Ndairunde está en la zona sur de la parroquia, que como les he dicho muchas veces, es una de las zonas más alejadas y más pobres de la parroquia. Y ésta aldea en particular, es la más alejada de esa parte. Pensado en llegar allí, pero dando un gran rodeo de 60 km, porque el camino más corto está cortado por el río, fue que programamos la Misa, y los bautismos de los catecúmenos, niños de entre 10 y 14 años que se habían preparado durante el año pasado y que todavía no podían recibir el sacramento. Daríamos la vuelta como lo hicimos varias veces, para el retiro de cuaresma en Nyasa, para el Domingo de Ramos en Itumbo, para la Pascua otra vez en Nyasa. Nada del otro mundo, sólo un viaje más largo.

Como esta semana está de visita la Madre Belén, Superiora Provincial de las hermanas que están en la misión, la invité para que venga. Me parecía muy bueno que ella participe de este viaje al extremo de nuestra misión. Partimos el sábado a las 8:00 am en la camioneta de las hermanas, junto con dos monaguillos y una de las postulantes, Salome. Damos gracias a Dios que a último momento se sumaron estos monaguillos, y ya verán porqué.

Cuando llegamos al pueblo de Nsunga, antes de cruzar el río por un puente más grande, y así entrar en la parroquia de Kashishi, de la diócesis vecina, y de esta manera poder ingresar nuevamente más hacia el sur, nos encontramos con que el camino estaba cortado. Los colectivos que habían llegado a la noche, durmieron allí. A la mañana un minibus intentó cruzar, y se hundió en el agua. Gracias a Dios no le pasó nada a nadie. Había casi un metro de agua por sobre el puente. Imposible pasar. Allí los católicos que nos vieron llegar se acercaron, nos ayudaron a obtener toda la información y nos aconsejaron volvernos. Le llamamos al catequista de Ndairunde para decirles que no íbamos a poder ir, y por respuesta tuvimos un silencio… pero no de queja, sino que siempre muy dócil, me dio a entender que estaban todos esperando, que se habían preparado, y que se regresarían con gran tristeza. Entonces le dije que íbamos a intentar llegar de todas formas. Dimos vuelta el vehículo y regresamos. Mi idea era poder ir por la parte donde se puede cruzar con balsas, dejar la camioneta y seguir en moto hasta Ndairunde. Pero ahora a la Madre Belén le dejé en su elección si quería venir de todas maneras, o que me deje en la orilla del río y se regresen a la casa. Sin dudar me dijo que estaba dispuesta a hacer el viaje. Así que nos largamos a la aventura, que fue realmente tal.

Entramos por el camino que nos llevaba hasta el río, y estaba muy malo y arruinado. En alguna parte dudábamos de pasar, porque habían algunos campos de arroz inundados, con mucho barro. Pasamos gracias a Dios. Luego de la aldea de Makuba, antes de un gran campo de arroz que estaba con muchísima agua, dejamos el vehículo, tomamos la valija de Misa, algunos efectos personales, y los regalos para los niños de Ndairunde. No podemos llegar a los bautismos, llegar por primera vez a una aldea, y no tener nada que regalarles. Cargamos entonces también los rosarios, estampas, medallas, caramelos y chupetines. Y comenzamos a caminar. ¿Ven entonces porqué les decía que menos mal que vinieron estos dos monaguillos?, puesto que ellos cargaron la valija de Misa todo el trayecto.

Comenzamos por sacarnos los zapatos por primera vez, de una serie indefinida durante el día. Caminamos por el campo de arroz, y cincuenta metros más adelante comenzamos a entrar por las orillas desbordadas del río. Por momentos el agua nos llegaba a la rodilla, pero si uno se descuidaba se podía hundir hasta la cintura, como de le sucedió Andrew, que cargaba la valija sobre su cabeza. Llegamos hasta el lugar donde espera una balsa muy artesanal, hecha con una corteza entera de árbol. Luego de arreglar el precio del viaje, por la ida y el regreso, nos subimos todos, y en total éramos ocho personas en la balsa. Realmente admirable. El río tenía mucha corriente por partes, y los balseros demostraron su destreza para que la corriente no nos meta en medio de la maleza, con riesgo de quedarnos allí, o de que se dé vuelta el bote.

Cuando llegamos a la otra orilla, no había nadie esperándonos, como yo pensaba. Sin embargo la Providencia nos hizo encontrar con un catequista que iba viajando en sentido contrario. Canceló su programa y nos acompañó en hasta el final. Él tenía bicicleta, así que se regresó hasta su aldea, Itumbo a buscar motos para que sigamos el viaje. Mientras tanto, nosotros caminamos hasta llegar a Itumbo, unos cinco kilómetros.

Por todos lados la gente se admiraba viéndonos caminar por lugares tan remotos. Al llegar a Itumbo debimos esperar en la capilla un breve tiempo y llegaron las motos. Nos subimos todos en tres de ellas, y comenzamos la carrera hasta Ndairunde.

Debimos bajarnos alguna vez para que las motos pasen un arroyo pequeño, y nosotros pasamos caminando. Llegamos a Bulela, y de allí seguimos hasta Ndairunde. Cuando los fieles nos vieron llegar, salieron cantando a recibirnos. Habían realmente preparado todo para una fiesta, con los toldos para la Misa, la comida, y hasta habían venido algunos fieles de la aldea vecina de Bulela.

Eran ya las 12:30 pm, habíamos comenzado el viaje hacía mas de cuatro horas. Ellos ya habían comenzado a comer, porque estaban esperando desde muy temprano. Entonces nosotros aceptamos el té (¡a ésa hora del mediodía!), y luego me puse a confesar, pero lamentablemente sólo un breve tiempo, mientras rezaban el rosario. La razón era que no debíamos atrasarnos en llegar al río. Muy arriesgado si se hacía de noche. Y de paso que mirábamos el cielo que se iba cargando de nubes y amenazaba otra vez a un aguacero.

Antes de comenzar la Misa le pregunté al catequista si alguien había venido alguna vez a ese lugar a celebrar la Misa. Me contestó que no, que sería la primera vez que se celebraba la Misa allí. Enterarme de esto me dio gran alegría, y a la vez me llenó de admiración y agradecimiento con Dios. ¡La primera vez que Cristo en la Eucaristía se hacía presente en ése lugar! ¡La primera vez que se celebraba el Santo Sacrificio allí! Verdaderamente que sería una gran bendición. Me imaginaba la alegría de Cristo mismo de poder llegar allí. Pensaba en que a su vez sería esa Misa un aunténtico exorcismo del lugar. Una felicidad inmensa fue poder celebrar en un lugar tan extremo, haber llegado después de tantas peripecias, y tener delante de mí a un grupo de siete catecúmenos y dos bebés para ser bautizados. “Y les dijo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. (Mc 16,15), “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). Los niños sentados junto al altar miraban cada movimiento que hacía sin perderse nada.

Al final de la Misa les dimos los regalos a los nuevos cristianos, y también a todos los niños… y grandes. Estaban felices. Aproveché a darles la grata noticia de que dos amigos, un matrimonio de Italia, querían ayudar a construir una capilla, y yo pensaba que podía ser Ndairunde.

Más expresiones de alegría. Ellos están haciendo una iglesia de ladrillos crudos, de barro simplemente. Y ni siquiera habían logrado terminar de techarla, así que en este tiempo de lluvias se les habían caído algunas de las paredes que otras vez las levantaban. Ahora se construirá alguna capilla, pequeña y humilde, pero que pueda durar más tiempo. No pudimos quedarnos a disfrutar más tiempo con ellos. Ya había caído alguna lluvia al final de la Misa.

Comimos rápido, y comenzar el recorrido de regreso. Esta vez nos llevaron hasta la orilla del río con las motos. Gracias a que todavía era un buen horario, el bote estaba allí esperándonos. Cruzamos sin dificultades, y disfrutando del paisaje y el paseo.

Después seguimos caminando hasta salir del agua, y cruzar el campo de arroz. Allí estaba nuestra camioneta y nos dijimos… ¡listo, llegamos, ya está!

El viaje hasta la casa sería cosa de nada. Pero nos esperaba tal vez la parte más dura. Nunca pensamos que tendríamos dificultades, por donde habíamos pasado a la mañana sin ni siquiera imaginarlo. Pero cuando quisimos ver, la camioneta cae en un pozo de barro blando, y se inclina casi hasta darse vuelta. Comienza también la lluvia.

Como veíamos la posición de la camioneta tan inclinada, pensamos que mejor era no intentar más, y llamamos al P. Orazio para que venga con el auto y los novicios que entraran en el auto, para ayudarnos. En media hora estaban allí, y en un abrir y cerrar de ojos, la camioneta salió. Al intentar ir más adelante, otra vez se entierra en ese barro chirle. Ya caía la noche.

No fue tan fácil sacarla esta segunda vez. La soga se cortó varias veces, y hubo que salir a buscar alguna cadena. Encontraron en una casa lo que usan para las carretas de bueyes. Allí siguieron otros intentos. Y salía la camioneta, pero otra vez se enterraba. El suelo estaba cada vez más blando y el vehículo grande, de doble tracción se enterraba por el peso. En resumen, que podemos decir que se enterró unas cinco veces en total, y otras tantas pudimos sacarla, gracias a Dios. Terminamos llegando a la casa muy de noche, muy cansados, llenos de barro, mojados, y felices de haber vivido lo que vivimos.

Me costó conocer Ndairunde. Me costó conocer la parroquia. Después de tres años, puedo decir que llegué a todos los extremos. De todos modos, ¡cuánto trabajo queda en la evangelización! No basta llegar una vez solamente. Esa gente necesita seguir creciendo en la fe, recibiendo los sacramentos, conociendo y profundizando esa fe. Pero ciertamente que ver la alegría de ellos, en un lugar donde no hay absolutamente nada, pero sienten la alegría de la fe católica, también da mucha esperanza. Y ver cuánto lo necesitan, en verdad que nos confirma que cualquier sacrificio vale la pena, con tal de llevarles a Cristo, con tal que Cristo en la Eucaristía se pose en ese altar improvisado de Ndairunde, y reine en los corazones de los que recibieron la comunión… y sea llevado por ellos dentro de sus almas a sus hogares.

Gracias por sus oraciones.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE