Están junto a nosotros

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Ushetu, Tanzania, 28 de agosto de 2019

Aquella tarde fui a celebrar misa a una pequeña aldea que queda a sólo siete kilómetros de casa, que se llama Kipungi. Ya ha pasado casi un mes de aquél día, pero quiero compartir con ustedes unos pensamientos de esa sencilla jornada en la misión. Un día de trabajo misionero como cualquier otro, pero me parece que vale la pena que les cuente un poco.

Ese día, por diversos trabajos y ocupaciones de la misión, no tuve quien me acompañara en el viaje. La misa era por la tarde, y por eso mismo no estaban ni los monaguillos, ni el catequista, y por eso cargué la valija con las cosas de misa de campaña y partí. Como les decía, el viaje no es muy largo, y el camino está en buen estado, si lo comparamos con otros caminos y en tiempos de lluvias. Ésa tarde estaba nublada, y Dios nos regalaba un clima un poco más fresco de lo normal. Antes de llegar a Kipungi se pasa por una zona de reserva forestal, y por lo tanto el paisaje es muy hermoso, con grandes árboles a la vera del camino.

Hacía mucho que no iba a esta aldea, tal vez cerca de tres años, así que cuando llegué al pequeño poblado tuve que detenerme a preguntar cuál era el sendero que entraba hasta la capilla. Estaba muy cerca, pero como la iglesia es tan pequeña, no se ve desde el camino. Cuando ya estuve cerca, y los fieles vieron el vehículo, el catequista Edward y los niños salieron a recibirme con cantos y agitando ramas de árboles en las manos. Recibimiento que siempre nos alegra a los misioneros, expresión del cariño y alegría de la gente, sobre todo de los niños.

Allí les tomé algunas fotos, y luego se las mostraba. Como veía que se divertían tanto de verse en una foto del celular, comencé a hacer selfies, y los niños, ¡mucho más divertidos todavía!… comenzaban a hacer muecas y gestos graciosos, que hacían reír a todos. Como la tarde se nos iba, los invitamos a todos a pasar a la capilla para rezar el rosario mientras yo confesaba a los que desearan.

Tendría que describirles a ustedes el inmenso gozo que da poder tener estas jornadas misioneras en grupos pequeños de fieles. Parece que uno puede expresarles mucho mejor el deseo de hacerles el bien, de predicarles a Cristo, de enseñarles sobre la fe. Allí los sacerdotes estamos sólo para ellos, sólo para ese pequeño grupo de cristianos. Una capilla con paredes de barro, y ahora con techo de chapas. Sentado en el presbiterio, en el pequeño espacio que quedaba entre el altar y la pared, comencé a escuchar confesiones, mientras el resto de la gente rezaba el rosario, alternando los misterios con cantos. Una posición única donde el sacerdote ve a la gente que se arrodilla, la gente que reza, escucha los cantos, que son como un bálsamo para el corazón. La capilla con un poco de oscuridad, debido al día nublado, y eso envuelve el momento en un clima muy especial.

Luego del rosario tuvimos la santa misa, acompañados por un coro de cinco personas, que cantaban muy bien, muy animados, y con instrumentos locales, como un sonajero hecho con tapas de gaseosas, y algún bombo pequeño. Las niñas bailaban delante del altar, unas seis, con sus vestidos amarillos y blancos, los colores del Papa.  La gente escuchó muy atenta la explicación de las parábolas del tesoro y la perla, signos de la fe, que vale más que todos los bienes materiales de este mundo. Me producía un gozo inmenso ver cumplidas las palabras de Cristo en este grupo de personas, que no tiene casi nada, que son muy pobres, pero que valoran su fe como lo más precioso. Todos asentían con sus cabezas cuando les explicaba que ése tesoro había que cuidarlo como lo más valioso.

Pero creo que es esta la idea que me movió a escribirles un relato de un día tan simple. Comencé a recordar que ese mismo día en Italia, en Roma, se reunían los laicos de nuestra Congregación en el llamado IVEmeeting. Me dio cierta nostalgia, y a la vez recordaba que el dos de agosto, sólo dos días después, estarían todos participando de la Misa en la Cátedra de San Pedro en el Vaticano. El ver semejante contraste, entre Kipungi y San Pedro en el Vaticano, no hizo más que emocionarme. La Congregación toda reunida en Roma, pero los misioneros y contemplativos, tanto del IVE y como de las Servidoras (SSVM), estábamos en nuestros puestos. Pero todos palpitando lo mismo, nosotros cercanos a ellos, y ellos sabiendo que están los misioneros en sus puestos. A nosotros nos da mucho ánimo saber que con santo orgullo dicen: “tenemos misioneros en Tanzania, en Papúa, en Rusia, en China, en Irak, etc, etc.” Y que de verdad estamos aquí, dando la vida cada día. Que el IVE está en Papúa, por ejemplo, porque allí hay sacerdotes que están caminando por la selva, celebrando misa en pequeñas aldeas perdidas.

Pensaba también en que se trata de la misma misa. Esto lo sabemos de sobra, y decirlo es repetir algo que se nos ha enseñado tantas veces. Pero otra cosa es experimentarlo. Ese Cristo en la Eucaristía en ése pequeño altar de barro, en esa capillita de Kipungi, rodeado de estas almas que así le cantaban y bailaban… es el mismo que se hace presente en la misa que celebra el Santo Padre en Roma. Y esto que les estoy diciendo no es más que una expresión de la “comunión de los santos”. Un dogma que cuando yo era chico no podía entender de qué se trataba, pero al paso de los años, y mucho más en una misión como ésta, se ha ido manifestando cada vez más claramente. Pienso ahora en todas esas comuniones que tantos religiosos y laicos nos dicen que hacen por nosotros, y especialmente pienso en esa comunión que cada día hace mi mamá allá en San Luis, y mis hermanos. Las comuniones, sacrificios, visitas al Santísimo, rosarios… que hacen tantos familiares y amigos. Aquel día mandé algunas fotos a los familiares y amigos, y les decía que “los había tenido a todos muy presentes, y que nunca voy sólo” a esos lugares.

Después, seguimos divirtiéndonos un rato fuera de la iglesia, al ritmo del tambor que tocaba una señora mientras dirigía los cantos y la gente bailaba en un círculo. Se siguieron algunas selfies más… y más risas. Y nos despedimos.

Gracias a Dios por nuestra hermosa fe… gracias por esta gran verdad de la comunión de los santos.

¡Mil gracias por no dejarnos solos nunca!

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.