En nuestra casa misionera en Nyasa

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Nyasa, Parroquia de Ushetu, Tanzania, 9 de octubre de 2019

Les escribo por primera vez desde otro punto de la parroquia, desde la aldea de Nyasa. ¡Si pudiera con palabras describirles lo que significa estar en este lugar! Haré lo mejor posible, porque también quiero que quede en mi recuerdo para siempre. Hoy salimos desde el noviciado “San Francisco Javier”, en Ushetu, junto con el hermano Michael y un novicio, Wilson, para quedarnos dos noches en la casa que hemos construido en este lugar, en la zona sur de la misión. Nos preparamos con todo lo necesario, especialmente la valija con las cosas de sacristía para estos tres días, cosas de cocina, vajilla, material de apostolado (estampas, rosarios, etc.), y elementos para jugar con los niños.

Salimos cerca del atardecer, así que mientras viajábamos el cielo se fue tiñendo de un rojo intenso, hermoso, un atardecer para contemplar. Disfruté otra vez de un rosario al atardecer, las delicadezas de Dios. Manejando y con un aire bastante fresco, muy agradable. Pasamos por algunos pequeños poblados, ya oscureciendo, techos de paja, y las siluetas de los árboles del monte cortadas en un rojo ardiente de fondo. Cuando ya se hizo de noche, y el rosario continuaba desgranándose dentro de la camioneta, se veían en las montañas, en muchas partes, las fogatas de la gente que quema el pasto seco, preparándose para sembrar.

Luego de llegar a Nyasa, comenzamos a bajar las cosas y poner en condiciones lo que será nuestro hogar por estos tres días. Junto con nuestra llegada, también llegó una brisa muy fresca, y a la media hora, comenzó la lluvia. Actualmente mientras escribo cae una lluvia constante y mansa, y disfruto de la brisa fresca, con el olor a tierra mojada, que entra por mi ventana. Todo esto que les cuento, es algo que estoy disfrutando cien por ciento, y que agradezco a nuestro Buen Dios por concedérmelo. Es verdad que los misioneros tenemos que sacrificar muchas cosas, pero al lado de los regalos que nuestro Buen Patrón nos concede, nos vemos pagados con creces. El sonido de la lluvia en el techo de la casa suena como una música… y sé que muchos se ríen cuando lo digo. Pero después de seis meses de sequía, donde la tierra arde y el polvo entra por todas partes, donde la tierra se pone dura como el cemento y todo se pone amarillo, pueden entender lo que digo.

Sin embargo, me gustaría decir que esa brisa entra hasta lo más hondo de mi alma y la refresca. Porque ¡estoy en Nyasa! Y voy a dormir por primera vez aquí, en la casa de los misioneros. No quiero repetir lo mismo en cada crónica, pero esta zona sur es una de las más pobres y más llenas de paganos. De esta zona les he escrito muchas veces, contando que es la Eucaristía la que vence al paganismo, y que en estos lugares, donde hay tantas supersticiones, curanderos y brujos, y donde casi todos los años se lamenta alguna muerte por brujería… en estos lugares, digo, hace tanta falta la presencia del misionero.

Ya les he contado la historia de esta aldea, que era muy pequeña, con capilla de barro y techo de paja, que ya se caía. Pero que ahora, gracias a tanta ayuda de tanta gente, tenemos una aldea hermosa, con una capilla grande, espaciosa, clara y limpia. Y junto a la iglesia, en un lugar donde sólo había rocas y arbustos, ahora tenemos una casa, nueva, humilde pero bien vistosa. Tiene dos habitaciones (con dos cuchetas cada una), una oficina, un depósito, una cocina y un gran comedor. Esta casa tiene paneles solares y baterías, y si bien faltan algunas cosas, me siento feliz a más no poder de estar aquí. Es un lugar lejano, pequeño y muy pobre… lo que siempre soñamos como misioneros. Y donde hay una gran sed de Dios, de escuchar el Evangelio, y donde la palabra de Cristo transforma la sociedad, y hasta los rostros.

Me alegré de la coincidencia, que la primera noche que pude  dormir en la otra casa para los misioneros, en la zona oeste, a unos cincuenta kilómetros de aquí, en Mazirayo, también llovió, y era más admirable aún en aquella ocasión, porque todavía estábamos en plena sequía. Ahora sigue lloviendo, y los sonidos del monte llegan junto con el rumor del agua. Hoy, y lo cuento aunque sea totalmente secundario, pero hasta nos reímos cuando vimos un mono huyendo al escuchar la camioneta, saltó un árbol de mangos donde estaba “robando” fruta, y se escabulló en la foresta.

Esta zona es muy necesitada, como les decía, sobre todo del trabajo misionero. A veces, uno ve todo lo que hay que hacer, ve tantas cosas que son necesarias, y parece un camino largo que no se puede recorrer nunca por más que se camine. En esos momentos se me viene como pensamiento el pedir a Dios que si podemos ser útiles, nos conceda muchos años de trabajo. Porque si fuera por nosotros, ya estaríamos listos a partir, pues no es otra cosa la que esperamos. Pero si bien es tanto lo que se puede hacer, lo hecho en estos pocos años, no es poco. La iglesia, la casa misionera, la excavación de un pozo de agua (que consiguieron las hermanas Servidoras), ayudar a techar unas aulas de la escuela estatal (tenían clases al rayo del sol, en aulas sin techo)… no es poco (porque tenemos otras 41 aldeas, y muchas más obras en marcha). Y al verlo me alegro. Pienso que ustedes se alegrarán cuando vean las fotos.

Pero lo que se ha hecho en el crecimiento espiritual, y que no se ve… y que en cierta manera, tampoco se puede ver en las fotos, es inmensamente mayor. Recuerdo, por ejemplo, que en el primer campamento de catecismo, entre varones y niñas eran sólo 34. Este año, cuatro años después, fueron 120. Pero vemos que mucha gente se ha casado por iglesia, que se ha comenzado el grupo del Sagrado Corazón, que la gente reza y se confiesa, que crece la devoción a la Virgen, que van gustosos (¡caminando o en bicicleta por 17 kilómetros!) para tener días de retiro, o participar en reuniones de la Tercera Orden de nuestra Congregación. Vemos las iglesias que se han levantado, como Ndairunde, Bulela; y las se siguen levantando… Makondeko, Seleli, Itumbo, etc. Los retiros de cuaresma, los Vía Crucis por las calles del pueblo, las procesiones… No es poco, no podemos ser desagradecidos.

Los voy dejando, porque ya se hizo largo este relato, pero por ser mi primera noche en este lugar, luego de varios años de “soñar” esta casa, quería escribir. Quiero que al releer este escrito, dentro de muchos años, me vuelva a refrescar el alma la brisa fresca que ahora entra por la ventana, y me alegre el sonido del agua en el techo, y me arrulle el sonido del monte. Estos días aprovecharé a visitar las aldeas vecinas, y evitar así el viaje de ida y vuelta a la parroquia. Visitaré la escuela, y sobre todo podré “estar” aquí, la presencia del sacerdote, y junto con el sacerdote, la Eucaristía y la Misa… Disfruto de estar con un hermano y un novicio, que es otro gran regalo de Dios, ¡ya tenemos hermanos y religiosos profesos! Estamos lejos, en medio de “la nada”, pero estamos en comunidad, hemos charlado en la cena, cocinamos la frugal comida mientras charlábamos, y rezaremos estos días las horas litúrgicas en comunidad, y haremos apostolado juntos. ¡Cuánto tiempo lo soñamos a esto!

Mil gracias a Dios por todo. Gracias por esta brisa fresca en el alma.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.