¿El Cielo? Una eterna primera comunión.

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Ushetu, Tanzania, 14 de diciembre de 2018

Recibir a Cristo en la Eucaristía por primera vez, la Primera Comunión, es un momento importantísimo en la vida del cristiano. Así debería ser siempre. Pero en nuestra misión, hace algunos años atrás, no se celebraba este acontecimiento como merecía. Tal vez porque no estaba la tradición, tal vez porque todo lleva su tiempo de trabajo y maduración. Lo cierto es que por gracia de Dios comenzamos hace un tiempo a hacer celebraciones de Primeras Comuniones, y desde entonces cada vez son mejores, más bellas y mejor preparadas.

Ya les he contado, pero para los nuevos lectores repito, que hace algunos años, cuando el sacerdote llegaba a alguna aldea, se encontraba con que el catequista te avisaba: “Estos niños tienen que recibir la primera comunión”. Y había que hacerles un breve examen antes de la Misa, confesarlos, y así se acercaban al altar a recibir a Cristo por vez primera: con ropa muy gastada, la de siempre, y los niños que comulgaban por vez primera se sentaban en el piso, entre los otros chicos. Después de la Misa, se regresaban a sus casas, y la gran mayoría no tenía ningún festejo ni nada especial. A veces porque su familia era pagana, otras veces su familia era cristiana, pero no existía esa tradición. En fin que el día pasaba como uno más. Aunque no ciertamente dentro de sus corazones.

Por eso, al mirar atrás, y ver aquellos tiempos, desde las Primeras Comuniones que hemos celebrado en este año, da mucha alegría. Porque ahora son muchos más los niños que se preparan, se preparan muy bien, y los catequistas han entendido la importancia de que sea así. La familia ha comenzado a participar más. Y al celebrarse con mayor solemnidad, hacer una fiesta y llevarles regalos, ellos mismos se contagian del sentido de la fiesta, y van muy bien arreglados. A muchos de ellos les preparan también coronas, guirnaldas, y regalos muy simples.

Nosotros les ayudamos con algo de dinero para que en cada centro, que reúne varias aldeas, se haga una fiesta. Los padres y las hermanas llevamos regalos, rosarios, estampas, medallas, caramelos, y libros de la vida de Cristo en dibujos. Se los ve realmente muy emocionados con sus obsequios.

Ciertamente que no es sólo lo externo lo que los mueve, y esto lo hemos comprobado. Sobre todo porque se los ve muy bien preparados con el catecismo estudiado, con buena asistencia a las clases. Una semana antes de la primera comunión, se hace el examen y luego la confesión. Y ya están listos, esperando el gran día. Es hermoso verlos caminar yendo hacia la iglesia del centro, desde sus aldeas, muchas de ellas a más de 10 o 15 kms de distancia. Van con sus vestidos y camisas blancas… se los ve relucientes. Y la gente les preguntará porqué van así vestidos, de fiesta, y a dónde van.

Pero sobre todo nos impresiona mucho ver los rostros de los niños y niñas, y jóvenes, rezando en la Misa, especialmente en el momento de la acción de gracias, concentrados, y sin prestar atención a nada de lo que pasa a su alrededor.

Este año comenzamos con los dos centros más lejanos, y que se nos complica más en el tiempo de lluvias. Así que en los últimos días de octubre se celebraron 56 primeras comuniones en Mazirayo, y 69 en Nyassa. Destaco simplemente que son los lugares más lejanos y más pobres. Y los hacemos primero porque los caminos hacia estos lugares se arruinan mucho y a veces hasta quedan cortados. Luego hicieron su primera comunión 105 en Kangeme, 32 en Ilomelo, 113 en Nyamilangano, 71 en Uyogo, y cerramos con las celebraciones aquí, en el centro parroquial, Ibelansuha, con 159.

Nunca había estado en una celebración tan grande de primeras comuniones. No sé si han podido hacer la cuenta mentalmente, pero por las dudas aquí les mando el total: 605 primeras comuniones en la parroquia. Claro, ahora son dos parroquias, pero podemos contarlas juntas. Ya el año próximo tendremos muchas más, porque se agregan las ladeas de la nueva.

Pero hablar de más de 600 primeras comuniones para una parroquia, me parece fantástico. Lo que sí, agradezco muchísimo el trabajo de todos los sacerdotes de la misión, sin los cuales hubiera sido imposible confesar a una multitud tan grande, y celebrar todas las Misas. Y agradezco a las hermanas Servidoras, nuestras hermanas, porque se han hecho cargo de la catequesis, aliviándome un gran cantidad de trabajo, sobre todo de la parte de secretaría, organización, y detalles muy necesarios. Sin los padres y las hermanas, un verdadero equipo, no se podría hacer todo esto. La gente se da cuenta, los niños también, y todos están muy agradecidos con Dios por tener a los misioneros aquí.

Queríamos terminar antes de que comenzaran las lluvias, y así fue. Hubieron algunas lluvias entre las distintas celebraciones, pero nada que nos impidiera realizarlas. Terminamos el último de los siete centros, en el día de la Inmaculada Concepción, con 159 primeras comuniones, y al día siguiente comenzaron las lluvias que casi no han parado hasta ahora. ¡Gracias a Dios! Por un lado por el regalo de la lluvia, y por otro porque nada se dejó de hacer de lo que estaba programado.

Santa Teresita dice que la entrada en el paraíso será una suprema Primera Comunión: “…el día de la primera, de la única, de la eterna comunión del cielo será un día sin ocaso…”. Estas Primeras Comuniones que hemos tenido en nuestra misión este año, esperamos que sean también una preparación para esa primera comunión eterna, cuando estas almas lleguen al cielo.

En las Misas que me tocó celebrar, les recordé a todos que la patrona de los niños de primera comunión es Santa Imelda, quien murió de alegría y amor al recibir a Cristo en la Eucaristía por primera vez, a los 11 años de edad. Dios quiera que ése amor y esa alegría acompañen todas nuestras comuniones, las de cada día, sin envejecer en la caridad y el fervor, hasta “la eterna comunión del cielo”.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE