“Donde encontré cosas que nunca había sentido…”

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Kahama, Tanzania, 18 de marzo de 2018.

Les dejo el testimonio de una de las voluntarias que estuvieron hace un mes en nuestra misión, particularmente ayudando en el dispensario de las hermanas. Vinieron cuatro argentinas, una médica, una estudiante de medicina, una efnermera, y una estudiante de enfermería. Agustina, quien escribe este testimonio, es estudiante de medicina en Mendoza, y vive en San Rafael.

Les agradecemos a todas ellas el trabajo que realizaron, los bellos días que hemos compartido con ellas, y la amistad que se ha creado. Esperamos que todo voluntariado sea de crecimiento espiritual del mismo voluntario… que sea eso lo mejor que cosechen en esos días.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego.
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Ushetu, Tanzania, 20 de febrero de 2018.

¡Último día! ¿En qué momento llegó? Hoy trabajé con Dr. Petro, sacamos nuevos pasajes, almorzamos con las hermanas y los padres (¡empanadas santiagueñas de la Madre Mater Creatoris!) y tuvimos nuestra súper fiesta de despedida en el dispensario.
Sodas, galletitas, bombones de chocolate (todo un acontecimiento porque algunos nunca habían probado el chocolate), bailes, risas, regalos y también como toda fiesta de despedida, tuvo su parte emotiva en la que sentí que el corazón se me partía en dos por tener que dejar a esta gente. Las lágrimas empezaron a caer y los abrazos empezaron a surgir, algo espásticos porque ellos no acostumbran a abrazar pero eran abrazos llenos de sentimientos al fin.

Las palabras de Godi van a retumbar eternamente en mi cabeza, así como también voy a extrañar sus “Hola buenos días, ¿cómo está?” o sus ” a la casa Agustina” cuando trabajábamos tiempo extra en el dispensario.


Estas personitas completaron su lista de cosas buenas hechas por nosotras cuando al final del festejo nos regalaron la camiseta del equipo nacional de Tanzania, no sé si ellos lo analizaron tanto pero fue lo mejor que nos pudieron haber regalado. La representación de lo que somos, Dispensario San Bernardo, un grupo de personas muy distintas, nacidas en lugares muy diferentes… algunas trabajarán allí de por vida y otras, como nosotras, solo estuvimos de paso. Pero todas tenemos el mismo objetivo, ayudar al prójimo a través de las herramientas que nos da la medicina. 
Me voy con una mezcla de sentimientos y con sólo dos certezas.
Los sentimientos se combinan porque la experiencia que acabo de vivir genera esto. Se juntan porque por un lado, tengo la alegría y el agradecimiento a Dios y a mi familia que me permitieron vivir algo así. Tengo la felicidad de saber que mucha de esta gente me va a recordar como su amiga, que a muchos de estos niños logré sacarles una sonrisa o les expresé un cariño qué tal vez nunca habían sentido. Sé y quiero creer que algunos cambios en la salud de los habitantes de Ushetu, van a haber sido generados por nosotras. Y me llevo la satisfacción de saber que di el 100% de mi cada día y de que abrí mi corazón a cada uno que en la misión me dijo “Tumsifu Yesu Kristo” (¡Alabado sea Jesucristo!), y a quienes respondí “Milele amina”(¡Por siempre sea alabado!).


Por el otro lado, aparece la tristeza de irme de este lugar que cada día confirmó más lo increíble que es, en el que cada día sentí más la presencia de Dios en las cosas más simples, en las sonrisas más bellas. Donde encontré cosas que nunca había sentido tan a flor de piel: la Fe, el amor, la amistad y el verdadero valor de una amistad sincera, la confianza en la Divina providencia, la humildad y la generosidad. Voy a extrañar haber vivido acá, sé que va a ser así.


Y hasta en cierto punto voy a extrañar las cosas más duras de la vida del misionero: buscar agua, llevar baldes en la cabeza, bañarme con jarritos o cepillarme los dientes con un vaso para después escupir en el balde que va al inodoro. No voy a extrañar estas actividades en sí, sino como me enseñaron a valorar las comodidades básicas de mi vida en Argentina.
Viene muy bien cada tanto una bajada a tierra, que nos clave los pies en el suelo pero que deje volar nuestra mente hacia sueños cada vez más altos. Porque sé que éste voluntariado es el anticipo de los que vendrán.


Y vuelvo a las dos certezas. Porque son las únicas cosas seguras que tengo en este momento en que mi cabeza está “dada vuelta”. Sin embargo sé que es necesario transmitirlas.
La primera, es que voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para volver a Ushetu, para volver a recorrer todas sus aldeas, para visitar a la gente de Ibambala, Lughela, Mkwangulwa, Makuba o Chogwa, ¡y todas las que me quedaron por conocer! Porque aunque el Padre Diego nos llevó a la mayor cantidad de aldeas que pudo, el terreno es extenso y las necesidades tanto materiales como espirituales son muchísimas.


La segunda certeza, pero no menos importante es que Dios está en todos lados y se lo puede ver a través de los ojos de las personas más puras. Y esto no fue algo que aprendí de un día para el otro. Llevó todo un proceso, la primer semana no podía evitar la frustración de ver lo injusto del mundo: por qué unos tanto y otros tan poco. Con el paso del tiempo aquí, entendí que los habitantes de esta parroquia tienen riquezas que nosotros hemos perdido, riquezas espirituales que nuestra vida acelerada se lleva con tanta velocidad.

Y esto se nota en las cosas mas pequeñas, en los mínimos detalles, como el que una persona frene todo su trabajo para saludarte cuando pasas en un auto a lo lejos, el que cuando alguien habla con vos es lo único que hace y piensa en ese momento, el que tengan la fuerza de voluntad para levantarse a las cuatro de la mañana y empezar a caminar en la oscuridad del África para llegar al rosario antes de Misa, entre otras muchas cosas… La vida simple, la vida con lo esencial y sin distracciones, la vida sin apuros que lleva finalmente a la vida feliz. Tal vez hasta llegan a ser mucho más felices que nosotros, que tanto tenemos…En cada paisaje, en cada persona, en cada gesto pude ver lo sobrenatural de algo que es totalmente natural acá y espero poder llevarme todo esto a Argentina conmigo y ser capaz de transmitirlo a todos los que allá me rodean, de la misma forma en que yo lo recibí en esta aldea escondida en el “jardín de la paz”, en Ushetu, en Tanzania, en África.

Agustina Gómez