Despedida de una misión

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Tal vez ni siquiera tendría que escribir crónica de una despedida, pero creo que es conveniente sobre todo para que quede como parte de la historia de la misión. Ya les conté en un escrito anterior, que luego de la Misión Popular en Nyamilangano, dejamos esa parroquia en manos de los sacerdotes diocesanos. Si bien esto se hará efectivo dentro de algunas semanas, vimos conveniente hacer la despedida con tiempo, y de esa manera también los mismos laicos se pueden preparar mejor para recibir a los nuevos sacerdotes.

La verdad que entre las dos parroquias que teníamos, Ushetu y Nyamilangano, se sumaba muchísimo trabajo, y no dábamos abasto. Aún después de que se creó aquella nueva parroquia de “San Pedro y San Pablo”, la parroquia de Ushetu continuaba siendo la más grande de toda la diócesis, la más grande entre 27 parroquias. La intención de nuestro obispo, para poder seguir mejorando y creciendo en la misión, es crear otra parroquia, dividiendo otra vez la de Ushetu, y esta nueva parroquia estará a cargo del IVE. Por eso mismo, dejamos una, para recibir otra nueva, y mejorar la atención a tantos fieles. Como les he contado tantas veces, la cantidad de católicos crece de manera admirable, y una aldea que hoy recién empieza, dentro de algunos años ya se trata de una gran comunidad. Es una enorme gracia de Dios.

De todos modos, despedirse, siempre cuesta. Es algo que siempre está en la vida del ser humano en esta tierra, y que siempre causa un poco de dolor y tristeza. Sin embargo, hay que ver las cosas con sentido sobrenatural, y sabemos que “todo coopera para el bien de los que aman a Dios” (Rom 8,28). De manera especial sabemos que esas personas podrán ser atendidas mejor, tener más misas y a los sacerdotes más cerca, y por lo tanto es un gran beneficio para las almas.

Buscamos vivir ese día en un clima de alegría, pero en los rostros de la gente se dejaba ver un poco de tristeza. Organizamos que la despedida tuviera lugar en una misa de día domingo, y estuvimos presentes junto a las hermanas, los novicios y los postulantes. Luego de la misa quisimos compartir un almuerzo con toda la gente, ya que también invitamos a los fieles de las aldeas vecinas que quisieran participar. La semana anterior habíamos clausurado la Misión Popular allí mismo, y por lo tanto los ánimos de todos estaban muy altos. Los recuerdos de los días de la misión, los niños, los jóvenes, y la gente que compartió todos aquellos días, estaban presentes en esa despedida.

Luego de la santa misa quisieron hacernos algunos regalos, y cada aldea se había preparado para mostrar su agradecimiento y amistad. ¡Nos regalaron de todo! Comenzaron a pasar uno por uno a darnos la mano al P. Víctor, las hermanas y a mí, y éste fue el momento más emotivo. Nos hicieron llorar los niños que nos dedicaron una canción de despedida, y luego al darnos la mano algunos de ellos también dejaban caer algunas lágrimas, o se tapaban la cara… y sabemos que en los niños todo esto brota de un corazón sincero. Luego vinieron los jóvenes, muy emocionados, y nos costó mucho despedirnos de la gente adulta también, especialmente de los catequistas, con quienes hemos trabajado codo a codo, y con quienes hemos establecido una amistad mucho más fuerte. Ellos también prepararon una canción de despedida.

Cuando iban pasando todos esos rostros delante nuestro, pensaba en el gran regalo que Dios nos había hecho de poder conocerlos. Recordaba los campamentos de niños, las fiestas de primera comunión, las jornadas de jóvenes, los momentos difíciles y alegres que compartimos con los líderes… y la gran amistad que nos brindaron, estando con nosotros en todo momento. Me daba alegría, por otro lado, el ver una comunidad así formada, “andando”, una verdadera “parroquia”… una liturgia bien celebrada. Me alegra haberlos visto crecer en la fe, y muchos de ellos hasta los bautizamos nosotros, los casamos, los confesamos… y ahora pasaban a darnos la mano, con un rostro de gran agradecimiento. Ese es también nuestro trabajo, preparar y “roturar la tierra”, plantar la semilla, y tal vez otros vean los frutos. “Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien hizo crecer”, como dice San Pablo (I Co 3,6).

Pasado este momento, el más difícil, todo volvió a su estado de alegría. Cuando salimos de la iglesia nos dirigimos al frente, y alrededor de la cruz de la misión popular, se cantó, y se bailó como en todas nuestras fiestas. Comimos todos juntos a manera de una sola familia, y como era ya una costumbre que adquirieron en el tiempo que estuvimos con ellos, compartimos cantos y bailes de diversos grupos en un animado fogón, verdaderamente alegre.

Nos despedimos con mucha paz, pensando que les dejamos el mejor recuerdo que podríamos darles, el recuerdo de aquellas profundísimas palabras: “Salva tu alma”, escritas en esa cruz de la misión. El fin de la vida, el fin del hombre, y por lo tanto el fin de toda misión; fin de la vida, de las fatigas y trabajos del misionero. Que recuerden esto: el infinito amor de Cristo que se muestra en la Cruz, y el llamado a salvar el alma.

Gracias infinitas sean dadas a Dios.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.