Diary of a Missionary in Tanzania

De mi amigo el monje

En Instituto Verbo Encarnado/Tanzania

Musoma, Tanzania, 28 de enero de 2015.
Día de Santo Tomás de Aquino.

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Un monje amigo, que reza por nuestra misión, me envió estas hermosas reflexiones.  Él reza por nosotros, como muchos otros monjes de nuestra familia religiosa también, y como tantas almas, contemplativas, religiosos, laicos, adultos, jóvenes y niños… Los monjes rezan por todos nosotros, y de ellos provienen las fuerzas de los misioneros, y de los laicos que deben luchar en medio del mundo. Ellos son los encargados de la logística, de preparar las municiones y alimentos espirituales para los que están en el frente misionero y apostólico. Somos miembros de un cuerpo bien trabado y unido por la caridad.

Deseo que lo lean, porque muchas veces nos escriben felicitándonos por la misión, pero quiero que vean que son los misioneros los que se llevan todos los aplausos, mientras que muchos desde el silencio del monasterio, desde la soledad de una celda, y la intimidad del contacto con Cristo Eucaristía, se ofrecen cada día por el éxito de las misiones.

Podrán leer este testimonio, y pienso que obtendrán muchísimos frutos de unas palabras que contienen tanta “miga”…

“Ayer tuve tantos buenos ejemplos de la oración de los fieles que vienen a rezar a la iglesia de nuestro monasterio, que me interpelan si soy o no un hombre de oración ya que es esto lo que la gente espera de nosotros, y lo que se encierra detrás de todo “padre, rece por mí”.

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Dios me hache ver muchas cosas por medio de estas almas. Primero que es cierto que el Apostolado ayuda a la contemplación, cuando se hace lo que se debe hacer. Segundo, que nosotros somos apóstoles siendo monjes. Tercero, que es importante sufrir por las almas, pero también, de vez en cuando, con las almas. Si es por enumerar podría enumerar muchas cosas más, pero vaya el escrito como sale del corazón.

A la hora de sexta, entra en la Iglesia una señora joven que hace unos meses enviudó. Venía acompañada con la mamá a quien deben operar en unos días. La mujer más joven se quedó de rodillas en la puerta de la Iglesia, como el publicano del Evangelio, que no se animaba a levantar la mirada. La mamá, se adelantó un poco y se puso de rodillas unos bancos más adelante. Mientras tanto los monjes cantábamos estos salmos de hora Sexta: “Tú eres mi refugio y mi escudo, yo espero en tu palabra”Sostenme con tu promesa y viviré, que no quede frustrada mi esperanza; dame apoyo y quedaré a salvo…” (Sal 118). “Pastor de Israel, escucha… despierta tu poder y ven a salvarnos. Dios de los ejércitos restáuranos, que brille tu rosto y nos salve” (Sal 79). Terminamos de rezar y salí a darle unos papeles que venía a buscar. Entonces me dijo- “¡Qué hermoso!. ¡Qué paz!” había escuchado esos salmos, y ciertamente que la palabra de Dios, más dulce que la miel, había aliviado su alma, que todavía lucha por la paz en su alma ante la pérdida de su joven esposo. Experimentó esa paz, que sólo Cristo puede dar, porque Él sólo puede poner en orden todas las cosas y dar respuesta a todos nuestros interrogantes…

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En la Adoración de la tarde, estaba yo sentado en la línea de los últimos bancos de la iglesia. Cuando terminamos de cantar las vísperas y comenzamos la oración se acercó a mí una niña, que parada ella y sentado yo, me miraba a la cara con ojos grandes y muy vivaces. Había estado mirando y escuchando, junto a los papás, y me dijo con voz clara y fuerte, sin importar que todos la escucharan: “- Yo estoy enferma… se me pegan los ojitos y me tienen que poner gotas -tomó un poco de aire, y continuó-, no me tiene que entrar basurita ni tierra”, y se quedó mirándome…Yo no sabía qué decirle, me reía por lo fuerte y expresivo de su hablar y le dije que le pidiera a la mamá que le lavara los ojos con té…y que fuera a rezarle al niño Jesús que está en la Iglesia. Pero no venía ella en búsqueda de recetas de médicos sino venía a pedirme que rezara por ella. Me convencí de ello cuando después me preguntaba ¿por qué vino a mí? Porque me vio que estaba rezando… y quería que rezara por ella. Ya el té y las gotitas se las ponía la mamá sin mis indicaciones. Por eso puso ante mí sus miserias, como las turbas que narra el Evangelio que se amontonaban frente a la puerta de la casa donde estaba Jesús, abriendo techos, llevando enfermos, camillas, vendajes, brebajes… Así rezaron aquellos hombres, poniendo sus miserias en la presencia de Jesús. Así reza esta gente y así debemos rezar nosotros. La oración ha de ser una batalla entre nuestras miserias y la Misericordia. Aquellos hombres de Judea volvieron llevando como botines del triunfo de esa guerra, camillas, muletas, bastones, vendajes, almas limpias, pecados perdonados… Dios quiera que estos también se vayan de la presencia de Jesús Sacramentado y de Jesús presente en nosotros por la gracia del Sacerdocio, sanados en el cuerpo y sobre todo con la Salud en el alma.

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Luego entró un grupo de gente. Entre ellos una madre de edad avanzada, con la mirada muy triste. Esta creo que me estrujó el corazón. Se adelantó silenciosamente, se arrodilló, casi al lado mío frente al Santísimo con las manos cruzadas… Yo la observaba, no temo “distraerme con ellos” ¡es que me enseñan tanto estas almas!. Ella movía un poquito los labios, creo que la tristeza que percibí en su rostro, le oprimía no sólo el corazón sino subía hasta sus labios que no podía mover para articular palabra. Pero rezaba con sus ojos ¡sí, con sus ojos! y ¡cómo rezaban!… ¡cómo miraba el Santísimo! Me imagino un intercambio de miradas entre la suya y la mirada de Jesús lleno de compasión, por su hijo enfermo, por mí y por todos. Él es sumo Sacerdote que puede curarnos de una vez para siempre… La mujer, como pudo se incorporó, y se acercó a mí, y así como los hombres rompieron el techo, y la niña de hacía un rato, no temió romper el silencio de la Adoración, esta madre, con voz resquebrajada y tímida, con la inocencia de un niño, me dijo: “Padre, ¿tiene una estampita?”. Yo recordando que en la entrada no quedaba ninguna pensé en decirle que no, pero me acordé que tenía una en el breviario, la saqué y se la di. Y ahí, el pedido, abrió su corazón dolorido para manifestar el motivo de su preocupación, su miseria, su dolor, su miseria, “Rece por mi hijo, está muy mal y mañana lo operan”… parecía el eco de aquellas mujeres del Evangelio que rezaban a Jesús, “mi hijo está enfermo” “lo atormenta un demonio”… le aseguré que ya estábamos rezando por él, porque sabía del caso ya que la hija había venido unas semanas atrás y lo había puesto en el cuaderno de pedido de oraciones de los monjes. Esbozó una sonrisa, sus ojos muy apagados me miraron como si hubiesen recibido una pincelada de esperanza y de alegría… y la abuela tomó coraje y ahora se atrevió a pedir algo para sí- “y a mí ¿me da la bendición?”… me paré y la bendije. Pobrecita, quería para ella, la bendición, la fuerza que sólo Dios puede dar para afrontar las cruces de cada día, para seguir llevando la cruz que Cristo le daba. Por eso después de bendecirla, con la señal de la Cruz, ya no había más nada que hacer ni pedir, entonces se fue, caminaba con dificultad, hizo genuflexión, la señal de la cruz, miró el santísimo en la custodia… y se fue… yo volví a mi lugar de oración tan conmovido en mi interior. Tan enriquecido por la señora, mejor que después de haber leído un tratado de oración.

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Como si no tuviera materia suficiente de meditación con todo lo vivido, tomé el libro de meditación y providencialmente leo en los escritos del Beato Manuel González algo así de que Jesús repite en nuestras vidas aquel gesto de Emaús de pasar de largo, no con la intención de despreciarnos, sino con una actitud de madre que busca arrancarnos manifestaciones más profundas de cariño y afecto, para lo cual dice que no nos quiere, o que se va, o que nos abandona, o como le dijo Jesús a la Virgen María en Caná, que no había llegado su hora… pero no con la idea de despreciarnos, ni dejarnos huérfanos, sino de aumentar nuestra esperanza, para que le pidamos más intensamente y darse más abundantmente.  Él espera, que con amor sincero le digamos “quédate con nosotros porque el día ya declina”, o como el niño que ante la amenaza fingida de la madre de dejarlo, se arroja en sus brazos y se la come a besos, y le dice una y mil veces “te quiero…” “no me dejes” “perdóname” “no lo haré más”… o como María “hagan lo que Él les diga” y ahí Él se derrama en bendiciones, como con los de Emaús, que no sólo se quedó con ellos, sino en ellos, o como la madre que llena de besos y cariños al niño. Así son las gracias de Jesús, besos, cariños, consuelos para el alma y para el cuerpo, en el cuerpo y en el alma.

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Después de un día así de intenso, he comprendido de manera especial, un aspecto más de la oración, y es que desde que Él se hizo hombre, podemos rezar con la lengua, con la inteligencia, con el corazón, con las rodillas, con las manos, con las miradas, con las lágrimas, con los pies, y me pregunto ¡cuánto hay detrás de cada vela encendida, de cada ramo de flores, de cada rodilla doblada, de cada mano entrecruzada, de tantos ´padre, rece por mí´!…Algunos dicen: – devociones populares- … y yo le digo: -“ populares sí”-, pero a ellos les aseguro que no son paganas, sino llenas de fe, de esperanza, de amor, y por tanto muy teologales, que nos unen muy íntimamente con Dios. Teología no expresada en papel y tinta, sino escrita con la vida, hecha vida. Devoción popular, sí, pero sencilla, humilde, confiada, como el alma de la cual brotan.

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Mientras escribo esto se me corren las lágrimas, a mí, con el corazón de piedra, y pienso lo que será el Corazón de Jesús en el Sagrario… ¡tan de carne!, ¡tan manso y compasivo!… pero como Él ya no puede llorar, entonces me hace llorar a mí. Y quiero explicármelo repitiéndome que como le he entregado todo, cuerpo y el alma, y Él me ha hecho participe de su sacerdocio, ahora Él llora con mis ojos, oye con mis oídos, se conmueve con mi corazón, bendice y perdona con mis manos y mis labios, recibe las oraciones de los fieles, y los fieles se saben escuchados, vistos, oídos, consolados por Él, pero por mi Sacerdocio. Su Sacerdocio está muy encarnado en mí. En mis ojos, en mis manos, en mi corazón, en mis lágrimas, ¡Increíble! ¡Oh Dios, que locura de amor!

Gracias Dios mío por estas enseñanzas que nos das por medios de los pequeños y humildes, que enseñan con un Magisterio tan seguro como el de los mejores teólogos y con argumentos tan sencillos y convincentes que hay que rezar siempre sin desfallecer”.

Simplemente lo firma “Un monje”.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.

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