Comunidades cristianas vivas y fuertes

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Ushetu, Tanzania, 28 de Mayo de 2018

El sábado pasado fui con el catequista Filipo a visitar y celebrar Misa en dos aldeas que no quedan muy lejos, sino a unos siete kilómetros nada más. Es un camino que no se usa para vehículo de cuatro ruedas, así que mejor ir en moto. Hubieron varios detalles de esta pequeña gira que me hicieron reflexionar, y lo sigo haciendo en este mismo momento en que escribo.

Recorríamos sin apuro el sendero que nos llevaba hacia las aldeas de Lughela y Kanyenye. La primera Misa sería en Kanyenye, y en el camino de regreso, en Lughela. Estas son dos aldeas nuevas. Kanyenye desde hace unos cuatro años que es una aldea con vida cristiana. Lughela en cambio, ha comenzado a ser una aldea con vida cristiana desde hace apenas dos años. En esos lugares hay muchos, muchísimos, paganos.

¿Cuál es la mejor manera de evangelizar a estos paganos, cómo llevarlos a Cristo? No quiero escribir un tratado de misionología, ni creo que pueda. Hablo de lo que veo en esta misión, que puede ser muy diferente a muchas otras misiones Ad Gentes (a los gentiles, a los paganos). Claro que la respuesta en primer lugar debe ser: predicar. Pero al menos entre nosotros, en esta realidad, no basta. Debemos hacer comunidades cristianas vivas y fuertes. Capaces de atraer con su vida, con su luz y su fe, a los que todavía viven en la oscuridad. Que estas comunidades puedan acoger, y contener, al recién convertido.

Muchas veces éste será un joven o un adolescente, que vive en un ambiente pagano, con padres o hermanos que viven en poligamia, que creen en brujos y supersticiones, que viven en una vida de pecado, o al menos de gran ignorancia. Entonces, cuando se encuentra con una comunidad, una aldea, una capilla, en la que se reza, se reciben buenas enseñanzas, se vive vida sacramental, se incentivan las devociones como la del Sagrado Corazón y de la Virgen María… ése nuevo cristiano, tiene una “nueva familia”. Se siente feliz y contento. Tiene buenos ejemplos. Tiene un padre espiritual, y hermanos. Si cae, se cansa, o se equivoca, tiene quien lo ayude, lo llame, y lo corrija. Tiene quien lo felicite por sus logros. Y sobre todo, tiene la fuerza de la gracia.

En verdad que ahora escribo sobre pensamientos que me dan vuelta en la cabeza desde hace mucho tiempo. Pero de alguna manera pasaban por mi mente cuando andábamos por esos campos y saludábamos a personas que no nos respondían el saludo cristiano, y ni siquiera eran capaces de saludar con la mano ni sonreír.

Por el contrario, al pasar por Lughela en dirección a Kanyenye, salían muchas personas de sus casas saludando con gran alegría, y niños que nos llamaban efusivamente agitando sus manos en alto y gritando. Recordé en ese momento que hace tres años, cuando pasábamos por allí, nadie saludaba, o muy tímidamente, y algunos niños se asustaban. Nadie te decía: “¡Padre!”, sino simplemente “Mzungu” (blanco). Me sorprendí mucho, y se lo hice notar a Filipo.

Él hace dos años que comenzó a reunir a los pocos cristianos de Lughela para rezar. Rezan debajo de grandes árboles de mangos. Ahora vienen muchos niños y adolescentes. Muchos están haciendo el catecumenado y el catecismo para la Primera Comunión. Y también hace un año que las hermanas vienen todos los miércoles a visitarlos, rezar con ellos, jugar y darles catecismo. Eso ha cambiado totalmente el espíritu de ése lugar. La presencia de las religiosas, la presencia del hábito religioso. Ellas van caminando, debajo de un sol muy fuerte, a las tres de la tarde, y regresan caminando, recorriendo varios kilómetros.

¿Cómo evangelizar esas pequeñas villas? Con la predicación, y la presencia. Y allí surge la primer dificultad… ¡son tantas aldeas, repartidas en tantos lugares, y tan lejos! ¡Y nosotros los misioneros somos tan pocos! Hacemos realmente lo que podemos, y la acción del Espíritu Santo es admirable siempre, pero más que nunca en tierra de misión.

Veía en Kanyenye lo bien que participaban de la Misa. La gente rezando el rosario con devoción. Lo mismo pude ver en Lughela, antes de la Misa, rezando el rosario, tomando el rosario entre sus manos, grandes y chicos. Antes eso no se veía ni por casualidad. En Kanyenye pude ver la iglesia tan pequeña, pero más digna. Con piso de cemento, con altar de piedra, con bancas de madera, los niños sentados en el piso, pero sin ensuciarse. Aprecié lo bueno que puedan tener un lugar digno para rezar, aunque sea pequeño y pobre. Pero recuerdo la primer Misa que dije allí, en una iglesia que casi se caía, con el techo arreglado con hojas de palmera. El piso de tierra todo desparejo que hacía que la mesita que funcionaba de altar se bamboleara todo el tiempo. Se ven los progresos, y eso alienta mucho. Se puede comparar con el pasado, no muy lejano, y son progresos muy grandes.

Después de la Misa fuimos a Lughela para celebrar allí también, pero no sería en el lugar donde normalmente se reúnen, sino en el terreno que hemos comprado para construir la nueva iglesia, la primer iglesia. Allí habían limpiado el terreno y colocado unos toldos a modo de capilla. Bauticé a dos mellizos pequeños, hijos del líder de la aldea. Durante la consagración del Cuerpo y la Sangre de Cristo se empezaron a escuchar los bombos y gritos de bailes paganos en una zona del poblado. Contrastó tanto con lo que estábamos haciendo, como si fuera la meditación de las dos banderas de San Ignacio. Me sirvió para decirles a nuestros fieles que justamente nosotros debemos ser los que plantemos la fe en esos lugares, y que es necesario que nos mantengamos firmes, en la luz de Cristo que recibimos en el bautismo, sin volver a las tinieblas del paganismo.

Al terminar la Misa hicimos la bendición del terreno, y luego almorzamos. Los líderes estaban felices y agradecían el hecho que ahora sea una aldea, porque así podrán tener la posibilidad de que todos, niños y ancianos también, vayan a rezar. La iglesia parroquial de la misión les queda muy lejos.

Comenzamos el regreso con Filipo, y en el camino fuimos saludando pequeños grupos de niños pastoreando, que respondían al unísono el saludo “¡Alabado sea Jesucristo!”, con el “¡Por siempre sea alabado!”, que seguía confirmando los progresos y el gran beneficio de la visita misionera periódica de las hermanas.

Muchas cosas me quedarían para seguir contando, como la visita a la aldea de Senai el domingo pasado, o la de Mliza, de este Domingo de la Santísima Trinidad. Pero esto se va haciendo largo, y entonces quedará para otra ronda.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE