Casamiento de los abuelos

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Kahama, Tanzania, 28 de enero de 2019.

Creo que el asunto de la oficina parroquial merecería un capítulo aparte. Entre las cosas más llamativas está el anotar los matrimonios. Antes esto lo hacía solamente Filipo, el catequista de nuestra aldea y catequista principal de la parroquia, que es quien lleva los libros de bautismos y de matrimonios. La razón más simple y sencilla por lo que lo hacía él, es el idioma. Hay que hacer preguntas, entender lo que nos dicen, y que ellos nos entiendan a nosotros. Ahora que ya hemos avanzado un poco más en el conocimiento del swahili, y de las costumbres y tradiciones de nuestra gente, podemos hacerlo nosotros. Pero seguimos necesitando la ayuda de Filipo, porque muchos de los que vienen no saben hablar swahili, sino sólo sukuma… o sukuma y un poco de swahili. Así que muchas preguntas vienen traducidas al sukuma, generando respuestas que causan mucha gracia, porque se veían totalmente confundidos después de dos o tres intentos del misionero, y
luego ante la mínima insinuación en sukuma, surgía una respuesta espontánea, y con mucho alivio.

Una de las cosas que me sorprendieron al principio y que ahora me causan gracia, es que generalmente no saben la fecha de nacimiento. Muchos se ven en un apuro para responder esto, así que se les pregunta al menos por el año. En los más viejos, que vienen por regularizaciones de matrimonios, se comienza un interrogatorio comenzando por los párrocos que pasaron por aquí, si era el padre tal o cual, si era un msungu (es decir misionero blanco) o un padre africano, etc.  Si esto no da resultado, se empieza a preguntar si recuerdan quién era el presidente de Tanzania en aquel tiempo. Esto exige tener buenos conocimientos de historia de Tanzania. A veces se llega a un “mas o menos”, o “puede ser tal año”, en fin, que se los anota. Mucha gente en nuestra parroquia no tiene certificado de nacimiento ni documentos de identidad. También estos trámites de oficina me han hecho percatar de la gran cantidad de gente que no sabe leer ni escribir, y que al momento de las firmas deben poner la huella digital. Realmente es mucha gente, y da un poco de pena que no puedan hacerlo. La gran mayoría son las mujeres las que no saben escribir.

Uno de estos días de oficina, vino un catequista a pedirme que fuera a ver a unos ancianos que pedían los sacramentos, en la aldea que él atiende, Kalaba. Yo comencé a averiguar un poco más, sobre todo si eran capaces de recibir los sacramentos, el estado de salud y de conocimiento, etc. Resulta que ambos ancianos estaban bautizados, el abuelo siempre tuvo una sola esposa, y querían recibir los sacramentos. Me pareció fantástico. Le dije que sería bueno que hagamos el casamiento, y así recibirían los demás sacramentos. Como llevaban muchos años viviendo sin el sacramento del matrimonio y por lo tanto sin recibir los demás, les pedí a dos catequistas que los visitaran, y les dieran un poco de catecismo, muy breve, pero para prepararlos mejor.

Además que si era gente de Kalaba, una aldea muy pequeña, muy probablemente hablarían sukuma, y por lo tanto me iba a ver en un apuro al tratar de explicarles y preguntarles, como ya me ha pasado en tantas ocasiones.
Todo anduvo muy bien, y al cabo de dos semanas estaban listos. Les dije unos días antes que íbamos a ir a la casa, y ya que estábamos, podríamos celebrar la misa, ya que el abuelo no podía caminar hasta la capilla. Esto resultó muy positivo, porque la familia y los vecinos, se reunieron en la casa, y prepararon un festejo sencillísimo, festejo que consistiría en comer todos juntos, como es tradición en África, como una sola familia.

Para mí era la primera vez que iba a Kalaba, ya que esta es otra de las aldeas que recibimos cuando se inauguró la nueva parroquia. Fuimos en el auto hasta la casa de Adam y Catalina, que así se llamaban los abuelos que se iban a casar. Llegamos a la casa por un camino que era un sendero para caminar. Arribamos a un patio de tierra, bien barrido, y rodeado por cinco casas de barro con techos de pajas, salvo una de ellas, con techo de cinc, que fue donde celebramos la Misa. En el patio habían preparado unos toldos, y bajo los toldos unos troncos para que se siente el pueblo fiel.

Todos miraron asombrados la llegada del auto por primera vez al patio, especialmente los niños miraban como la llegada de una nave espacial. Comenzamos los saludos, y algunas que otras bromas como para romper el hielo, ya que muchos de ellos era la primera vez que veían un padre mzungu, o al menos la primera vez que trataban con uno.

Antes de pasar al té que nos habían preparado a los que llegábamos de visita, pregunto cuántos años de casados tenían los abuelos, y me dijeron que “más de sesenta”. Es decir, que nos encontrábamos antes personas de más de ochenta, “o por ahí”, que ya a estas alturas, nadie sabía los años exactos. Tanto que al tiempo que se casaron, no existía Tanzania como nación, sino que era Tanganyika, colonia de Inglaterra. Digamos que “una pila de años”.

Durante el té, y luego en las confesiones, se desató un aguacero grande, que nos impidió hacer la Misa bajo los toldos. De hecho las cosas de Misa estaban preparadas allí, y debimos trasladarlas dentro de la casa. La lluvia paró, pero todos temían que en medio de la celebración debiéramos salir corriendo, con el contratiempo de no saber ni siquiera dónde acomodarnos. Así que decidieron preparar una habitación de la casa que tenía el techo “a prueba de lluvias”. No entrábamos muchos, así que puse el altar en un ángulo del cuarto, en frente se sentaron “los novios” y los padrinos. En el piso, uno de los hijos, ya mayorcito, digamos. Y los tres catequistas presentes estaban sentados a mi izquierda. Estaban también otros tres hombres mayores que miraban asomados por la puerta del cuarto de al lado.

El resto de los fieles, familiares y vecinos, estaban afuera, y miraban lo que sucedía adentro. La Misa fue con toda solemnidad. Me alegró mucho rezar allí. Todos participaban con mucha devoción, y entre la gente que estaba afuera había un verdadero coro que cantó muy bien toda la Misa.

Para el momento del casamiento pedimos prestados un par de anillos a los presentes, y así se hizo la entrega de los anillos, que fue muy emotiva y alegre. Recibieron la Sagrada Comunión, ¡después de tantos años! Y al terminar la celebración también les di la Unción de los enfermos. Luego de la Misa pasamos debajo de los toldos preparados, y entonces puse música con los parlantes del auto, la música que es tradición poner en los casamientos. Todos se alegraron mucho y se pusieron a bailar mientras pasaban a saludar a Adam y Catalina. Fue realmente una fiesta muy alegre y familiar. Como me suele suceder, disfruté muchísimo del rato sentados con toda esa gente en un lugar tan sencillo y con gente tan buena.

Antes de irme me pidieron la bendición de la casa, y allí bendije todas las casas, que es donde viven los abuelos, rodeados de sus hijos y nietos. Durante la comida le pregunté a Adam cuántos hijos tenía, y me dijo que cinco, que uno ya había fallecido. Cuando le pregunté por la cantidad de nietos, me respondió que “eso había que preguntarle a la abuela”. Todos nos reímos, y él también.

Nos volvimos de Kalaba con los catequistas, bajo un sol que pegaba muy fuerte, muy caluroso después de la lluvia. Era el día de la conversión de San Pablo, y qué gracia poder celebrar el casamiento de dos personas, católicos, que hacía más de sesenta años que no recibían los sacramentos. Una verdadera conversión. Los mismos catequistas estaban contentos de haber participado, y resaltaban la bondad de Dios, que había tenido tanta misericordia y paciencia de esta gente.


Fue una hermosa jornada en Kalaba.
¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE