Campamentos navideños

En Uncategorized

Ushetu, Tanzania, 6 de enero de 2018
Fiesta de la Epifania

Después del campamento de monaguillos le tocó el turno a las niñas, las “Watoto wa Yesu”. Siempre las niñas son más, y más ruidosas. Fue una muy linda preparación para la Navidad, tanto para ellas como para nosotros, porque le van dando el clima navideño, con sus cantos, con su alegría.

Los monaguillos fueron 108, y las niñas llegaron a ser 216, más las jóvenes ayudantes, y la gente de cocina. Es una gran alegría saber que hemos podido hacer estos campamentos “navideños”. El día que terminamos el campamento de varones, comenzamos la novena del Divino Niño, y el día que terminamos el campamento de niñas llegábamos al final, quedando sólo el último día de la novena.


Nuevamente nos sorprendieron las niñas que vinieron desde muy lejos de nuestra parroquia. Algunas llegaron a las cuatro de la tarde, y habían salido a las nueve de la mañana… venían de Salawe, a 38 km de aquí, vinieron caminando y tardaron siete horas.

Hay que ver que muchas de ellas son niñas de diez o doce años, no más. Otras vinieron desde Nonwe, a 40 km de distancia, del confín de la parroquia realmente. Es emocionante de verdad verlas llegar, caminando con ojotas, con su pequeña mochila, o simplemente con una bolsa de nylon con la comida, un kilo de harina de maíz, medio kilo de porotos, medio de arroz, y 2.000 shellings (un dólar).


Es el tercer año que podemos hacerlo y cada año vienen más. Es muy lindo ver la amistad que van haciendo entre ellas, especialmente entre las niñas de distintas aldeas. Sobre todo nos parece muy bueno para las niñas que vienen de aldeas pequeñas, donde tal vez son muy poquitos fieles. Pero venir y encontrarse con una cantidad así de niñas, que todas participan del mismo grupo y del mismo espíritu, les da mucha fuerza y alegría.


El día de la clausura aprovechamos a darles muchos premios, para que sea también un regalo de Navidad para todas. Lamentablemente de las aldeas más pobres, o donde los catequistas y los líderes poco se interesan, vinieron algunas niñas que no tenían su vestido para bailar. Las hermanas les dieron de regalo para tres aldeas las telas para hacerse sus vestidos, y estaban felices. Van viendo que ellas pueden llevar un cambio a su aldea, un deseo de hacer mejor las cosas y la misma liturgia.


Luego de la clausura, decidimos llevar a las niñas que eran de las aldeas más lejanas. Las hermanas fueron para el sur y yo fui para el oeste. Ellas llegaron hasta el río, y no pudieron seguir adelante, porque ya está muy lleno de agua. Las niñas ni se inmutaron, porque “así estaba cuando vinimos”, así que pasaron el río caminando, y siguieron hasta sus aldeas, que a algunas les faltaba más de 12 km.


En mi caso, tuve más suerte, ya pude llegar hasta el último poblado. Las niñas viajan felices en el auto del padre. Íbamos apiñadísimos, pero sin peligro porque vamos muy despacio, cantando y disfrutando del viaje. Me causó gracia cuando una de las niñas al subirse, cerré su puerta, y me dice: “falta el vidrio, no hay vidrio”… mirando que su puerta el mismo estaba bajo. Allí mismo comenzaron a cantar y no pararon en la hora y media que duró el viaje. Pero me mataba de risa cuando se preparaban para cantar más fuerte al pasar por el centro de algunas aldeas.


Fue muy alegre la llegada a la aldea de Mazirayo, porque justo estaban los del coro ensayando y cuando sintieron las bocinas y los cantos salieron a recibirnos, aplaudiendo y con grandes sonrisas. Agradecían mucho que las hayamos llevado. Allí mismo las niñas hicieron un canto y un baile. Aproveché a sacar algunas fotos de la casa que estamos construyendo en ese lugar, y que adelanta poco a poco. Será muy bueno cuando podamos ir a esos lugares, lejanos, y poder quedarnos algunos días para hacer más apostolado entre esta gente que tanto lo necesita.


Así pasamos por Salawe, donde también saqué fotos a la iglesia en construcción… sí que necesitan mucha ayuda. Están en los confines. Hay muchos paganos. Hay mucho por hacer todavía allí. Al llegar se congregaron muchos niños, vinieron los líderes y algunos adultos. Es mucho el apostolado que hace al llegar con los niños a las aldeas. Todos miraban admirados, los niños sorprendidos, y con ganas de venir el próximo año. Cuando llegué a dejar las últimas chicas, en Ubagwe, la mujer que venía acompañando a todas las niñas de ése centro, se bajó allí y me dijo: “el año próximo vamos a llevar veinte”. A las niñas de las aldeas más lejanas y de las que participaron en mayor cantidad les dimos de regalo una pelota de vóley para que jueguen los días de catecismo y cuando se juntan a ensayar.


Yo salí rápido, calculando que estaría llegando casi de noche a la casa. Pero cuando pasaba por una aldea de que llama “Namba moja”, vi que venían caminando unas siete niñas, y ya estaba haciéndose casi de noche. Habían caminado 13 km. Frené y les pregunté de dónde eran. Me dijeron que de “Bupandwamhuri”, y les faltaba unos tres o cuatro kilómetros más. Llegarían de noche. Las hice subir y volví atrás para acercarlas. En un momento hay que dejar el camino principal y andar por senderos de motos entre los campos. Llegué a la capilla y las despedí brevemente, porque no quería que se me hiciera de noche en esos senderos, fácil de perderse en la oscuridad, porque todo se ve muy parecido. Gracias a Dios llegué al camino principal pronto, y ya con la noche cerrada.


Es una satisfacción muy grande la que se siente luego de los trabajos de esos días con las niñas. Las hermanas trabajaron muchísimo, y así fue también lo cansadas y contentas que se las veía después de esos días. Es hermoso ver cómo crecen en la oración, cómo aprovechan esos días a conocer más de Cristo, a aprender el catecismo, la vida de un santo. Es hermoso ver cómo crecen de año en año… como crecen en la fe, en la devoción, en el conocimiento de las cosas de Dios. Es admirable que un grupo tan grande de 200 niñas, es perfectamente manejable con sólo diez personas de dirigentes. Ya están acostumbradas, conocen cómo es un campamento, acuden todas a donde hay que ir, inmediatamente. Ni les cuento de la devoción que muestra la mayoría en la Misa. Admirable todo, y fantástico.
Dios mío, ¡gracias por esta hermosa misión!
¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE