Caminata a Mjimwema

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Ushetu, Tanzania, 30 de mayo de 2019

Luego de la “subida” al Monte Irondo… si, lo escribí distinto en la otra crónica. Pero hoy le conté al catequista cómo me había confundido el domingo a pronunciar el nombre delante de todos, y me dijo que yo lo había dicho bien. Conclusión: que cada uno lo pronuncia como quiere, pero como nosotros somos extranjeros… nuestra pronunciación es siempre dudosa. Y para nosotros es bueno reírnos de nosotros mismos.

Decía que luego de subir con el padre Provincial, Gabriel Romanelli, a ese cerro, programamos la visita a nuestro noviciado y casa de formación. Luego de saludar a los novicios y postulantes, hicimos un recorrido por las construcciones: la iglesia, la casa de los sacerdotes, y la casa de formación. El P. Gabriel destinó otro día entero a estar en el noviciado, celebrarles misa, darles alguna charla, y luego la oportunidad de dialogar personalmente con los que desearan.

La siguiente salida a una aldea la hicimos a Mjimwema. De esta aldea he escrito en varias oportunidades, pero una de esas ocasiones fue en la segunda visita del P. Gabriel, cuando al hacer un largo recorrido por la zona sur de la parroquia, pasamos por allí. Aquella vez, nos bajamos al pasar por el pequeño poblado, para visitar y conocer la iglesia de adobe y paja, que habían construido en un terrenito prestado. Cuando llegamos, vimos que la iglesia se había caído a causa de las lluvias, y nos dio mucha tristeza y lástima. Sobre todo porque se trata de una aldea muy pequeña y muy llena de paganos.

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Sin embargo, cuando estábamos mirando las ruinas de la iglesia, aparecieron una señora y unos cinco niños, que se habían juntado a rezar debajo de un árbol. Allí el padre Gabriel se puso muy contento de verlos y luego de esa visita nos dio el dinero para comprar un terreno propio para la iglesia, y mucho más grande.

Ese paso lo dimos, compramos el terreno en una colina, un lugar precioso, con hermosa vista. El pueblo se ve abajo, mas o menos a un kilómetro de distancia. Y por eso el lugar también es muy tranquilo. Cuando fui para bendecir el terreno, también bendijimos el lugar donde habían juntado algunas piedras para los cimientos, y allí bendijimos el lugar donde se construiría la iglesia de Mjimwema. De esto también escribí una crónica.

Esta aldea siguió creciendo gracias a que nuestros novicios van de apostolado cada semana. Queda a casi diez kilómetros de nuestra casa, y por eso van en la moto de la parroquia. Luego de encontrar el terreno, Dios dispuso que unos amigos de Italia, que tienen un grupo misionero, se pusieran en campaña para seguir ayudándonos con la construcción. Así se ha seguido de a poco, y lentamente. También los seminaristas americanos que vinieron el año pasado, trajeron ayuda económica, y estuvieron trabajando con la gente haciendo bloques de cemento. Al momento actual la capilla ya tiene techo y paredes, y la gente puede rezar allí, aun cuando llueve. Además de que el grupo de fieles ha crecido, y ya ven que tienen una iglesia que no se les va a caer.

Esta vez no pudimos llegar con el vehículo. Los caminos se han arruinado tanto que ya no se puede llegar por ningún lado con vehículo de cuatro ruedas. La última vez que fuimos, la camioneta parecía que se iba a caer de costado. Ahora se puede llegar bastante cerca, pero hay que dejar el vehículo y seguir los últimos kilómetros a pie. Así que con el P. Gabriel y tres novicios nos dispusimos a hacer esta pequeña travesía misionera, y con mucha alegría de poder caminar por estos hermosos parajes. Durante el viaje debimos detenernos, bajarnos de la camioneta, y mirar bien por dónde podría pasar el vehículo, sobre todo en las partes donde había mucho barro. Llegamos a un campo de arroz donde debimos bajarnos y seguir caminando, cargando las cosas de la misa. Pasamos por algunas casas en medio de la nada… es decir, en medio de bosques y plantaciones, pero ningún poblado. Nos dio alegría escuchar que a pesar de eso respondieron al saludo de “¡Alabado sea Jesucristo!”… y que los niños no salieron corriendo espantados de nosotros. Ya se van acostumbrando a los misioneros, pienso que gracias a nuestros novicios que van cada semana y los ven con sus sotanas negras como nosotros.

La gente nos estaba esperando y salieron a nuestro encuentro cantando. Fue una alegría enorme, encontrarse, cantar, saludarse… y seguimos entre cantos y rezo de algunos misterios del rosario hacia la capilla. Era la tarde, y como el camino estaba muy malo habíamos utilizado más tiempo del pensado, además de la caminata. Llegamos a la iglesia, y cantaban con verdadera alegría, al ritmo de unos tamborcitos que llevaron los novicios. Mientras terminaban de rezar los misterios del rosario que faltaban yo confesé a algunas personas, y comenzamos la Santa Misa.

Luego de la misa había comida para todos, y para los misioneros habían preparado una comida especial. Era hermoso poder estar fuera de la iglesia, comiendo con toda la gente, los hombres, las mujeres, los niños… como una gran familia. La iglesia mostrando el rostro de la verdadera y sana alegría cristiana.

Comimos rápidamente, y comenzamos a caminar, porque ser haría de noche. Llegamos al vehículo con algo de luz todavía, pero a los diez minutos ya nos encontramos con la noche cerrada. Durante el camino de regreso se comenzó a complicar el viaje, y los novicios ya no sabían dónde estábamos. Era imposible dar la vuelta y regresar, así que seguimos adelante, en medio de huellas que apenas se veían.

Llegamos a una casa donde todos los niños comenzaron a huir espantados ante semejante espectáculo…. En medio de la noche llega una camioneta cargada de gente desconocida. Una vez que se calmaron nos indicaron el camino por donde seguir. Luego de un buen trecho, vemos un grupo de gente en medio del camino, en la oscuridad, trabajando en el tabaco. Providencialmente, uno de esos hombres era le catequista de una aldea por donde debíamos pasar. Nos dijo que si seguíamos por ése camino, nos íbamos a perder, porque se desviaba más adelante en otra dirección. Menos mal que lo encontramos, y tanto fue así que se subió a la camioneta para asegurarse de que lleguemos al camino principal. Ya a estas alturas la noche era cerradísima.

Llegamos sanos y salvos a la casa, y con la inmensa alegría de haberles podido llevar la Santa Misa, Jesús en la Eucaristía, a los feligreses de Mjimwema, que generalmente tienen una o dos misas al año en su aldea. La alegría se vio en todos ellos, y esa alegría es la que nos alegra a los misioneros cuando regresamos cansados luego de jornadas como ésta.

Dios los bendiga. ¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano IVE