Bendición de nueva capilla en Seleli

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Ushetu, Tanzania, 8 de mayo de 2017.

Tengo la gran alegría de escribirles en el día de la Virgen de Luján, patrona de nuestra Familia Religiosa del Verbo Encarnado. Prometo enviarles fotos del hermoso día que hemos tenido, empezando con la Misa, procesión, y festejos subsiguientes. Pero no quiero que se me pasen más días y me quede sin contarles un viaje de la semana pasada a la aldea de Seleli, el día tres de Mayo.

Me han escuchado hablar muy poco de esta aldea, salvo alguna que otra crónica sobre la visita a un enfermo, y algo más, ya no recuerdo. Ha pasado mucho tiempo. Esta aldea está en la parte sur de la parroquia, en la zona que está cruzando el río, y que los lectores más asiduos saben que es la parte mas pobre de la parroquia, a la vez que una de las más abandonadas, y menos atendidas pastoralmente. Hay muchos paganos, y vamos a visitarlos unas tres o cuatro veces al año, nada más.

El año pasado fui para la Misa de matomolo (la de los frutos) y me quedé preocupado pensando en cómo hacer para ayudarlos a crecer un poco más. Celebré los santos misterios en algo que quería ser una capilla, pero realmente daba mucha lástima. Ya casi sin techo, habían tenido que agregar un plástico, las paredes de palos con barro, que en parte se había caído… la gente que pasaba por afuera veía a los que estaban rezando por los cuatro lados… y los fieles que se avergonzaban de estar rezando en algo que no parecía una iglesia habitada.

Se han esforzado por años, y no miento al decir que son “años”, porque ya son por lo menos tres… en ir juntando pequeños aportes para poder construir la nueva capilla. El gobierno les cedió un poco de tierra, y allí comenzaron. El párroco de aquél entonces, el P. Johntin, les donó cincuenta dólares, una señora protestante les donó cien, y así de a poco han llegado a levantar la nueva iglesia, que ahora me pidieron que bendiga. Pero está sin techo todavía, ponen unas lonas los domingos para poder rezar, como lo hicieron también esta vez. Me impresionó la vez pasada que la colecta fueron 700 shillings, el equivalente a 30 cvs de dólar. No alcanza ni para pagar el combustible que debemos usar para llegar allí.

De ida pasamos por la aldea de Nyassa, cabeza de ese centro que congrega a nueve aldeas en total. Llegamos sin avisar y estaban en plenos trabajos. Fue muy lindo ver eso. Ellos se sintieron muy contentos también. Estaban haciendo limpieza en el terreno, y trayendo los materiales para techar la nueva iglesia. Esa semana les habíamos entregado la donación que nos hicieron de la misión de Jordania, y sin demora se habían puesto manos a la obra.

Presagian que se vienen muchos progresos, especialmente espirituales, pero también de orden material. Las hermanas Servidoras nos están ayudando con mucho sacrificio a levantar la casa misionera, que será un centro desde donde podremos hacer base para el trabajo apostólico en toda la zona. Justo cuando llegamos estaban las autoridades civiles de la aldea, y me saludaron con mucha alegría. Les dije que siempre la iglesia trae junto con el progreso espiritual, el progreso en otro orden, el social, y hasta material.

Aunque no se busquen directamente, se dan “por añadidura”. Les dije que con esas obras que estábamos concretando, la iglesia y la casa-centro misional, el día de mañana podría llegar a haber un jardín de infantes, algún pequeño dispensario, y quién sabe cuántas cosas más. Mientras hablaba me acordé que una de las grandes necesidades es el agua. Elemento básico de vida. Se me ocurrió que una de las primeras cosas sería poder buscar ayuda para excavar algún pozo de agua con bomba manual, para que todos los vecinos puedan acceder a ella, aún en tiempo de sequía, y que sea más saludable. Allí aplaudieron y agradecieron efusivamente. Yo pensaba si me habían entendido de que “iba a buscar ayuda”… les volví a insistir de que ellos recen para que nosotros encontremos la ayuda. Habían entendido bien, les alegraba el sólo saber que lo íbamos a intentar. ¡Cuánto se puede hacer, y cuánto hay para hacer! Me golpea mucho el ver la necesidad de cosas básicas, en un país donde unas de las grandes riquezas es el oro y el diamante.

Después de cantarle a la Virgen, repartir caramelos a los niños que ya habían llegado, nos despedimos para ir a Seleli. Como en esta aldea los líderes son el director de la escuela primaria y la enfermera del dispensario, tuvimos que dejar la Misa para la tarde, porque era día de semana. Entonces el programa era jugar con los chicos hasta la hora del almuerzo, y luego del almuerzo tendría lugar la Santa Misa.

Les autorizaron los profesores a ir a jugar con los padres, hermanas y postulantes, y al instante el campo donde corrían las niñas con la hermana estaba repleto; la cancha de futbol estaba abarrotada de jugadores, y una gran multitud de espectadores rodeaba el campo de juego.

Al ver tanta cantidad de niños le pregunté al director de la escuela (el líder de la capilla) cuánto niños tenían en la escuela primaria. Me respondió que casi novecientos. ¡Y pensar que es una de las aldeas más alejadas, una pequeña aldea! Al terminar los juegos la hermana les preguntó a las niñas quiénes estaban bautizadas en la iglesia católica, y levantaron la mano sólo tres. Esto también lo vimos después, cuando en la pequeña capilla sobraba lugar, y habían unos quince adultos, y varios niños, muy chicos. Pero poca gente en relación a los que habíamos visto en la escuela esa mañana.

Rezamos la Misa en la nueva construcción. Quiero que en las fotos presten atención a los detalles. En lugar de una viga de cemento y hierro, como no tenían dinero, pusieron tablas, para poder hacer las ventanas y puertas. Es verdad que ahora se ve bien, pero esas maderas se pudren a los pocos años, y luego las ventanas se caen, los dinteles de las puertas ceden, y finalmente la capilla también. Les dije que hicieran el esfuerzo de hacer la viga de cemento, para luego techar con chapas, así el trabajo duraba mas, ya que habían estado tantos años buscando ayuda. Quedaron en silencio, y pienso que sería porque en verdad no sabían de dónde sacar dinero, y quieren techar cuanto antes. Les dije que les íbamos a ayudar. No sé de dónde vamos a sacar, pero ciertamente que les ayudaremos para comprar el cemento, los hierros y las maderas para hacer las vigas. Hay que hacerlo por la gran necesidad que tienen de que se les predique y que puedan seguir rezando sin desanimarse.

Durante la Misa hice el bautismo de un bebé muy pequeño, hijo de una de las maestras de la escuela. Cuando pasó adelante le pregunto el nombre que le iban a poner a la criatura, y me dijo un nombre irrepetible, desconocido totalmente, y que sonaba algo así como “Prishure”. Yo hice un gesto de admiración y pregunté de nuevo, a ver si había escuchado bien. Me repitió lo mismo un par de veces. Allí le dije que había que elegir algún nombre católico, porque en un lugar de tantos paganos, era necesario dar ese testimonio… además de lo bueno que es tener un intercesor en el cielo, etc. etc. No se convenció, tal vez porque el papá del niño no estaba, y habrían decidido que se llame así. En fin que le dije que le daba un tiempo para pensar, hasta el final de la Misa. Vinieron finalmente a decirme que habían elegido el nombre de “Valentino”, y me pareció mucho mejor que “Prishure”. Hubo bautismo, la aldea aumentó su número de cristianos, aplausos, y alegría. Cuando bendecía el agua para el bautismo, veía es agua totalmente turbia, de color blanco, que parecía leche. Recordé la conversación que había tenido en Nyassa con los líderes.

Dejamos esa aldea con la satisfacción de ver los progresos, pero rezando para que puedan terminar de construirla, antes de que se les caiga. Y sobre todo, con la esperanza de poder darles mejor atención, seguir misionando, y buscando salvar almas… hay tanto trabajo que hacer por aquella parte. Pido que recen mucho por esta gente, que en su gran mayoría no cree porque todavía no se le ha predicado.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.