Avivar el espíritu de los abatidos

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Ushetu, Tanzania, 18 de febrero de 2019

Podría contarles de varias visitas a algunas aldeas de la semana pasada, pero quiero comenzar contándoles que aquella señora, María, de noventa años que “revivió para recibir los sacramentos”, falleció una semana después de aquella misa que les conté en la crónica anterior. Demos gracias a Dios, que la colmó de misericordia.

Ahora paso brevemente por un par de aldeas. El miércoles pasado estuve en la aldea de Mhuge. No es muy lejos, y menos ahora que hay mejorado un poco el camino. Son diez kilómetros desde nuestra casa. Yo hacía un par de años que no iba a esta capilla.

Lamentablemente no pude ver progreso allí. Esto a veces puede entristecernos y llevarnos pensar que no se puede hacer nada. Sin embargo sabemos que es una tentación, porque si hay almas allí, no debemos dejar de esforzarnos por ganarlas para Cristo. Y no importa sin son muchas o pocas, porque son almas, y por lo tanto, de valor infinito. Yo ya me había preparado espiritualmente para esta realidad poco entusiasta, sin embargo, superó lo que me imaginaba. Cuando llegué, no había casi nadie, creo que cuatro personas.

La capilla, siempre la misma de hace años, de barro, angosta, baja, pequeña, calurosa. Alegraban un poco las flores que habían plantado fuera de la iglesia, y en algo distingue a la iglesia del resto de las casas de barro, y las calles desordenadas y con visible abandono. Allí esperé, luego confesé a los que iban llegando, después trajeron el té… y confesé a otros más. Llegaron dos niños y una joven para el bautismo, y entonces ya todo era mejor.

También hubieron cuatro niños que recibirían la primera comunión, porque no habían podido recibirla en su momento, cuando hicimos la fiesta en la parroquia. La Misa fue con muy poca preparación por parte de la catequista, y de los líderes. Aunque lo importante fue que hicimos estos bautismos, y tres de los cuatro niños recibieron la comunión. Una de las niñas se comenzó a sentir mal durante la Misa y tuvo que salir, muy probablemente con malaria. A ella le dimos regalos luego de la Misa, y podrá comulgar en cuanto venga otra vez algún padre a esa aldea.

Después de la ceremonia, comimos juntos debajo de un árbol, con un muy simple y sencillo festejo, como siempre, pero esta vez, por demás sencillo. Con el dinero de la colecta les dije que compren al menos algunas gaseosas para “solemnizar” un poco más la fiesta. Espero que podamos de a poco infundir un mayor espíritu cristiano en esta gente. A veces da pena que sigan con sus costumbres y tradiciones paganas, y que no se decidan a convertirse de verdad. Parecería que ese “dejarse estar”, y que todo sea haga de “esa manera”, es algo muy arraigado y a la vez contagiado por esa falta de espíritu y ánimo del paganismo en el que vive la mayoría en esos pueblitos. Recemos por ellos, por la perseverancia de estos niños y jóvenes, para que puedan llevar una vida cristiana de aquí en más, y que puedan ellos ser los que lleven adelante la aldea en el futuro. Como dice Dios por medio de la boca de Isaías: “Estoy también con el humillado y abatido de espíritu, para avivar el espíritu de los abatidos, para avivar el ánimo de los humillados.” (Isa 57,15)

Y hablando de jóvenes y la esperanza de futuros cristianos, me alegré de poder ir a celebrar Misa en el colegio secundario de Ushetu. Alguna vez les conté que en cada colegio secundario estatal funciona un grupo de jóvenes estudiantes católicos (TYCS), como así también los protestantes también tienen los suyos, y cada religión puede tener su espacio cada semana. Esta Misa era para recibir a los jóvenes de primer año, que ingresaban oficialmente al grupo.

Es admirable poder estar celebrando la Misa para tantos jóvenes en el colegio, y que participen con tanto agrado, con coro y cantos, y muy atentos. Hace un par de semanas estuve en el colegio secundario de Kisuke, y hubieron 120 jóvenes. Era un primer viernes, y los jóvenes escucharon la historia de las apariciones y lo importante de comprender el amor del Sagrado Corazón, con una atención que daba gusto, y daban ganas de seguir, si no fuera porque el tiempo se acababa y debían seguir con las clases.

Finalmente, el domingo, luego de una Misa en una aldea, seguí viaje hasta Ilomelo, donde realizamos veintiséis bautismos. Diecisiete catecúmenos y nueve niños pequeños. Cinco de los adultos también recibieron la confirmación luego del bautismo.

El caso es que junto a una de las señoras que se bautizó, se bautizaron también sus cuatro hijos, todos ellos entre ocho y quince años. Su esposo, que todavía es pagano, estuvo en la Misa, estaba muy contento, se sacó fotos con todos, y hasta les pidió al coro sacarse una foto con ellos.

También tuvimos un hermoso festejo, con gran espíritu de familia, sobre todo en un fogón donde cada grupo presentó algo, y nadie se levantaba para irse, una vez que terminamos la acción de gracias y bendición.

No olvido que tengo que contarles algo que les prometí en la crónica anterior, pero entre unas y otras cosas, me parece que ya este escrito ha llegado a su extensión conveniente. Mejor lo dejamos para la próxima.

Dios los bendiga. Mil gracias por sus oraciones por nosotros.

¡Firmes en la brecha!

Diego Cano, IVE