“Almas esparcidas por el mundo han rogado por mí”

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El Cairo, Egipto, 24 de febrero de 2017

Cuenta el P. Llorente en una de sus crónicas, antes de una operación de apéndice: “Por la noche me dieron una inyección que me serviría para descansar mejor y ayudaría a una relajación general de los músculos. Por la mañana me trajeron la comunión. Luego hice una confesión general en medio minuto y me dispuse a morir placenteramente. Rogué a las monjas que en mi funeral debían atenerse ante todo a la pobreza y sencillez religiosas y por ningún motivo se hablan de comprar flores. Que el ataúd debía ser de tablas ordinarias, etc., etc. En estas risas llega una enfermera de blanco que parecía una aparición del otro mundo. Venía empujando la camilla ambulancia y me dice con una frescura horrible: – Tiéndase aquí que le vamos a llevar a la sala de operaciones. Así, como quien no dice nada.” (A orillas del Kusko)

Es un poco difícil escribir sobre esto, porque a muchos les parecerá demasiado personal. Pero como uno de los fines de estos escritos es contarles sobre la vida cotidiana de los misioneros, estas cosas entran de lleno. En muchas ocasiones nos preguntan a los misioneros en África por el asunto de la salud, la medicina, la atención médica. Aquí podré contares algo de eso.

La casa de Charles en la aldea de Ilomelo

En la anterior crónica los dejé luego de ir a atender a un enfermo, Charles, en la aldea de Ilomelo. Cuando fui hacia ese lugar iba con un gran dolor de estómago. El dolor se prolongó durante la noche, aunque no muy intenso. Como la situación no mejoraba, y el P. Jaime también se sentía un poco mal, con algo de fiebre, debimos suspender varias misas del día Domingo. Íbamos a concelebrar con el P. Jaime en la parroquia, ya que ambos no estábamos muy bien, y el P. Víctor, el más joven de los misioneros, salía a la recorrida por tres aldeas.

Cuando ya estábamos para comenzar a revestirnos para la Misa, el dolor se intensificaba y le pedí al P. Jaime que celebrara él. Menos mal que decidí así, porque durante la Misa que escuchaba desde mi habitación, me iba sintiendo cada vez peor. No hace falta que describa lo que significa un cólico vesicular… que es muy intenso, pero no sabía que se trataba de eso. Son muchos en estos días los que me han contado que los han operado de la vesícula, más de los que me imaginaba. Pero resulta que lo difícil para nosotros es estar donde estamos, donde algo simple se transforma en algo complicado.

Hna María Inmaculada – La doctora de la misión

Nosotros agradecemos que las hermanas tienen un dispensario en la parroquia, y la hermana Inmaculada, que es médico, siempre está disponible, sobre todo para los misioneros. Luego de la Misa vino a verme, y se procede como siempre a los análisis para descartar las enfermedades más comunes y que traen complicaciones de estómago muchas veces, como la malaria y la fiebre tifoidea. Me aplicaron calmante inyectables, y el dolor no aumentó, pero tampoco se calmó… ya por las tres de la tarde volví a llamar a la doctora, y luego de ver que algo podía agravarse (no lo sabíamos a ciencia cierta), me aplicaron otro calmante… pero ya lo llamé al P. Jaime e hicimos “consejo médico” junto con las hermanas. Yo les dije que si bien podía ser que el dolor se calmara, también podía ser que siguiera en aumento, y que como ya casi no podía moverme, y caminaba con mucho dolor, si seguíamos esperando, se podría transformar en emergencia, y allí nos íbamos a encontrar en verdadero problema, porque no me iban a poder llevar a ningún lado.

Aquí necesito recordarles algo, sobre todo a los nuevos lectores de estas crónicas. Nosotros estamos a sesenta y dos kilómetros de la ciudad más próxima, Kahama. Esta distancia es por un camino de tierra, que en partes está bueno, y en su mayor parte, muy malo. A una velocidad normal nos lleva una hora y media llegar a la ciudad, un promedio de 40 km por hora. En la ciudad de Kahama hay un hospital estatal que parece un hospital de campaña. Recordarán los que hayan leído lo que les conté del accidente del P. Johntin en el año 2014. En este hospital no te atienden, puedes quedar en la camilla de un día para el otro, no hay vendas… etc. Así que para algo más serio, Kahama no se debe tener en cuenta. Hay que viajar a la ciudad de Mwanza, que está a cinco horas de viaje desde Kahama. Por ejemplo, en Kahama podemos hacer alguna ecografía, pero quien la hace no es un especialista, y ni siquiera quieren firmar el informe que hace. Mwanza, segunda ciudad de Tanzania, tiene un hospital privado de lo mejorcito, pero también con mucha carencia. Allí hicimos la ecografía, pero tampoco firmó el informe el especialista, y cuando pedimos un análisis para descartar que fuera hepatitis A, nos dijeron que no lo hacían. Preguntaron en la capital, Dar es Salaam, y allí, en el mejor hospital de la ciudad, tampoco hacen este tipo de análisis.

Decidimos prepararnos para salir de la misión. Por las dudas, por si había que viajar luego a Dar es Salaam para alguna operación, o eventualmente a Egipto, fuimos preparados con todo lo necesario para salir del país. Cuando llegó el P. Víctor de las aldeas, nos subimos al auto los tres padres, la hna Inmaculada y la superiora de las hermanas, que venían para acompañarme, por las dudas que hiciera falta. Y esto es algo que quería contarles: el viaje en auto hasta Kahama. Había llovido y el camino estaba peor que lo normal. Cada salto me hacía ver estrellas. Primero intenté ir acostado, pero era peor, y decidí ir sentado. El viaje nos llevó casi dos horas hasta Kahama, y de allí seguimos sin descanso hasta Mwanza. Gracias a Dios el dolor fue cediendo en el viaje. Llegamos a Mwanza a las dos de la mañana… imposible tener atención médica a esa hora, decidimos descansar y al otro día ir a los estudios médicos.

No entro en detalle de lo que pasó al día siguiente, sino que resumo contándoles que parecía lo más aconsejable una cirugía… allí se pudo saber que era asunto de la vesícula. Nada del otro mundo, pero que en la misión se puede complicar y mucho. En fin que al día siguiente ya estaba subiendo al avión, y llegando a El Cairo. Aquí me esperaban los padres y las hermanas que me han atendido a cuerpo de rey. Al final esta convalecencia está resultando un excelente descanso. He sido operado hace ya una semana, y Dios mediante en pocos días estaré regresando a la querida misión de Ushetu.

Verán que contar esto para mí no es fácil, porque puede quedar que estoy haciendo una historia de algo muy simple, o que busque que se compadezcan. Lo pensé mucho antes de escribirles, pero me animé recordando que el P. Jaime, mientras íbamos en el auto saliendo de la misión, me dijo que esto estaba para una crónica. Y la verdad, al menos para que conozcan otro aspecto cotidiano de nuestra vida. Esta vez me tocó a mí, así como en el 2014 le tocó al P. Johntin que tuvo ese terrible accidente. Pero en definitiva todos los misioneros estamos en las mismas condiciones. Sabemos que cuando vamos a la misión tendremos que ofrecer estos sacrificios. No tenemos la atención médica normal de nuestros países desarrollados. Sabemos que los que vienen deberán enfermarse de malaria y fiebre tifoidea. Sabemos que si alguna vez hay una urgencia, probablemente no se llegue. Pero ya lo ofrecemos de antemano.

En el hospital de El Cairo acompañado por el novicio egipcio Gerges

Recordaba en esos momentos lo que cuenta el P. Segundo Llorente, SJ, misionero del Polo Norte por cuarenta años, de que se veían expuestos a estos peligros y muchos peores, sobre todo en sus largas travesías en trineo. Cuando se leen sus historias nos mantiene en vilo hasta el final, parece una película de suspenso. Muchas veces, cuenta el P. Segundo, antes de ir a estas travesías, hacían su “testamento” dejando sus bienes (dos o tres cosas) a sus hermanos en religión, a éste las botas de piel de foca, a aquél otro la máquina de escribir, etc. Y cuando regresaban de esos viajes, y se reencontraban, leían el testamento entre bromas y carcajadas. Es tragicómico. Y eso es así, ahora que lo cuento, me río… y parece nada. Pero en el momento, uno por las dudas, se prepara… pide la comunión y la absolución, y en el corazón va ofreciendo su vida (por las dudas de que en algún momento se pierda el conocimiento, uno no sabe…), pidiendo por la familia, por el Instituto, por la misión, por las almas de los paganos, por… por… por… Preciosos momentos para rezar y renovar lo que hemos ya ofrecido en el momento en que aceptamos esta misión. Y ahora es un poco cómico, ¡mirá que por una cosa tan pequeña haber hecho semejante despliegue…!

Novicios Rami y Gerges acompanándome en el hospital

Cuenta el misionero del Polo Norte de una de esas noches en que por grandes cólicos se sentía morir en una lejana choza de Alaska: “Sin ganas de comer, y bebiendo a la fuerza una taza de té, me acosté vestido y arrebujado en el saco de dormir… Aquí el cólico llegó a su cenit. Cada respiración era una bocanada de vapor como si estuviera fumando un puro habano. Mientras se acostaban los demás, llamé a Sipari y le dije sin ambages que me moría y que recibiese allí mi testamento. En primer lugar que dijese a los de Akulurak que moría contento y feliz y sin resentimiento de ningún género… Siguieron varios encargos sobre papeles, contratos y dinero y con el testamento hecho quedé más tranquilo y me puse a meditar. Realmente yo no tenía derecho alguno a quejarme; al contrario, yo era un mimado del cielo. Aquella, muerte era casi demasiado ideal. Así murió el P. Francisco Javier en la choza de Sanchón sin más compañía que el chino Antonio y el crucifijo; choza pobrísima como la mía; soledad completa como la mía; dolor agudo y mortífero como el mío; sensación lejana y abandono como los míos; y, todo ello en un ambiente pagano idéntico hasta en los pequeños detalles… Yo sigo muy mal. El más leve intento de moverme me paraliza de dolor. Acaso sea cuestión de unas horas. Cuando se esparza la noticia de mi muerte dirán: «Murió en Alaska», así sin más. No saben que muero en este agujero perdido entre el cielo y el centro de la tierra. Pero mejor será dejar que piensen lo que quieran; lo que importa ahora es prepararse. Muero al pie del cañón, qué caramba, como murieron tantísimos más desde la muerte prototipo de Jesucristo en la cruz.”  “Siguen unas horas más y la gente comienza a desperezarse. Pruebo a levantarme y veo con extrañeza que me tengo en pie y hasta puedo caminar. Almas esparcidas por el mundo han rogado por mí esta noche y me han alcanzado de Dios una prórroga como la del buen Ezequías que alcanzó de Dios quince años más de vida cuando estaba a las puertas de la muerte. El restablecimiento era ya una cosa palpable. Bendito sea Dios.” (De la desembocadura del Yukón)

Esto se va largo, y a los que hayan llegado hasta aquí, los felicito. Pero me permito unas palabras más. Me imagino que cuando un soldado acepta ir a la guerra voluntariamente, sabe que le van a esperar muchas dificultades, sabe que puede ser muy difícil, pero nunca ha probado esa dificultad en concreto. Se lo trata de imaginar en toda su crudeza, pero siempre “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Nunca llegará a saber en realidad lo que eso significa, hasta que lo prueba en carne propia. Pero cuando llegan esos peligros propios del combate, de las heridas, de las bajas, y gusta las más amargas lágrimas… no se arrepiente de haber dado el sí heroico, sino todo lo contrario. Se siente honrado de poder estar en una de las situaciones más difíciles, por amor a su patria. Pienso que en el misionero se da algo parecido.

Permítanme que escriba esto no en nombre mío, sino en nombre de todos los misioneros que están en lugares lejanos, donde las condiciones son difíciles, y las enfermedades son el pan de cada día, como Papúa Nueva Guinea, Guyana, etc; o por otras causas como la guerra hay lugares como Irak, Siria, Gaza, y tantos otros donde lo básico en materia salud escasea… Y pienso no sólo en los misioneros de nuestro Instituto, sino también todos los misioneros. Recemos por ellos.

“Prefiero morir a los 50 años trabajando por Jesucristo y por la Iglesia, que vivir hasta los 70 sin hacer cosa de provecho. Para nosotros la muerte no es cosa temible. Lo que es temible, es que, después de 16 años de estudio, viva uno y muera sin haber hecho nada por la salvación de las almas.” (Segundo Llorente, SJ, Desde Alaska)

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE

PD: Agradezco inmensamente por tener una Familia Religiosa como la del Verbo Encarnado, que así me ha atendido en todos estos días, a los superiores, a mis compañeros de misión PP. Víctor y Jaime, a las hermanas de la misión, a los padres de Egipto, a los novicios, a las hermanas de Egipto… en verdad, que lo que más nos anima a llevar estas dificultades, es tener una familia así de grande que está junto a nosotros.