¡Agua!

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Ushetu, Tanzania, 26 de noviembre de 2018

Hoy me pasó algo fantástico al levantarme. Cuando me fui a lavar la cara, abrí la canilla, ¡y salía agua!

Supongo que muchos quedarían admirados de que describa una cosa tan trivial como si fuera algo extraordinario. Pero cuando se vive en África, y se puede visitar muchas aldeas en donde el agua es un artículo de lujo, y hay que caminar kilómetros para poder traer veinte litros de agua a la casa, no se exagera al usar una expresión así. Pienso en esos meses de sequía en los que la tierra se pone dura como el cemento y el polvo vuela por el aire, penetrando en las casas, en los vehículos cuando se viaja, dejándolo todo blanco. Pienso en que la mayoría de las mujeres y niñas, son las encargadas de ir a buscar el agua por la mañana y por la tarde, para todas las necesidades del hogar.

Pienso en los meses y años de mayor sequía, en que los pozos se van secando, debiendo ir cada vez más lejos a buscar este elemento vital. Pienso en esas historias que cuentan, de que deben ir y sentarse a esperar horas a que el agua vaya brotando lentamente de un pozo, sacando agua muy mezclada con barro. Pienso en la cantidad de enfermos que vienen al dispensario a tratarse de enfermedades del estómago, y en esos niños con la panza hinchada, por parásitos y tantas cosas. En fin, cuando esto es parte de la vida cotidiana, entenderán que abrir una canilla en la propia casa, y que salga agua limpia, nos llama mucho la atención. Yo recuerdo que esto tampoco era así hace algunos años atrás en nuestra casa aquí en la misión. Por lo tanto al pensar que me he levantado, en primer lugar, y luego veo que tengo agua en el lavamanos… considero que el día a comenzado muy bien, con la gracia de Dios, y que así seguirá el resto del día.

 

Ya he escrito muchas veces sobre este asunto del agua, y parecería repetitivo, pero en verdad que uno se acostumbra demasiado ver a la gente de estos lados en su ocupación diaria de traer agua en baldes de 20 litros. También creo que para la gente que lee esto desde otros lugares, donde estos problemas ni se nombran, también se acostumbran mucho a que siempre hay agua, y es lo más normal, y lo más común. Nadie se imagina una vida sin agua, y nadie iría a vivir a un lugar donde no hubiera agua.

Por gracia de Dios, entre tantos y tantos trabajos apostólicos, también hemos podido obtener ayudas para excavar pozos de agua. Hace más de dos años comenzamos la conversación con Manos Unidas, de España, para pedir la excavación de algunos pozos de agua en las aldeas más necesitadas de nuestra inmensa parroquia. El camino a recorrer es largo, muchos trámites, papeles, cartas, pero bien necesarios. Y muy justificadamente se hace así, porque cada pozo de agua tiene un costo considerable de dinero. Los donantes quieren asegurarse que el pozo se haga, que lo puedan utilizar todos, y que se lo cuide y mantenga.

Así fue que luego de una visita el año pasado de gente de esta ONG católica, se concretó la ayuda, gracias a la colaboración de los voluntarios de Manos Unidas y a la generosidad de los donantes. Ha sido algo magnífico. En los meses de septiembre y octubre se realizaron dos excavaciones de pozos de agua, uno en la aldea de Sole, y otro en Mliza. Ambos lugares con gran necesidad de agua, sobre todo agua de mejor calidad para el consumo humano, y que no se acabe en el tiempo de sequía, ya que deben ir muy lejos para obtenerla. La aldea de Mliza especialmente me había pedido esto, por medio de los líderes de la capilla de ése lugar.

Si bien muchas aldeas han pedido esta ayuda, me movió particularmente el llevarla a Mliza el recuerdo de un hecho triste. El catequista de allí perdió un hijo pequeño, de cuatro años, ahogado en uno de estos pozos de agua donde van a extraerla. Su hermanito que estaba con él, no pudo ayudarlo, porque tampoco sabía nadar. Fue un golpe muy duro para la familia, que se repuso rápidamente, gracias a la fe, y gracias a que toda esta gente está muy fuerte, porque enfrenta una vida dura en todo aspecto. Por esto, en el momento en que me preguntaron cuáles serían las primeras aldeas a las que ayudarían los donantes, escribí sin vacilar los nombres de “Sole y Mliza”.

El P. Víctor Guamán fue llevando adelante los trabajos, visitando ambos pozos varias veces durante la excavación y construcción. Luego se organizaron cursos de mantenimiento y cuidado del pozo, bomba, y agua. Junto al ingeniero que daba este curso a los habitantes de sendas aldeas, la Hna. Inmaculada daba un curso sobre el uso del agua, y el modo de aprovecharla para mejorar la higiene y la salud. Al terminar los cursos en cada aldea se conformó un comité del agua, encargado de cuidar las instalaciones, administrar, y procurar futuros proyectos relacionados con el agua.

Finalmente la semana pasada tuvimos la visita de dos voluntarios de Manos Unidas, y de los donantes de los pozos. Fueron días muy intensos, de mucha conversación, especialmente mirando proyectos a futuro. Pero fue de gran interés y provecho la visita, porque pudieron ver directamente la misión y las necesidades más apremiantes. Se visitó el dispensario de las hermanas, la escuela que llevan adelante ellas, y se hizo un recorrido por varias aldeas.

El día más intenso lo dedicamos a que vean los pozos excavados, y comprueben su funcionamiento. Además pudieron conocer las aldeas y los comités de agua de cada una. Pero se llevaron una gratísima sorpresa, algo realmente inesperado para ellos. Al llegar a cada una de las aldeas nos esperaba una verdadera multitud de personas. Quedaron impactados al ver cómo un pozo de agua podía influir en la vida de tantas personas. En Sole estaban esperándonos una gran cantidad de niños de la escuela primaria, que le puso un tono de mucha alegría a la visita. Acompañándonos cuando bajamos de los vehículos, y también al regresar, y hasta corriendo junto a nosotros cuando nos alejábamos del lugar.

Cuando llegamos a Mliza nos esperaba casi todo el pueblo. Nos demoramos casi dos horas en llegar, y allí estaban aguardándonos, todos debajo de los árboles de mangos cercanos al pozo de agua. También estaban las autoridades del gobierno, maestros de la escuela, miembros de los partidos políticos, líderes de la iglesia, miembros de la comisión del agua, y público en general. Así fue en las dos aldeas. Todos se deshicieron en agradecimientos por el gran regalo de tener un pozo de agua. Luego de los discursos nos dirigimos al lugar del pozo y se procedió a bombear agua, y comprobar la calidad de la misma, muy transparente. Hasta una niña pequeña fue quien accionó la bomba manual, demostrando que cualquiera podía hacerlo, y que estaría en la capacidad de todos.

Por la tarde fuimos a dar una vuelta por la aldea de Mazirayo, como para que vean algunas de las aldeas del extremo oeste de la parroquia. La finalidad era visitar una de las partes más pobres y más alejadas, para que tengan una idea más acabada de lo que es Ushetu, y de cuánta necesidad existe en estos lugares. A esta aldea llegamos sin previo aviso, por los tanto la gente se fue acercando de a poco al ver que llegaron los dos vehículos de los padres y las hermanas.

Les pedimos que nos mostraran el lugar donde van a sacar agua cuando es tiempo de sequía. Nos dijeron que había un lugar “ahí cerquita”. Y caminamos más de un kilómetro acompañados por ellos. El paisaje es bellísimo en este tiempo en que comienza a llover, pero a la vez pensábamos en lo que significa ir hasta este lugar para las señoras y los niños a buscar agua y luego volver a la casa caminando un kilómetro o dos, cargando un cubo de 20 litros de agua sobre la cabeza. La visita fue muy alegre, y los niños se acercaron y fueron cantando junto con el P. Víctor, como en las misiones populares.

Los días que vivimos con las visitas fueron muy agradables, compartiendo muchos momentos de conversación muy alegre y amena en general. Creo que aunque la visita fue corta, sintonizamos muy bien, y comenzamos a construir una amistad basada en el deseo de ayudar al prójimo.

Quiero terminar esta crónica exhortándoles a que se sorprendan cada vez que tengan el agua en sus casas… y que den gracias a Dios por este gran don, entre tantos otros. Y que se alegren, por esas cosas simples, como se alegra esta gente al ver que… ¡hay agua! ¡Gracias a Dios!

También les pido que den gracias junto con nosotros por haber recibido esta ayuda, y que en nuestro agradecimiento siempre recemos por quienes nos visitaron: Flori e Ignacio, y los donantes Bernad e Inés; que Dios los bendiga y les retribuya por su generosidad.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.